Mateo
Nos dieron una casa de madera cerca de la muralla.
Compartida, sin ventanas, con techo de palma y olor a sudor viejo.
Aún así, después del barco, parecía un lujo. En nuestra habitación había camas de paja, un cántaro de agua caliente y una mesa rota.
Hugo tiró su bolsa al suelo y se dejó caer como si la tierra fuera de plumas.
—Podría morir aquí mismo y morir feliz —dijo, cerrando los ojos.
Yo no.
A mí me costaba respirar.
La ciudad no tenía alma.
Solo polvo, paredes mal construidas y un aire espeso que me hacía pensar en cadenas.
Esa noche nos dieron permiso de salir a comer algo caliente. Cruzamos la plaza principal: un espacio de tierra batida con una cruz torcida al centro y una fuente que apenas goteaba.
Nos encontramos con Andrés junto al fuego de un local improvisado. Estaba solo, masticando carne seca y bebiendo de una jarra de barro.
—¿Sobrevivieron al recibimiento? —nos preguntó sin mirarnos.
—Más o menos —respondió Hugo, robándole un trozo de carne.
Andrés hizo un gesto vago con la mano, como si todo esto, la ciudad, la guerra, el desarraigo, ya le fuera indiferente.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora esperan. Les asignarán tareas. Tal vez cortar árboles. O reforzar la empalizada. Si tienen suerte, los pondrán a vigilar el centro.
—¿Centro? —repetí.
Andrés me miró de reojo. En su sonrisa había algo desagradable.
—El centro de los nativos. Lo que quedó de ellos, al menos. Los que no huyeron, no pelearon… o no pudieron.
Hugo se tensó.
—¿Nos dejan acercarnos?
—Claro. A veces hasta hay espectáculo.
—¿Espectáculo?
Andrés no respondió. Se puso de pie y señaló con la cabeza.
—¿Quieren ver?
La verdad no. No quería ver. Pero Hugo me jaló del brazo y me hizo seguirlo.
Caminamos tras Andrés, cruzando las sombras de la ciudad.
Las casas se volvían más bajas, las luces más escasas. En un rincón apartado, rodeado por una cerca de madera gruesa y guardias armados, vimos un espacio cercado con antorchas clavadas en el barro.
Dentro, hombres y mujeres de piel morena estaban sentados en el suelo, con las manos atadas o cruzadas sobre las rodillas.
No hablaban.
No se movían.
No parecían... humanos.
Más allá, un círculo de soldados se formaba en torno a dos figuras desnudas que eran obligadas a pelear.
No con armas.
Con los puños.
Uno era mayor.
El otro, apenas un adolescente.
La gente gritaba.
—¡Dale, perro! ¡Muévete!
—¡Hazlo sangrar!
Y cada golpe que sonaba contra la carne seca, era como un trueno en mi pecho.
—¿Por qué hacen esto? —susurré.
—Apuestan. Se entretienen. La ciudad necesita distracciones —respondió Andrés llamando al chico que levantaba las apuestas.
—¿Y los nativos solo... lo hacen? —preguntó Hugo haciendo una mueca incrédula.
—Allá —señaló Andrés con la cabeza—. Tienen a sus mujeres o hijos. Ya saben —sonrió con malicia—. Tienen que hacerlo.
—¿Y nadie lo impide?
—¿Quién lo haría? ¿Tú?
Me miró con burla.
Hugo había dejado de moverse. Su rostro estaba pálido.
—Esto está mal —dijo.
—Sí, puede ser —gruñó Andrés con fastidio—. Pero aquí no hay justicia. Solo poder. Ellos perdieron. Nosotros ganamos
—Yo no gané nada —murmuré.
La pelea terminó con un golpe mortal. El joven cayó al suelo. El otro retrocedió, llorando.
Los nativos no aplaudieron.
Los otros gritaron y volvieron a sus jarras.
El chico no se movía.
—Está muerto —susurró Hugo.
Andrés resopló.
