Capítulo 4: El adiós

1779 Words
Mateo Mi madre no me abrazó. Le puse el dinero en la mano y sus dedos se cerraron con rapidez... Tal vez temiendo de que cambiara de opinión. —No necesito tu caridad —dijo, sin levantar la mirada. —No es caridad. Es lo que me pagaron por enlistarme. Ella mantuvo los ojos clavados en el suelo. Su delantal tenía una mancha. Una hebra de su cabello se movía con el viento que entraba por la ventana abierta. —Con eso podrás pagar las deudas —agregué—. Y cuidar a Juan. No dijo nada durante unos segundos. Pensé que no iba a responder. Pero entonces, su voz tembló. —Él te extrañará. Mucho. Me quedé quieto. Lo único que quería era que me mirara. Solo una vez. Solo para saber si, en algún rincón de sus ojos, todavía era su hijo. Pero cuando por fin alzó la vista, fue como una daga directa al corazón. —Cuídate, Mateo —dijo. Y entonces sus ojos se llenaron de lágrimas. No las dejó caer. Solo las sostuvo, como lo había hecho desde aquella noche... —Adiós, madre. Me di la vuelta antes de que mi garganta me traicionara. Caminé, o tal vez corrí. No recuerdo si había más personas en la calle, si alguien me miraba. Solo recuerdo que el aire me quemaba la cara, y que mis pasos hacían más ruido del que deberían. No era un hasta luego. Era el tipo de adiós que no tenía regreso. Pocos volvían del nuevo mundo. Y los que lo hacían regresaban diferentes. No por las riquezas, sino por las mentiras que se les pegaban a los ojos. Volvían a reclutar hombres, con promesas de oro, de libertad, de tierras propias… pero todos sabían que la mayoría moría antes de ver la orilla. A veces pensaba que los que volvían ya no eran ellos. Que dejaban algo allá, enterrado entre palmeras y ruinas. Y aun así, yo iba hacia eso. Sin nadie que me despidiera, sin nadie que me esperara. Había entregado mi nombre, mi juventud y mi cuerpo al capitán Roy, un hombre del que decían muchas cosas, todas malas, y aunque era posible que acabara sirviendo a un monstruo, ya no importaba. Tal vez, en algún rincón de esa tierra lejana, alguien diría que Mateo Lázaro del Río había vendido su alma al diablo. Y quizás era cierto. Pero estaba bien. Ya había perdido a mi padre. Ya no tenía madre. Y el único pedazo de cielo que me quedaba... Lumbre... era solo una voz que vivía en mi mente, una fantasía que el mar podía ahogar en cualquier momento. Yo no creía que fuera real. No del todo. No como una mujer de carne y hueso que deseaba que fuera. Y si lo era, si alguna vez caminaba frente a mí, nunca me conocería. Así que no importaba lo que me esperara del otro lado. No importaba si el mar me tragaba, o si el capitán me usaba como leña para sus guerras. Yo ya no pertenecía aquí. Ni a ningún otro lado. El puerto bullía con ruido y sal. Gente cargando cajas, soldados empujando con prisa, gritos, órdenes, madera crujiendo. El barco se recortaba contra el cielo gris, imponente, con sus velas aún recogidas. Cada paso que daba hacia la pasarela me pesaba. No por el miedo al viaje. Sino por ella. "¿Lumbre?" No respondió enseguida. Pero la sentí. "Estoy aquí." Suspiré. Me detuve a un lado del muelle, detrás de unos barriles. El ruido seguía, pero dentro de mí, todo se aquietó. "Tenía miedo de que ya no me escucharas." "También tenía miedo" susurró transmitiéndome lo que sentía. "Voy a subir al barco" dije con pesar. Silencio. Una pausa espesa, como si las palabras hubieran chocado contra algo más grande. "No sé qué va a pasar" insistí necesitando que me entendiera. Que si algo pasaba no era porque yo quería. "Ni yo" respondió, y sentí cómo la tristeza se aferraba a su voz. "Pero antes de irme… necesito decirte algo." Sentí su atención clavada en mí. Como si se acercara, como si su energía se apoyara en mi pecho. "Tú eres lo único que no me ha fallado desde que mi padre murió." Tragué saliva. El aire olía a mar y despedidas. "Eres mi única constante. La única voz que no quise apagar." Otra pausa. Sentí algo caliente. Emoción. De ella. "Y aunque no sepa quién eres… te amo." Nunca lo había dicho. Ni siquiera lo había pensado así. Hasta ese instante. El amor no siempre es ruido. A veces es una voz sin cuerpo que aparece en medio de la nada y te enseña a respirar de nuevo. "Yohualli…" "¿Sí?" "No digas adiós" su voz me atravesó como un rayo de sol, de esos que te abrazan cuando se está escondiendo. "No puedo prometerlo." "Prométeme que seguirás pensando en mí..." insistió dolida. "Eso sí puedo hacerlo..." Sonreí. Y antes de que la conexión se apagara, la imaginé frente a mí. Solo una silueta hecha de fuego suave y luz cálida. Me acerqué en mi mente, y le rocé los labios. Un beso invisible. Mi primer beso. El último, tal vez. "Te llevaré conmigo... siempre" Y crucé la pasarela. El mar era una criatura sin rostro. A veces suave. A veces cruel. Había dejado de contar los días con exactitud... Aunque sé que pasaron