No importaba cuántas veces pensara que las cosas finalmente se calmarían, el pasado siempre encontraba la manera de atraparme. Me repetía que estaba bien, que lo había superado todo, pero era solo una mentira reconfortante que me contaba a mí misma para poder salir de la cama cada mañana. Hoy, sin embargo, fue diferente.
Después del evento en la escuela de Thais, pensé que por fin podría tener un respiro. Pero la paz siempre era efímera en mi vida. Ese día, decidí salir un rato sola, aunque Vincent insistió en acompañarme. "Por seguridad", dijo, aunque ya era evidente que me seguían incluso para ir a comprar una botella de agua. Pero acepté su compañía, más por cortesía que por necesidad. Qué equivocada estaba.
Había salido del café, inhalando profundamente el aire fresco, cuando lo vi. Alexander, de pie al otro lado de la calle, con esa sonrisa de suficiencia que me revolvía el estómago. Pero no estaba solo. Y allí fue cuando mi corazón dio un vuelco.
A su lado, impecablemente vestida pero con una mirada que jamás había podido disimular, estaba mi madre. No la veía desde hacía años, desde que rompí todo contacto con ella cuando su codicia y manipulación se hicieron evidentes. Era de esas personas que podían sonreír mientras te apuñalaban por la espalda, y para ella, el dinero siempre había sido lo más importante. A juzgar por la expresión en su rostro, no había cambiado ni un poco.
—Christine, querida, cuánto tiempo sin verte —dijo mi madre, cruzando la calle junto a Alexander.
Mi cuerpo se tensó. No había nada en su tono que sugiriera amor o nostalgia, solo ese frío interés que siempre me había helado la sangre. Intenté dar media vuelta, pero ellos se acercaron rápidamente, bloqueando mi camino.
—Mamá... —murmuré, sin poder evitar que mi voz sonara cargada de disgusto.
Alexander no tardó en intervenir, con esa sonrisa socarrona que había aprendido a odiar.
—Nos debes mucho, Christine —dijo, sin siquiera molestarse en saludarme de manera normal—. Ya sabes de qué estamos hablando. No querrás que todo lo que pasó en París salga a la luz... ¿verdad?
Mis manos se cerraron en puños. Lo que había ocurrido la última vez que me chantajeó aún estaba fresco en mi memoria. Le había dado dinero, pensando que eso sería suficiente para mantenerlo lejos. Pero aquí estaba, una vez más, pidiendo más. Solo que esta vez, había traído refuerzos.
—Y creo que también merezco una parte de todo esto —intervino mi madre, echando un vistazo a mi ropa de diseñador y los zapatos que llevaba. Sabía que no la veía a mí, sino al dinero que creía que yo tenía.
El corazón me latía con fuerza, no solo por el miedo, sino por la rabia. No podía creer que después de todo lo que había hecho por mantenerme lejos de ellos, me encontrara de nuevo en esta situación. Los fantasmas del pasado no me soltaban, y el nudo en mi estómago crecía con cada palabra que ambos decían.
—No sé qué tipo de dinero creen que tengo, pero no van a conseguirlo —les respondí con la voz más firme que pude encontrar. Pero por dentro, temblaba.
—Christine, no seas tonta —dijo mi madre con una sonrisa que se parecía más a una amenaza—. Sabemos perfectamente que tienes acceso a la cuenta de tu marido. Solo un poco más, eso es todo lo que pedimos. Un pequeño gesto de buena voluntad... o tendrás que lidiar con las consecuencias.
Las palabras se me atascaban en la garganta. Ya no sabía cómo salir de esta situación. Los miré, buscando una salida, un escape. Fue entonces cuando sentí una mano firme en mi brazo.
—Nos vamos —dijo Vincent, que había aparecido a mi lado sin que lo hubiera notado.
Mi madre y Alexander se quedaron mirándolo, con una mezcla de sorpresa y disgusto. Pero Vincent no les prestó atención. Me dirigió una mirada que decía claramente: "No tienes que hacer esto sola". Con firmeza, me alejó de ellos, guiándome hacia el auto.
—¡Christine! ¡No hemos terminado! —gritó Alexander, pero sus palabras sonaban cada vez más lejanas mientras Vincent me conducía con seguridad hacia el vehículo.
Subimos al auto en silencio. Mientras nos alejábamos, respiré profundamente, intentando calmar los nervios que me habían tenido al borde del colapso. Cerré los ojos, sintiendo cómo la tensión abandonaba poco a poco mi cuerpo. Había estado tan cerca de caer nuevamente en sus juegos sucios, pero Vincent me había sacado de allí justo a tiempo.
—Gracias, Vincent —murmuré finalmente, rompiendo el silencio.
Él asintió, sin despegar la mirada del camino. Siempre tan profesional, siempre tan imperturbable. Pero en ese momento, su calma era exactamente lo que necesitaba. Sentí una oleada de gratitud hacia él, y también una sensación de alivio que no había experimentado en mucho tiempo.
—No tienes que enfrentarlos sola —dijo después de unos minutos, como si hubiera leído mis pensamientos.
Lo miré por el espejo retrovisor, sorprendida de que dijera algo tan personal. Pero sabía que tenía razón. Había pasado demasiado tiempo tratando de resolverlo todo por mi cuenta, cargando con el peso de mis errores, mis secretos y las amenazas de Alexander. Pero ya no podía seguir así.
—Lo sé... —susurré, más para mí misma que para él.
Nos dirigimos de regreso a la mansión, pero el peso de lo ocurrido aún colgaba sobre mí. ¿Qué iba a hacer? Sabía que Alexander y mi madre no se detendrían tan fácilmente. Ya les había dado dinero antes, y ahora querían más. Y si no les daba lo que querían, ¿qué iban a hacer? Las palabras de Alexander sobre el video en París seguían resonando en mi mente, amenazando con desmoronar todo lo que había construido con Archie.
Al llegar a casa, Vincent abrió la puerta del coche y me ayudó a salir. La mansión se alzaba imponente frente a mí, como un recordatorio de la vida que ahora tenía. Una vida que, aunque llena de lujos, también estaba plagada de desafíos que nunca había imaginado enfrentar.
Antes de entrar, me detuve y miré a Vincent una vez más.
—Realmente, gracias por hoy. No sé qué habría hecho si no hubieras estado allí —le dije con sinceridad.
Vincent asintió una vez más, su expresión serena.
—Es mi trabajo, señora —respondió simplemente, pero en sus ojos vi algo más. Una especie de comprensión silenciosa, como si supiera exactamente lo que estaba enfrentando, aunque no lo dijera.
Caminé hacia la puerta de la mansión, sabiendo que este no era el final. Alexander y mi madre volverían, de eso estaba segura. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me sentía completamente sola en esta lucha. Y quizás, con un poco de suerte, encontraría una forma de poner fin a todo esto antes de que se descontrolara aún más.