—A veces es mejor. Mejor uno de ellos a uno de nosotros.
Me di media vuelta.
No sabía a dónde iba, solo que no podía quedarme ahí.
Me ardía el pecho.
"Lumbre..."
Nada.
Solo silencio. Como si ella también hubiese visto lo que yo acababa de ver, y no supiera qué decir.
Como si el horror hubiera cerrado nuestra distancia… y al mismo tiempo, nos hubiese dejado sin voz.
Apoyé las manos en una pared. Cerré los ojos. Vomité lo poco que había comido.
No entendía este mundo.
No entendía cómo habíamos llegado a esto.
Yo había cruzado el mar buscando algo.
Una redención.
Una esperanza.
Pero si esto era lo que mi gente hacía…
¿En qué me convertía eso a mí?
Una lágrima resbaló por mi mejilla. No la limpié. No tenía derecho a hacerlo.
Porque por primera vez desde que puse un pie en ese barco, tenía miedo de mí mismo... de mi gente... de mi realidad...
Y en lo profundo, como una brasa débil entre la oscuridad, la sentí gritarme...
"Tlāzohcāyo."
No lo pronuncié... ese nombre... ese lazo no era mío. No sé si había un nosotros.
Pero me aferré a él.
Como si fuera lo único que aún podía salvarme... Ella. Mi Lumbre...
Hugo vino tras de mí, rápido, sin decir palabra. Andrés se quedó atrás, apostando por algún otro que le diera un entretenimiento digno...
—Mateo —susurró Hugo—. ¿Estás bien?
—No.
—¿Nos vamos?
—Sí, por favor...
Volvimos caminando por los callejones sin hablar.
El cielo estaba oscuro.
Las antorchas apenas iluminaban los bordes de las casas.
—¿Ya estás mejor? —preguntó mi amigo, después de un rato.
—No lo sé.
—Yo tampoco. —Suspiró—. Nunca pensé que vería algo así. ¿Por qué nadie nos advirtió?
—Porque si lo hicieran, nadie se subiría a esos malditos barcos —respondí.
Caminamos un poco más en silencio. El suelo era barro seco, pero mis botas sonaban como si pisara algo hueco.
—¿Y ella? —preguntó Hugo, de pronto—. ¿Lumbre?
Me detuve un momento, sorprendido.
—¿Qué?
—Esa chica. La que mencionas a veces cuando sueñas. ¿Quién es? ¿Crees que está aquí?
Me llevé una mano al cuello, como si ella pudiera oírnos.
—Ahora estoy casi seguro. Algo en este lugar… en esta tierra. El silencio de hace unos días... Es como si ella estuviera muy cerca… y con miedo.
—¿Y si lo está?
Lo miré.
—Entonces no voy a dejar que este mundo pervertido la devore también.
No dijo nada más. Solo siguió caminando a mi lado.
En el aire, ya vibraba la amenaza.
Y entonces, escuchamos los gritos.
No de borrachos.
No de soldados.
Eran gritos de guerra.
—¡Ahuitzotl! ¡Tequipan! ¡¡Ocelotl!! —retumbaban entre las sombras.
"¡Guerra! ¡¡Venganza!! ¡¡Sangre!!"
Los reconocí.
Los entendí.
Gracias a ella.
—¡Mierda! ¡Estamos en problemas...!
—¿Qué? ¿Entiendes lo que dicen? —preguntó Hugo, girando sobre sí mismo.
—Algo así, nos están atacando —dije, con la voz cortada—. Ya están aquí.
Una lanza cruzó el aire.
Cayó a un metro de nosotros.
Y el infierno se desató.
Siluetas rápidas como sombras salieron de entre las casas. Guerreros con el rostro pintado, con cuchillos de obsidiana, con gritos que desgarraban la noche.
Un guardia cayó frente a nosotros con el cuello abierto.
Yo no me moví.
Hugo me empujó.
—¡Corre!
Corrimos.
Pero ya era tarde.
