Capítulo 5: El vínculo

1696 Words
Izel No estaba dormida. El cielo estaba despejado aquella noche. Desde mi habitación, podía verlo. Sereno, tranquilo, luminoso... cómo si estuviera anunciado un milagro. Me recosté en los tapetes, los brazos cruzados bajo la cabeza, y observé las estrellas con la misma reverencia con la que otros observan los códices. Una brisa tibia entraba por la abertura de la pared. El aire olía a piedra caliente y a humo lejano. Sentí su presencia antes de que su voz llegara. "¿Estás despierta, Lumbre?" Sonreí. "No duermo mucho últimamente." "¿Por qué?" "Porque tú estás cerca. Y eso me quema." Era verdad. Desde hace semanas, algo en la conexión se había vuelto distinto. Más intenso. Más físico. Cuando me hablaba, ya no era solo un pensamiento. Sentía su respiración, el eco de su pecho, el temblor de su voz cuando dudaba. "¿Cómo así?" "No lo sé. Siento tu aliento más cerca de mi cuello. Como si pudiera tocarte si me concentro." Su silencio fue una respuesta. Lo sentí estremecerse. "Yo también te siento más nítida," dijo. "Y me encantaría tocarte con solo extender la mano." Mi piel se erizó. "¿Qué nos está pasando?" No lo sabía. Pero no me asustaba. "¿Puedo verte esta vez?" preguntó él. "Ven" respondí sonriendo. Y entonces el mundo cambió. Ya no estaba en mi habitación, ni recostada en los tapetes. Estaba frente a él. Su figura, hecha de sombra cálida, tenía un contorno real. Alto, fuerte, con ojos tan profundos que parecían guardar siglos de secretos. Me miraba como si hubiera cruzado el universo solo para encontrarme. Nos tocamos con las yemas de los dedos. Un contacto apenas perceptible, pero que desató una corriente que me atravesó entera. Me ardieron las mejillas, las palmas, la boca. "No te quiero perder," susurró. "No otra vez." No entendía lo que quería decir con "otra vez". Pero lo sentí con cada parte de mí. Lo tomé del rostro. Sus mejillas eran firmes, tibias, reales. Tracé su mandíbula, bajé los dedos por su cuello, hasta encontrar su mano. La entrelacé con la mía. Él apoyó su otra mano en mi cintura. La otra, me soltó y subió a mi mejilla, con una dulzura que me hizo cerrar los ojos. No hubo palabras después. Solo respiraciones compartidas. Y entonces… me besó. El mundo desapareció. Solo existía ese beso. No fue casto, ni temeroso. Fue pleno, profundo, real. Una caricia de fuego lento. Sus labios buscaron los míos como si ya los conocieran, y yo respondí sin pensarlo. Su boca tenía sabor a mar y a promesas. Su piel se sentía como la noche... suave, intensa, perfecta. Nos abrazamos como si estuviéramos hechos el uno para el otro. Como si no hubiera más vidas después de esta. Como si este fuera el único momento que la historia nos permitía compartir. Cuando el beso terminó, apoyé mi frente contra la suya. "No sé si alguna vez te veré," dijo. "Pero si esto es todo lo que tenemos... me basta." "No es todo," susurré. "Aún no." Y regresé. Mi cuerpo estaba tendido sobre los tapetes. El cielo seguía allí, igual de claro. Pero mis labios aún temblaban. Llevé los dedos a mi boca, con suavidad. Él había estado aquí. No en carne, pero en alma. Me incorporé lentamente. Miré hacia el cielo, y mis ojos encontraron una estrella que titilaba más fuerte que las demás. Me pregunté si él estaría viendo la misma. —Tú eres mi alma gemela —susurré, ya sin miedo. Y entonces lo decidí. No estaría con ningún otro hombre. Ni aquí, ni en otra vida. Si él no venía a mí, yo lo esperaría. Aunque los años pasaran. Aunque nunca se cruzaran nuestros pasos. Mi amor era libre, y mío, y completo, incluso sin tenerlo. No me sentí triste. Al contrario. Sentí una alegría inmensa y cálida. Como si solo por haberlo conocido, el mundo ya tuviera más sentido. Me recosté otra vez. No cerré los ojos. Solo seguí mirando las estrellas. Y entre ellas, supe que había una que respiraba al mismo ritmo que el mío. *.*.* A la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana sin pedir permiso. Me desperté antes del canto de los pájaros. No porque no pudiera dormir… sino porque ya no quería cerrar los ojos. Después de lo que había vivido, el mundo real parecía más pálido, más quieto. Me vestí con calma. Me trencé el cabello como siempre. Pero cuando pasé los dedos por mis labios, aún los sentí sensibles. Como si el beso no se hubiera terminado del todo. Antes de salir, abrí uno de mis códices personales. No los oficiales. No los que están en el templo. Este era mío. Lo había empezado cuando volví del sacrificio, con símbolos que nadie me enseñó a escribir. Dibujos. Sombras. Sueños. Lo abrí en una página al azar. Una figura de fuego y