Izel
El humo del copal subía lento, como una serpiente blanca que trepaba al cielo.
El canto de los tambores era bajo y constante.
Una oración sin palabras que repetíamos desde el pecho, no desde la boca.
Éramos siete, reunidos alrededor del altar de piedra, con los rostros pintados y los pies descalzos sobre la tierra caliente.
Rezábamos por el equilibrio.
Por la lluvia justa.
Por la salida del sol.
Por los muertos.
Por los que aún no nacen.
Por los que estaban aquí.
Y en medio de todo eso… yo pensaba en él.
"Yohualli..."
Pero no respondió.
Llevábamos tres días sin hablar.
El primer día, su silencio fue como un día nublado.
El segundo, como una grieta que se abría en mi pecho.
Hoy… era una herida abierta y sangrante.
—Itonal koatli —susurré, apenas audible, con los ojos cerrados.
Dos palabras que ahora vivían en mi pecho y en mi mente, como la única certeza que tenía en esta vida... Y tal vez en la siguiente.
Nadie la oyó.
O eso creí.
Porque justo entonces, la tierra tembló.
Apenas un instante.
Un estremecimiento suave, casi imperceptible… pero yo lo sentí hasta en los huesos.
Abrí los ojos de golpe. El tiempo se había detenido.
El humo quedó suspendido en el aire.
Los tambores callaron un segundo.
Los demás no parecieron notarlo.
—¿Todo bien, Izel? —preguntó uno de los sacerdotes.
No respondí.
No podía.
Porque en ese momento, algo se apoderó de mí.
No fue como las otras veces.
No era una visión.
Era… una fuerza.
Una voz.
Un puente.
Mi cuerpo se irguió. Mis ojos miraron sin mirar.
Y mi voz, sin que yo la controlara, pronunció:
—La sombra ha pisado la tierra y el fuego lo ha sentido. El sol se prepara para apagarse… porque el corazón eterno ha despertado...
Los presentes se giraron hacia mí.
El más anciano de los sacerdotes se incorporó con dificultad. Me miraba con una mezcla de temor y reverencia.
—Niña… ¿qué dijiste?
Yo no recordaba haberlo dicho... no con mis palabras, no con mi voz...
Solo sabía que algo en mí se había abierto... Cómo un canal, una línea de comunicación con...
Miré al cielo. Me llevé la mano al pecho. Mi corazón latía demasiado fuerte.
Una lágrima me cayó sin darme cuenta.
No por tristeza.
Si no porque lo sabía.
Él había llegado.
—¿Qué sentiste? —preguntó Yali, acercándose en silencio.
—El mundo cambió —respondí, con voz baja—. No puedo explicar cómo lo sé… pero lo sentí.
Y en mi mente, en la más profunda oscuridad de mis pensamientos, solo quedaba el eco de una sola palabra.
"Itonal koatli..."
Los sacerdotes comenzaron a murmurar entre ellos.
No tardaron mucho en reaccionar.
El sacerdote mayor, un hombre de mirada dura llamado Teoxihuitl, se adelantó.
Hizo sonar el caracol ceremonial y llamó a asamblea. No era habitual convocarla en pleno día, pero la voz que había hablado a través de mí, rompía cualquier rutina.
Me ordenaron quedarme.
Y así lo hice, sentada a un lado, con las piernas cruzadas y el corazón latiendo demasiado fuerte para ignorarlo.
Poco a poco, los ancianos del concejo llegaron.
El jefe de la tribu, Cuetzpalin, un hombre robusto, de cabello trenzado con hilos dorados, se sentó frente al altar.
A su lado, el líder de los guerreros, Itzcoatl, con su lanza cruzada sobre las rodillas. Y, alrededor de ellos, los sacerdotes principales, con sus túnicas de plumas y bordados de obsidiana.
La tensión era un tapiz denso que nadie se atrevía a romper.
Teoxihuitl fue el primero en hablar.
—Hoy, la tierra ha hablado. La señal ha sido dada. El equilibrio está amenazado.
Sus palabras no eran una pregunta.
—¿Qué señal? —preguntó Cuetzpalin, entrecerrando los ojos.
—La joven sacerdotisa Izel ha sido vehículo de una profecía —continuó el sacerdote mayor, sin mirarme—. El fuego y la sombra han despertado. El sol podría apagarse...
Hubo un murmullo inquieto entre los que estaban a nuestro alrededor.
El jefe frunció el ceño.
—¿Y cómo interpretamos eso? ¿Es un aviso de nuestros dioses o es una amenaza de nuestros enemigos?
Antes de que alguien pudiera responder, un joven explorador se acercó corriendo entre la multitud.
Sus pies descalzos golpeaban la piedra. Su rostro estaba sudado, sus ojos, abiertos como platos.
Se arrodilló de inmediato, jadeando.
—Habla —ordenó Itzcoatl, con su voz profunda.
—He visto… he visto las bestias sobre el agua —dijo el explorador, temblando.
—¿Bestias?
—Grandes… de madera y tela blanca —describió, moviendo las manos con torpeza para ilustrarlo—. Se mueven con el viento. Y traen hombres… hombres de piel muy blanca... Cómo los que atacaron la última vez.
El jefe y los sacerdotes intercambiaron miradas graves.
—¿Cuántos? —preguntó el jefe de guerreros.
—Una gran bestia. Pero llena de hombres. Armados. Traen cosas de metal que brillan debajo del sol.
El joven se detuvo, tragando saliva.
—¿Qué más viste?
El muchacho bajó la voz, como si el miedo lo cerrara desde adentro.
—Una ciudad. Pequeña, pero habitada... Donde estaban nuestros hermanos del norte. Con muros, con humo… Y a su alrededor… árboles cortados, tierra herida, agua contaminada.