Uno de los atacantes saltó frente a nosotros. No tenía más de veinte años. En sus ojos no había rabia, había furia ancestral. La suya. La de todos sus muertos.
Levantó el cuchillo.
Y entonces, Hugo se interpuso.
El cuchillo lo alcanzó en el pecho.
Una vez.
Dos veces.
Hugo cayó con un grito que se volvió gorgoteo. Lo sostuve por reflejo. Su sangre caliente me empapó las manos.
—¡No! ¡Hugo!
Él me miró. Sus ojos ya se iban.
—Corre... —susurró—. Encuéntrala...
Y entonces se apagó.
Me quedé allí un segundo, con su cuerpo entre los brazos.
El caos a mi alrededor era irreal.
Fuego.
Gritos.
Acero contra piedra.
Vi cómo un grupo de soldados empujaba a los nativos capturados al centro del patio para usarlos de escudo. Uno de ellos, una mujer, sangraba por la boca. La obligaron a arrodillarse mientras reían.
Y en medio del horror, de la sangre, de las llamas, sentí su voz.
"¡Yohualli...!"
Su voz dentro de mí.
Temblando.
Rota.
"¿¡Estás vivo!?"
—¡Lumbre! —jadeé, sin aliento—. ¡Estoy aquí! ¡Estás cerca!
Y entonces lo supe.
No por lógica.
No por visión.
Lo supe por como mi cuerpo estaba ardiendo.
Ella estaba allí.
En alguna parte.
Había venido por mí.
Y yo tenía que encontrarla.
Dejé a Hugo con los ojos cerrados y el rostro sereno, como si ya no sintiera nada.
Corrí.
Sin mirar atrás.
Sin pensar.
Solo con el pecho ardiendo y las piernas cediendo bajo el miedo y la certeza.
La ciudad se desvanecía detrás de mí.
Las antorchas, los gritos, el fuego.
Todo quedaba atrás como un mal sueño que solo podía terminar en muerte.
Delante, la selva.
Oscura.
Densa.
Viva.
Me lancé entre las ramas como un animal herido. El calor en el pecho aumentaba con cada paso. No era fiebre. No era miedo. Era ella.
"Estoy cerca."
La escuché.
No con palabras.
Con el cuerpo.
Con la sangre.
El mundo parecía inclinarse hacia un solo punto, como si todo lo que fui... todo lo que perdí... me llevara a ese lugar exacto, a ese instante.
Sentí un movimiento a mi izquierda.
Un nativo saltó desde la maleza. El rostro pintado, la lanza alzada.
Levanté los brazos.
—¡Na ninohuampo, amo nicualancaitaca! —grité con desesperación, en el idioma que Lumbre me había enseñado.
"Soy amigo, no enemigo."
El guerrero se detuvo.
Sorprendido y confundido.
Su lanza quedó suspendida en el aire.
Me miró como si acabara de ver a un espíritu, o a un loco. Sus ojos eran jóvenes, su respiración agitada.
—¿Tlaque tijchihua nica? —murmuró.
"¿Qué haces aquí?"
—Amigo —repetí, jadeando—. No enemigo.
El joven bajó la lanza. Lentamente. Con ojos aún llenos de duda.
Y me dejó pasar.
No sin antes rozarme con el filo, tal vez sin querer. Tal vez como advertencia.
La herida se abrió en mi costado. Sentí la sangre caliente bajar por mi cintura. Pero no me detuve.
Porque delante de mí...
Y sobre una colina…
Ella.
La vi de espaldas, con la capa ondeando al viento, con la luna recortando su silueta.
—¡Lumbre! —grité, con el último aliento que tenía.
Ella se giró.
Nuestros ojos se encontraron.
Y en ese instante, todo lo que fuimos, todo lo que soñamos, se reconoció.
Mi cuerpo cedió.
Mis rodillas golpearon la tierra.
Mi visión se nubló.
Pero su rostro, su luz, fue lo último que vi antes de caer.