Capítulo 6: La llegada

1820 Words
Mateo Desperté con el corazón acelerado y la garganta seca. El aire en la bodega era denso, húmedo. El murmullo del mar contra la madera era constante, pero esa noche… había algo más. Una tensión en el pecho. Una sensación fría, como si hubiera soñado con el fin de algo y no pudiera recordarlo. Llevé una mano a los labios. Aún los sentía… tibios. Como si el beso no hubiera sido una ilusión creada por mi mente. Como si su boca siguiera ahí, tocando la mía en otra capa del mundo. —Lázaro —murmuró Hugo, medio dormido, a mi lado—. ¿Otra pesadilla? —No… no lo sé. Me senté despacio, apoyando los pies en el suelo húmedo. El balanceo del barco me recordaba que todavía estábamos en el mar. Aunque ya no había olor intenso a salitre. El aire empezaba a llenarse de calor, de vegetación, de vida que no conocíamos. Sentí dentro de mí como si algo se hubiera abierto. No roto. Abierto. Expuesto. Y al mismo tiempo, algo en el universo se había torcido. Como si mi cuerpo hubiese cruzado una línea que mi Dios había trazado a lápiz… para mantenerme dentro... o tal vez fuera. "Lumbre…" Pero ella no respondió. No como otras veces. No había palabras, ni con emociones, ni siquiera con un susurro en el pecho. Tal vez dormía. Tal vez también lo sentía. Tal vez el beso que compartimos, tan real, tan intenso, había cruzado un umbral que nos había alejado... Por primera vez desde que apareció en mi vida, la conexión se mantuvo en silencio. Y no era un silencio vacío. Era denso. Doloroso. Como si algo entre nosotros necesitara... espacio para crecer. "¿Por qué me la obsequiaron si ahora me la arrebatan de esa manera tan... cruel?" Me quedé despierto, sentado en la oscuridad de la bodega, con los brazos alrededor de las rodillas, el cuerpo temblando de frío y de otra cosa... totalmente opuesta. Pensé en sus manos. En su aliento. En su voz, llamándome por ese nombre que ya era más mío que el que mi madre me había dado. Me llevé los dedos a los labios, recordando el beso. Y susurré su nombre sin voz. "Lumbre." Nada. Solo el vaivén del mar, el crujido del barco, y la certeza de que algo había cambiado para siempre. Me pasé la noche soñando despierto con ella, hasta que a primera hora de la mañana, subimos a la cubierta. El sol brillaba sobre nuestras cabezas. La costa apenas se distinguía al fondo, una línea verde envuelta en bruma. La emoción corría entre los hombres que murmuraban ansiosos por pisar tierra firme. Pero mi corazón, por alguna razón, no dejaba de latir como si estuviera a punto de encontrar algo que llevaba toda la vida esperando… sin saber qué era. —¿La ves? —dijo Hugo, señalando al frente—. Tierra firme. —Lo veo —respondí, sin sonreír. —¿No estás emocionado? Lo miré y no supe qué responder. Sí, quería poner un pie en tierra. Pero algo en mis entrañas me decía que no era una llegada. Era el inicio de algo más oscuro. Al mediodía, el capitán Roy se presentó en cubierta. Era la primera vez que lo veía de cerca. Vestía de forma austera, pero llevaba una espada al cinto que no era decorativa. Sus ojos eran duros, del color del barro seco, y su voz, cuando habló, sonó como un golpe seco sobre la madera. —Mañana al alba, tocaremos tierra —anunció—. La entrada será controlada. Primero explorarán los oficiales y los hombres de confianza. Luego los demás. Un murmullo se alzó entre los reclutas. —Hay informes de nativos en la zona —continuó—. Salen y se esconden. No siempre son hostiles, pero la prudencia es más valiosa que la compasión. Escuché bien esa frase. Me atravesó. —¿Y si atacan? —preguntó uno de los hombres. Roy sonrió con los labios, pero no con los ojos. —Entonces sabremos quién tiene el valor de sobrevivir. Algunos rieron, nerviosos. Otros miraron al suelo. —Olviden las historias dulces que les contaron en el puerto —añadió—. Este no es un paraíso. Es un mundo nuevo, sí… pero solo para quien sabe reclamarlo. Su voz no era la de un explorador. Era la de un conquistador. La de un depredador. Y sentí, por primera vez con claridad, que había vendido mi alma a un hombre al que no le temblaría la mano para matarme si eso lo acercaba a lo que quería. —¿Alguna pregunta? —añadió. Nadie respondió. El capitán se giró y bajó las escaleras hacia su camarote sin mirar atrás. Hugo se me acercó por el costado, bajando la voz: —Tiene una forma simpática de decir que si morimos, es nuestra culpa. —Eso fue más una amenaza que un discurso —respondí. —Igual me tranquiliza saber que al menos hay alguna ciudad donde vamos. Dicen que tiene iglesia y todo. —¿Tú has estado allí? —No. Pero él sí —dijo, haciendo un gesto con la cabeza. Un hombre de rostro curtido, barba descuidada y mirada hundida estaba a unos metros, apoyado contra los toneles de agua. Tenía una cicatriz larga que le cruzaba el cuello hasta el hombro. —Se llama Andrés. Estuvo dos veces antes en el nuevo mundo, aunque nadie sabe bien qué hace exactamente. —¿Es verdad? —le pregunté cuando Andrés se nos acercó—. ¿Hay una ciudad? Él