Silencio.
El jefe Cuetzpalin se irguió.
—Han venido para quedarse —dijo—. Como las plagas de langostas.
Teoxihuitl golpeó el suelo con su bastón.
—Los dioses nos han advertido. No podemos ignorarlo.
—¿Qué propones? —preguntó Itzcoatl, entornando los ojos.
—Debemos actuar —dijo el sacerdote mayor—. No esperar a que las bestias nos devoren. No esperar a que la sombra se trague a nuestro pueblo.
—¿Atacar? —preguntó uno de los guerreros más jóvenes.
—Atacar —confirmó Cuetzpalin, con la voz grave y baja—. Debemos recordarles que esta tierra tiene dueño. Que esta tierra tiene sangre.
Los guerreros golpearon el suelo con las lanzas en señal de aprobación.
Mi estómago se anudó.
Sabía que el enemigo que describían, ese que venía sobre las bestias del mar, con piel pálida y armas de metal, era también él.
Y, sin embargo, no podía detener lo que se había puesto en marcha.
Porque el destino, como los ríos, no se detiene cuando uno le pone piedras. Solo encuentra un nuevo cauce.
—Mañana al alba —ordenó Cuetzpalin—, enviaremos exploradores para espiarlos. Luego, atacaremos cuando estén más vulnerables.
Los sacerdotes asintieron.
Itzcoatl se inclinó hacia el jefe.
—¿Y si tienen aliados? ¿Si no están solos?
—Entonces caeremos sobre todos ellos —respondió Cuetzpalin, sin dudar—. Mejor morir luchando que ser devorados como ciervos indefensos. ¡No dejaremos que nos aniquilen como a nuestros hermanos!
El murmullo de aprobación llenó el lugar.
Yo, sentada a un lado, apretaba mi códice contra el pecho.
Sabía que en algún rincón de esa nueva ciudad, en algún resquicio de ese mundo ajeno, él estaba esperándome... Lo sentía en cada fibra de mi ser.
Mi Itonal koatli.
Al que amaba.
Al que debía encontrar.
Al que, por mandato de los dioses o del destino, podía ser mi salvación… o mi perdición.
Y el sol, en lo alto, parecía más pálido.
Como si ya empezara a apagarse.
La asamblea se disolvió entre planes y órdenes.
Los guerreros fueron enviados a preparar sus armas. Los exploradores partirían con el primer aliento del atardecer.
Y yo… yo me quedé sentada, inmóvil, sintiendo el temblor en el centro de mi pecho.
No podía permitirlo.
No podía dejar que lo atacaran.
Que lo mataran antes de saber su verdadero nombre.
No antes de escuchar su voz... no como un susurro en mi mente, sino como un hombre vivo frente a mí.
"Yohualli..."
Nada.
Solo un muro de niebla, un silencio distinto al de los días anteriores. Más espeso. Más incierto.
Un velo.
Un límite.
Me abracé el pecho.
Y por un momento, dudé.
¿Y si él era parte del caos?
¿Y si lo que los dioses me habían mostrado no era un destino, si no una advertencia?
Recordé la profecía:
"El sol se apagará…"
"El orden se romperá…"
¿Y si él era la grieta?
¿Y si lo que yo sentía como amor era en realidad una trampa disfrazada?
¿Y si los dioses me habían engañado?
¿O yo había interpretado mal el mensaje?
Me arrodillé junto al altar menor, en la cámara donde nadie entra a esa hora. Cerré los ojos con fuerza.
—Díganme —murmuré—. ¿Puede mi alma gemela ser también la perdición de mi pueblo?
Los dioses no respondieron.
—¿Puede un corazón enamorarse del enemigo, sin saberlo?
Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla.
No de miedo. De impotencia.
Porque la verdad era simple… y me dolía aceptarla:
Lo amo.
¿Y si eso es lo que está destinado a destruirnos…?
Entonces... el amor también puede ser un arma.
Pero no podía creerlo.
No quería creerlo.
—Si él fue hecho para mí, si los dioses lo unieron a mi alma antes de que naciera… No puede ser un monstruo. No puede ser la muerte de mi gente. ¿O sí?
Me quedé en silencio.
Y como siempre que los dioses no responden, la decisión recayó sobre mí.
Me puse de pie.
Respiré hondo.
Y susurré una única verdad:
—No. No lo creo. —Miré al cielo, reprochando a todos los dioses silenciosos—. No creo que el amor verdadero sea el enemigo. No creo que el fuego que él despierta en mí sea una amenaza.
Cerré los ojos y me abracé a mi misma, fingiendo que eran sus brazos a mi alrededor.
—Creo en él —susurré con la voz rota—. Y si estoy equivocada… Si mi corazón me lleva al desastre… Quiero comprobarlo con mis propios ojos.
Porque aunque no podía hablar con él, lo sentía.
Sentía su miedo.
Su desamparo.
Como si algo en él hubiera visto la oscuridad del mundo al que llegó, y me llamara sin palabras.
Con la urgencia del que sabe que si no me encuentra ahora, no podrá hacerlo nunca.
Esperé hasta la noche.
Empaqué solo lo necesario: el códice, un puñado de raíces secas, agua, mi capa más liviana. El templo estaba en silencio, los corredores dormidos.
Yali no estaba en su habitación.
Quizá los dioses quisieron dejarme el camino libre.
Crucé el umbral de piedra y sentí el frescor de la selva abrazarme. La luna era delgada, suficiente para ver sin ser vista.
No corrí.
Caminé con paso firme, el corazón latiéndome en las sienes.
No sabía qué diría cuando lo encontrara.
No sabía si él me reconocería.
Solo sabía que ya no podía quedarme esperando.
Pero al cruzar el límite de la aldea, no vi que alguien más me seguía.