OLIVER
Andaba en mi casa, encerrado en la oficina, dándole vueltas a unos pendientes del trabajo que ni ganas tenía de acabar. La verdad, no quería ni ver la cara de nadie, menos después del pleito de ayer con Jhoana. Puro drama por una tontería, como siempre. Pero iba a venir hoy para arreglar las cosas... o eso creía yo.
Escuché toques suaves en la puerta. Me paré sin decir nada y abrí. Era ella. Entró como si nada, sin saludar ni verme. Fue directo al sofá, con cara de perra. Claramente seguía ardida.
—Estás empezando a hartarme, Jhoana —le solté, ya harto del jueguito que se tenia.
—¿Yo? ¡Tú eres el que anda llevándose a cenar a otras mujeres! —me gritó, clavándome esa mirada de loca que pone cuando se le suelta el tornillo.
—¡Por Dios! Es una empleada, no una cita. ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Que Lily y yo... qué? ¡No puede ser cierto!
—No eres así con los demás empleados. ¿Y encima con ella? ¿Qué tiene de especial?
—¿Qué te pasa? ¿Ahora te creés mejor que ella o qué? —me le acerqué, caliente.
—Pues no sé, amor... pero se siente como si me estuvieras poniendo los cuernos... dijiste que nunca lo harías...
—¡Ya basta! ¡No te estoy engañando! ¿Quieres saber algo? Lárgate, esto ya no sirve —le grité, señalando la puerta.
Ella se paró, sin chistar. Pero justo cuando iba saliendo, me lanza sus palabras dolorosas:
—Ojalá te mueras como tu perra prometida muerta.
Ahí se me encendió todo por dentro. La agarré del brazo, sin pensar.
—¿Cómo le dijiste a Paula? —le apreté más, no fuerte, pero sí con rabia contenida. Jhoana sabía que con Paula no se jugaba. Ella fue mi todo... y me la quitó la vida en un puto segundo.
La solté y me alejé antes de hacer una locura. Tragué saliva, tragándome también las ganas de romper algo.
—¡Fuera! —rugí, y ella se fue, azotando la puerta tan duro que el piso tembló.
Me dejé caer al suelo. Y ahí estaba ella de nuevo en mi mente: Paula.
Paula fue la que me enseñó a ver el mundo con otros ojos, a respetar todo lo que antes ignoraba. Me hizo mejor persona. Y después... se fue. Se la llevó un maldito accidente. Desde entonces me perdí.
Hice un cagadero tras otro después de que murió. Me acosté con medio mundo en la oficina, como si el sexo pudiera llenar el vacío. Dos años así, hasta que llegó Jhoana. Pensé que era como Paula... pero no. Qué iluso fui.
Paula me dijo algo ese último día. Algo que nunca se me fue de la mente. Y mientras me caían las lágrimas, saqué su foto de la cartera. La miré como si pudiera hablarme otra vez. Hermosa. No solo por fuera. Ella no quería mi dinero, quería su propio camino. Y Lily... Lily me hace sentir que ella sigue aquí. Eso me asusta más que cualquier otra cosa.
Volver a enamorarme era romper la promesa. Y no sé si estoy listo.
*
HACE UN TIEMPO ATRAS
—Espera, mi amor, ya te lo traigo —me gritó Paula entrando al cuarto.
Apareció con mi corbata, me la ató con esa manía suya de dejar todo perfecto. Me dio un beso corto y ya se estaba yendo con el bolso al hombro.
—¿Y el beso de verdad? —le dije, atrayéndola hacia mí por la cintura.
Se dio vuelta, me agarró la cara y me dió un beso que me dejó sin aire. Se quedó ahí, frente a mí, mirándome fijo.
—Te amo, mi amor —me soltó.
—Yo también, te amo, cariño —le dije.
—Prométeme algo, Oliver.
—Lo que quieras, dime.
—Que vas a estar conmigo siempre. Que no vas a mirar a otra. Que vamos a ser viejos juntos. Y que jamás vas a buscar a otra mujer para reemplazarme.
—Te lo juro por lo más sagrado —le dije, sonriendo como un idiota enamorado, y volví a besarla.
—Bueno, me voy. No todos podemos rascarnos las pelo… en casa, ¿sabes? Algunos trabajamos con jefes de verdad —dijo sonriendo mientras agarraba las llaves.
—Entonces ven conmigo, yo te contrato —le dije molestándola.
—Sí, claro, patrón —contestó con una sonrisa.
—Vale, te llevo —insistí.
—No, voy manejando yo —dijo mientras me daba otro beso.
—¿Segura? No me molesta llevarte.
—Segura. Chao, te amo —gritó mientras salía.
Y yo... yo estaba tan enamorado de esa mujer que no podía ni imaginarme un mundo donde ella no estuviera.
*
TIEMPO PRESENTE
Después sonó el teléfono.
Y se me cayó el alma cuando escuché lo del accidente. Se había ido. Así. De un solo. Me la arrancaron de golpe. Y no sé cómo explicarlo, pero sentí que me morí con ella.
Me levanté como zombie, me limpié la cara, y volví a guardar la foto en la billetera. Me metí a la ducha, más por inercia que por ganas. No quería ver a nadie. No quería ni respirar.
Pasaron días. No fui a trabajar. Lily, mi asistente, llamaba cada rato. ¿Desde cuándo a alguien le importa si desaparezco? Las otras ni preguntaban. Pero esta sí... ¿y por qué?
*
Hoy volví a la oficina porque ya estaba hasta el cuello de cosas. Y de paso me di cuenta que Lily venía a pie todos los días. Caminaba media hora. Como una loca.
Así que llamé al chofer. Le dije que la iba a buscar y llevar a su casa por un tiempo. Sé que no le iba a gustar. Pero que se joda.
Igual, no me importaba nada. A nadie le hablaba. Era como si todo me diera lo mismo. Y sabía que hoy iba a ser otro día igual de mierda.
*
—¡Ponte a trabajar ya, que para eso te pago! —le dije seco, y me metí al ascensor.
Me ardían los ojos, pero no iba a llorar ahí. No estaba bien que me la recordara tanto. Meterla como mi asistente fue una pésima idea.
Tenía que hacer algo.
No la iba a echar. No soy tan ogro.
Pero si la hacía renunciar sola… eso sí podía hacerlo. Aunque iba a ser bastante. La mujer necesitaba ese trabajo como nadie mas en esta empresa. Se notaba que estaba hasta el cuello de deudas.