asintió con lentitud. —Le llaman Santa Isela de la Cruz. Una ciudad pequeña, de piedra y madera. Dos calles grandes, una plaza, una iglesia, y una muralla baja que no sirve para nada. Pero es mejor que dormir entre serpientes. —¿Cuánta gente vive ahí? —Cincuenta, tal vez setenta. Españoles, la mayoría. Algunos nacidos ahí, otros como nosotros. Campesinos, soldados, ladrones con suerte. Todos protegiéndose entre sí. Todos rezando por no encontrarse con un grupo de nativos con lanzas... —¿Los nativos son agresivos? Andrés escupió por el costado del barco. —Sí. Y no son como nosotros. Son más… silenciosos. Observan desde los árboles. No sabes que están ahí hasta que escuchas el primer grito... Hasta que sientes la lanza atravesando tu pecho... Hugo tragó saliva. —¿Y por qué no han quemado la ciudad, entonces? —Porque les ofrecimos sangre antes de que lo hicieran —dijo Andrés, mirándonos de reojo. Un silencio incómodo se instaló entre los tres. Yo no dije nada. No porque no tuviera qué decir. Sino porque una parte de mí ya sabía que nada de eso terminaría bien. Ni para ellos. Ni para nosotros. Ni para nadie. Esa noche, me senté solo en la proa, mirando hacia la costa. La luz de la luna se distorsionaba sobre las olas. "¿Lumbre?" Nada. Pero no era un vacío total. Era como si estuviera escuchando mi pensamiento, sin necesidad de responder. Como si ella también supiera que el mundo acababa de cambiar para siempre. Me llevé una mano al pecho. La sentí. Lejana. Callada. Pero presente. No supe por qué, pero un susurro escapó de mis labios sin pensarlo. —Itonal koatli... Las palabras me sorprendieron. No sabía qué significaba. No era castellano. No era latín. Y sin embargo… era nuestra. Me llevé los dedos a los labios. Aún sentía el peso de su beso, el ardor suave de su promesa. No comprendía qué era este lugar. Ni lo que íbamos a encontrar. Solo sabía que, por alguna razón, el mundo comenzaba a inclinarse hacia algo inevitable. Y que, cuando finalmente lo encontráramos —fuera lo que fuera lo que el destino nos tenía preparado—, ya no seríamos los mismos. El amanecer me encontró en la proa. No había dormido. El cielo empezaba a teñirse de naranja, y la costa ya no era una línea borrosa: era una presencia imponente. Una silueta inmensa de árboles espesos, montañas difusas al fondo, y más al sur... una estructura de piedra y humo. La ciudad. Santa Isela de la Cruz. La veía por primera vez, y sin embargo, no me impresionó. No tenía nada de gloriosa. No era el sueño que nos habían prometido. Era una mancha tímida en la vastedad de la selva, como si alguien la hubiese dibujado con prisa sobre un papel que no le pertenecía. Respiré hondo. "¿Lumbre?" Nada. Otra vez, ese hueco en el pecho. Ese silencio que ya empezaba a doler. Me llevé los dedos al pecho, donde sentía su voz muchas veces. Hoy, solo sentía la ausencia. —¿Aún no te responde? —Hugo apareció a mi lado, estirándose como un gato bajo el sol. Mi único aliado en esta aventura. Al único que me atreví a contarle sobre mi Lumbre. —No. —Quizá sueña. O quizá, no le gusta el calor —dijo, tratando de aligerar el momento. No funcionó. Mi respuesta fue cortada por el grito del contramaestre: —¡Prepárense para desembarcar! Todo se volvió movimiento. Tiraron las cuerdas, se aseguraron los barriles, las órdenes eran gritadas por encima del caos. Los botes comenzaron a bajarse uno por uno. El mar estaba en calma, pero expectante. Como si él también supiera que algo importante estaba por suceder. Subimos en grupos de seis. Hugo y yo fuimos juntos. A nuestra espalda, Andrés. Nadie hablaba. El trayecto fue corto, pero se sintió largo. Con cada remo, la costa se agrandaba. La selva parecía moverse, como si tuviera vida propia. Y la ciudad… Santa Isela… era más triste de cerca. Casas de madera encaramadas con clavos torcidos. Muros de piedra sin terminar. La iglesia tenía techo de palma, y la cruz, inclinada. No era un bastión de civilización. Era una cicatriz. Un grupo de soldados nos esperaba en la orilla. No tenían aire de héroes. Eran hombres sucios, tostados por el sol, con armas oxidadas y miradas de perros cansados. Bajamos uno a uno, con las botas hundiéndose en la arena caliente. Cuando pisé tierra firme, el suelo vibró bajo mis pies. Un segundo. Solo un segundo. Como si se hubiese estremecido por mi presencia, apenas perceptible, pero real. Volví la cabeza, como buscando algo. O a alguien. Nada. Solo el sol, la ciudad y el silencio. Y entonces, sin querer, susurré en voz baja: —Itonal koatli... No sé por qué. Todavía no sabía lo que significaba. Pero las palabras salieron solas, como una oración, como un recuerdo de algo que aún no había vivido. Hugo me miró de reojo. —¿Qué dijiste? —Nada —mentí. Y seguí caminando, con el corazón latiendo demasiado fuerte y la sensación, absurda e imposible, de que ella estaba cerca. Muy cerca. Por un instante, juré que el viento entre los árboles decía mi nombre...
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