Me desperté con un intenso dolor de cabeza, sintiendo mis ojos como si estuvieran rasposos, y mis párpados pesaban como plomo. Cuando finalmente logré abrirlos por completo, me di cuenta de que no estaba en la tienda de campaña, sino en lo que parecía una celda, recostada en un catre que emanaba un olor a humedad y descomposición. A un lado, había un pequeño retrete, y aquí dentro no había luz.
—¡HOLA! ¿HAY ALGUIEN AHÍ? —grité entre los barrotes.
—¿Amanda? ¿Estás bien? —escuché una voz débil a mi lado.
—¿Caleb? Oh, Dios mío, ¿qué está pasando? —dije mientras intentaba verlo, pero solo podía distinguir su mano.
—¿Ellos no te han hecho daño? —
—¿Ellos? ¿Quiénes, Caleb? ¿De qué demonios hablas? —respondí desesperada.
—Ellos, los hombres, algunos con miradas furiosas y sin miedo a nada ni a nadie. —
—No, Caleb, acabo de despertar. ¿Qué ha ocurrido? —suspiré.
—¿Qué recuerdas? —preguntó Caleb.
—Recuerdo que estaba a punto de irme a dormir cuando escuché un ruido en el bosque. Vi salir un enorme lobo, le tomé una foto con mi celular, y luego no recuerdo nada —respondí.
—Sí, después de que sentí que movían la tienda, salí a decirte que era hora de dormir. Cuando los vi, Amanda, eran cinco enormes lobos. Luego, todo se volvió n***o. Desperté en este lugar con unos ojos mirándome. Han venido dos hombres; el de ojos dorados como el sol es el jefe y permanece en una esquina, mientras que el de ojos verdes me interroga —dijo Caleb con voz agitada.
—¿Qué quieren, Caleb? —pregunté confundida.
—Quieren saber qué hacíamos en esta parte del bosque y desean información sobre ti. Al parecer, el de ojos dorados se ha interesado en ti —dijo Caleb.
—¿Interesado en mí? ¿Por qué? —pregunté, sintiéndome nerviosa.
—No lo sé, Amanda, pero mantén la calma. Saliremos juntos de esto, y si no puedo, tú solo vete sin mí. —
—¡Jamás, Caleb! Estoy contigo hasta el final —mi voz temblaba, mientras las lágrimas caían por mis mejillas, asustada.
¿Qué querían de nosotros? No habíamos hecho nada malo. Si hubiéramos sabido que esa parte del bosque pertenecía a alguien, nunca nos hubiéramos adentrado en él.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero deben ser horas. Escucho a Caleb intentando abrir la puerta. Le he pedido que se detenga y que conserve sus fuerzas para lo que venga, porque no sabemos a qué nos enfrentamos.
Sentí las pisadas de alguien y vi una sombra grande. Me acurruqué en una esquina de la celda, abrazando mis piernas.
—Al fin despertaste —habló el hombre de ojos verdes—. Te llevaré con él —dijo al entrar en la celda.
—¡No! Por favor, no —exclamé, tratando de zafarme de su agarre.
—¡DEJALA, MALDITO IMBÉCIL! —gritó Caleb a través de los barrotes grises.
El hombre me sostuvo del brazo. Intenté liberarme varias veces, pero él apretaba más. Caminamos por un largo pasillo oscuro, rodeados de celdas que despedían un olor a muerte en cada rincón. Subimos unas escaleras donde había dos hombres grandes de guardia.
Traté de pedir ayuda, pero ni siquiera se dignaron a mirarme. Salimos justo debajo de unas escaleras; era una puerta pequeña y no tuve problemas en doblarme y pasar a través de ella. Caminamos por un pasillo adornado con varias fotos de un hombre de ojos dorados y cabello n***o azabache, acompañado de otras personas, que supuse eran su familia. Debía de ser su casa.
Llegamos a una puerta, y el hombre de ojos verdes me empujó hacia adentro, haciéndome caer de rodillas al suelo.
—¿Qué haces en mi territorio, humana? —gruñó una voz profunda.
Sentí miedo de levantar la mirada, pero reuní el poco valor que me quedaba y lo hice. Era hermoso, su rostro parecía esculpido por dioses. Sus ojos eran dorados como el sol y su cabello n***o azabache, con un corte a los lados y un poco despeinado en la parte superior, le conferían un aire atractivo.
—Te hice una maldita pregunta —golpeó el escritorio, provocando que un escalofrío recorriera mi espalda.