más de cuatro meses. Me acuerdo de ese en particular porque el sol salió redondo, limpio, y por primera vez en semanas no sentí que la humedad me comía los huesos. —¡Lázaro! —gritó Hugo, un muchacho que había dormido más de una vez al lado de mis botas—. ¿Vienes a tirar la cuerda o quieres que te metamos al agua? —Allá voy —le respondí sonriendo. Hugo se había convertido en algo parecido a un amigo. Hablaba de más, reía fuerte, y no creía en supersticiones. Tenía buena mano para pescar y no se metía con nadie. Entre maniobras y quejas, la rutina se había vuelto tolerable. Ya no vomitaba cada madrugada. Ya no tenía los dedos entumecidos. Hasta empezaba a distinguir las estrellas por nombre. Y cada noche, sin falta, ella estaba allí. "Hoy vi algo nuevo en ti," me dijo Lumbre una vez, mientras el mar dormía. "¿Qué cosa?" "Tus ojos. Son más claros de lo que pensaba. Como si fueran el cielo." Sonreí. Apoyado contra el mástil, mirando el agua. Nadie notaba cuando hablaba con ella. Aprendí a hacerlo sin cerrar los ojos. "Y tú tienes lunares en la clavícula." "¿Cómo lo sabes?" "Hoy lo vi. Solo un instante. Como un reflejo en el agua." Cada día, la conexión era más nítida. Ya no era solo voz. A veces sentía su aliento. O su risa. O su miedo. La última vez que hablamos, me mostró un colibrí. Una piedra en forma de colibrí entre sus manos. "Es un recuerdo de alguien importante," me explicó. "¿Alguien que te ama?" "Alguien que me quiso." Me dolió. Muchísimo. Por eso no pregunté más. La noche llegó. El barco seguía su camino, cortando el agua como si supiera a dónde iba mejor que nosotros. Me senté en cubierta, con una manta vieja en los hombros. Cerré los ojos. "¿Estás despierta, Lumbre?" "No duermo mucho últimamente." "¿Por qué?" "Porque tú estás cerca. Y eso me quema." Me quedé quieto. "¿Cómo así?" "No lo sé," dijo ella, y su voz tembló un poco. "Siento tu aliento más cerca de mi cuello... Cómo si pudiera tocarte si me concentro..." Me recorrió un escalofrío. No entendía qué pasaba, pero tampoco quise detenerlo. "Yo también te siento más nítida," le dije, con voz baja. "Y me encantaría tocarte con solo extender la mano." "¿Qué nos está pasando?" No supe responder. No lo sabía con exactitud. Pero tenerla así... me hacía muy feliz. "¿Puedo verte esta vez?" le pregunté, como si pedirlo hiciera la diferencia. "Ven." Y entonces, el mundo cambió. No sé si fue sueño, visión, o algo más profundo. Pero estaba frente a ella. La misma figura hecha de luz, pero ahora tenía forma. Su cuerpo de fuego suave, su rostro aún velado por sombras, pero sus ojos... obsidiana líquida. Me miraban como si ya supieran lo que iba a hacer. Me acerqué. Ella no retrocedió. Nos tocamos apenas con los dedos. El contacto fue eléctrico, cálido, palpitante. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. No era como soñar. Era más real que cualquier cosa que hubiera sentido despierto. Su piel era suave, como si estuviera hecha de aire caliente y luz dorada. Me aferré a su mano como si ese solo gesto pudiera evitar que el mundo se desmoronara otra vez. "No te quiero perder," susurré. "No otra vez." Ella me miró, y aunque su rostro aún era difuso, sus ojos lo decían todo: ella sentía lo mismo. Me tomó del rostro con ambas manos, y sus dedos se deslizaron con dulzura por mis mejillas, reconociéndome. Trazó mi mandíbula como si estuviera dibujando mi silueta con la memoria. Yo llevé una de mis manos a su cuello, y sentí su pulso, vibrante, vivo. Como si mi propia sangre se hubiera trasladado allí. Mi otra mano buscó la curva de su cintura, y ella no se apartó. Nos quedamos así, apenas respirando. Sus manos bajaron a las mías, entrelazando los dedos. Se acercó más, sus labios rozando apenas mi frente, luego mi nariz. Me derretí en ese gesto. Era suave, tierno, pero también estaba cargado de algo más: una tensión dulce, un deseo contenido por años. Y entonces la besé. Ella respondió de inmediato, hundiéndose en mí, en ese instante, en esa necesidad compartida. No fue como la primera vez. Este fue profundo, lento, lleno de deseo, de lujuria y pasión. Sus labios ardían. Mi pecho también. No éramos cuerpos. Éramos fuego y sombra encontrándose en un lugar único y sagrado. Y en ese beso, entendí que no estaba loco. Que no era un delirio. Que ella existía, que siempre había existido. Cuando nos separamos, el mundo temblaba a nuestro alrededor. El aire. El mar. El alma. "¿Qué fue eso?" susurré, jadeando. "No lo sé," respondió ella. "Pero no quiero que termine." "No sé cuándo te veré," susurré, con la voz rota. "Pero si esto es todo lo que tenemos... me basta." "No es todo," dijo ella, y su aliento acarició mis labios. "Aún no..." Y entonces desperté. Las estrellas brillaban igual que antes. El mar seguía ahí. Pero mi pecho aún ardía. Y mis labios aún temblaban.
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