otra de sombra se sostenían de las manos. A su alrededor, un círculo de serpientes, una luna rota y un colibrí. Nada tenía sentido. Y al mismo tiempo… todo lo tenía. Guardé el códice en mi morral y salí hacia el templo. El aire en el recinto olía a humo de copal y tierra recién barrida. Las sacerdotisas murmuraban oraciones mientras cambiaban el agua de los altares. Pasé entre ellas en silencio, con la cabeza baja, hasta llegar a la cámara de los códices. Yali ya estaba ahí. Estaba sentada sobre los cojines, revisando un códice antiguo, tan viejo que sus bordes parecían disolverse con el aire. Levantó la vista apenas me sintió entrar. —No has dormido —dijo sin mirarme del todo. —No. —¿Lo viste otra vez? Asentí. Ella cerró el códice con cuidado y me hizo una seña para que me sentara a su lado. —¿Qué cambió? Me tomó unos segundos hablar. —Lo sentí. Su cuerpo. Su piel. Su aliento. Y… me besó. Yali no reaccionó de inmediato. Solo me observó, como si tratara de leer más allá de mis palabras. —¿Fue real? —No sé —dije, bajando la mirada—. Pero mi cuerpo así lo cree. Ella suspiró. —Cuando lo viste por primera vez, te vi distinta. Pero ahora… ahora pareces arder por dentro. —Siento que ya no puedo fingir que esto es solo una visión. Es algo más. —¿Qué crees que es? —Mi otro yo —dije sin pensar—. Como si nuestras almas estuvieran destinadas desde siempre... —Un alma gemela. Asentí, sintiendo mis mejillas arder. —¿Y si no lo ves jamás? —preguntó ella, con voz suave. —Entonces no lo veré. Pero lo habré amado. Yali se quedó en silencio. Cerró los ojos un instante. —Hay vínculos que los dioses no bendicen. Y otros que no pueden impedir —murmuró—. El problema es saber cuál es cuál. La miré, sin entender. —¿Tú crees que esto está prohibido? —No lo sé. Pero si el corazón de una sacerdotisa se entrega, todo lo que la rodea cambia con ella. Me quedé quieta. No comprendía si lo que me decía era una advertencia o un intento de consuelo. —¿Puedo leer los antiguos códices? —cambié de tema. —¿Buscas algo en especial? —Sí —susurré. —¿Qué? —Una señal —dije encogiéndome de hombros. Ella no preguntó más. Solo me extendió la llave de la sala interior. Me levanté, la tomé entre mis dedos y me encaminé hacia la sala de los códices. Porque si el amor que siento no tiene nombre en esta vida… quizás lo tenga en una más antigua. Me interné en la sala de los códices como quien se interna en el tiempo. El aire allí era más denso. Más sagrado. Cada estante guardaba siglos de secretos, de sueños plasmados en tinta natural y manos que ya no existen. Pasé los dedos por los lomos sin buscar nada concreto. Dejé que el instinto me guiara. Uno de los códices me llamó. No por su tamaño ni por sus adornos, si no por el silencio que lo rodeaba. En una de las páginas centrales, vi dos figuras: una hecha de fuego, otra de sombra. Eran pequeñas, apenas unos trazos, pero su cercanía era innegable. Debajo, un fragmento escrito en una lengua antigua, mezcla de símbolos y fonemas que apenas recordaba. Lo leí en voz baja. Las palabras se acomodaron dentro de mí como si siempre hubieran vivido allí. "Donde el fuego encuentra a la sombra, se nombra el lazo eterno. Solo una vez por vida. Solo una vida por ciclo. A ese lazo, los sabios llamaron… Itonal koatli." El nombre vibró dentro de mí. Jamás lo había leído. Y sin embargo, lo reconocí. Era nuestro. —Itonal koatli… —susurré tocando con delicadeza las palabras escritas. Como quien nombra algo sagrado. Como quien acaba de recordar que ha amado antes de nacer. Volví a leer la página. No solo por el nombre. Sino por algo más, algo que estaba al margen, escrito con tinta más pálida, como si el tiempo hubiera querido borrarlo. Me incliné. Pasé los dedos con cuidado. "Pero si el fuego y la sombra se reconocen Si el Itonal koatli despierta… Entonces el sol se apagará un instante, para que ellos brillen juntos. Y ese instante bastará para romper el orden. Porque no todo amor está hecho para este mundo.” Mi garganta se cerró. El pecho me latía con fuerza, no por miedo… si no por la certeza de haber sido advertida. Me quedé en silencio. Pensé en su beso. En su calor. En cómo su sombra no me cubría, sino que me contenía. Pensé en el destino… y en los dioses que callaban cuando lo soñaba. Tal vez lo que sentíamos no era solo amor. Tal vez si era prohibido. Una grieta en el tejido del mundo. Cerré el códice con cuidado, dejándolo en el mismo lugar donde lo encontré. —Entonces el sol se apagará —susurré. Y por primera vez, tuve miedo. No de perderlo. No. Está vez tuve miedo de encontrarlo.
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