Izel
Desde la cima de la colina, la ciudad dormía bajo el humo sucio que salía de las casitas.
Las luces de las antorchas apenas se veían a la distancia. No se escuchaban sonidos claros del pueblo.
Todo parecía tan... quieto, vacío... como si el lugar y hasta el mundo estuvieran conteniendo el aliento.
Pero la selva no lo estaba.
Alrededor mío, guerreros de otra tribu aguardaban como jaguares hambrientos, ocultos entre los árboles.
Silenciosos.
Tensos.
Listos.
No eran de mi pueblo. Eran del norte. Hombres endurecidos por el exilio y la sangre. En sus rostros no había duda, solo rencor.
Frente a ellos, Malinal.
Jefe de guerra, sobreviviente de masacres, hombre de mirada oscura como las raíces más viejas del bosque.
Me acerqué a él con el corazón acelerado.
El suelo parecía latir bajo mis pies.
—Malinal —dije llamando su atención.
—Miren a quien tenemos aquí —se burló señalándome con la mano—. La hija de los dioses... ¿Qué haces tan lejos de tu tierra, elegida?
Sabía porque estaba enojado. Aunque no tenía que odiarme a mí. Yo no tenía la culpa de haber sobrevivido al sacrificio... su hija había sido sacrificada unas lunas antes... y ella no sobrevivió.
—Aún no es tarde —hablé dejando pasar su rencor—. Aún no han atacado. Podemos esperar. Podemos observar.
—Ya hemos observado suficiente —respondió volviendo la mirada a la ciudad—. Hoy les haremos sentir lo que sentimos nosotros.
—No todos los que están ahí son culpables —insistí dando un paso adelante—. Puede haber gente inocente. Mujeres. Niños. Incluso...
—¿Incluso qué?
No logré responder. Se giró hacia mí. Tenía los ojos encendidos.
—Tú no decides nada aquí, sacerdotisa —me interrumpió, mirándome con odio en sus ojos—. Tu pueblo no sufrió lo que sufrimos nosotros...
—¡Sufrimos todos! ¡Y sufriremos aún más si no pensamos con el corazón!
Me evaluó de arriba abajo con desprecio.
—Tú no tienes corazón. Tienes visiones. Tienes palabras que no salvan a nadie.
Tragué saliva. Di otro paso adelante.
—Uno de ellos está con nosotros. Él... es parte de mí. No es como los demás...
—¿Ahora defiendes a los invasores? —gruñó enfrentándome.
—No a ellos. A él.
—¿Y qué esperas? ¿Que detenga la guerra porque una sacerdotisa lo dice?
Se acercó. Su aliento me golpeó el rostro con un olor a animal moribundo.
Me tomó del brazo con fuerza.
—Regresa con los tuyos, niña. O quédate a ver cómo quemamos esta ciudad hasta que no quede más que cenizas...
—¡Malinal, por favor! Él está aquí —dije—. Y sé que no vino a hacer daño. No vino a tomar nada. Solo…
—¿Solo qué, elegida? ¿A robarte el corazón? ¿A hechizarte como a tantas otras antes que tú?
—Él no es así —respondí entre dientes, firme—. Lo sé porque lo siento. Porque lo he sentido desde antes de que esto empezara.
Malinal apretó su agarre en mi brazo.
—Tu no viste a tus hijos arder —escupió—. No enterraste a tus hermanas y hermanos con tus propias manos.
—¡Perderemos a más si dejamos que el odio decida por nosotros!
—¡Cállate!
Su voz retumbó.
Y sin pensarlo, alzó la mano para golpearme.
Pero el golpe no llegó.
Algo lo detuvo en el aire.
Una sombra.
Oscura. Densa. Viva.
Cubrió mi cuerpo para protegerme, para evitar el golpe. No la vi venir. Solo la sentí.
Él.
No sabía cómo. No sabía desde dónde.
Pero me protegió.
Malinal dio un paso atrás, confundido. Bajó el brazo mirando a todos lados.
—¿Qué fue eso…? —murmuró, soltando mi brazo e intentando recuperar la compostura.
—No estás solo en esta guerra —le dije sintiendo una nueva fuerza en mi interior—. Y lo que no comprendes… puede salvarnos o destruirnos.
Él me fulminó con la mirada. Pero no volvió a tocarme.
Solo alzó la mano y:
—¡Ataquen! ¡¡Todos!! ¡Ahora! —rugió Malinal, su voz desgarrando el aire.
Los guerreros rompieron el silencio gritando con euforia.
Como una marea salvaje, se lanzaron colina abajo.
—¡¡NO!! —grité, sintiendo que la garganta se me rompía desde adentro.
Corrí tras ellos, pero un guerrero me sujetó con fuerza, inmovilizándome.
—¡Quédate atrás, sacerdotisa! ¡Esto ya no es tu lucha!
—¡Él está ahí! —jadeé— ¡No puedes entenderlo, pero yo sí!
Forcejeé, pero era más fuerte que yo. Me levantó del suelo. Mi capa se enredó entre mis piernas. Mi códice casi cae del morral.
Entonces lo sentí.
El calor.
Mi Yohualli.
Su energía seguía vibrando en el aire. Su presencia latía con vida propia dentro de mí. El lazo ardía.
Me estaba llamando.
Y yo no iba a fallarle.
Hundí la mano en el morral con desesperación.
Toqué el fondo, donde guardaba la bolsa de tela tejida: dentro, polvo de chīchīltic, la flor del fuego, molida y bendecida bajo luna llena.
La saqué en un puñado cerrado.
—¡Déjame i! —grité con furia.
Y arrojé el polvo directo a los ojos del guerrero.
El grito que soltó fue más animal que humano. El polvo se pegó a su rostro como brasa, haciendo arder su piel y cegándolo por un momento.
Aproveché.
Lo empujé con el hombro, con todo mi cuerpo. El golpe lo desequilibró. Retrocedió, tambaleando, soltándome.
Caí de rodillas pero me levanté de inmediato, jadeando.
Mis manos temblaban.
Mi corazón tenía un ritmo desbocado.
Pero estaba libre.
—¡Izel! —gritó alguien detrás.
No sabía si era el guerrero o Malinal. No me importaba.
Corrí.
Hacia el fuego.
Hacia los gritos.
Hacia él.
Y si el mundo debía arder por seguir mi corazón… que ardiera.
Mi cuerpo se movía como si el viento me empujara. Las ramas se apartaban, los pájaros levantaban el vuelo. Llegué a la cima de la colina.
El aire me gritaba su nombre sin decirlo.
Y entonces lo escuché.
Una voz rota, desesperada, flotando en el aire:
—¡Lumbre!
Mi corazón se detuvo.
Mi nombre.
El verdadero.
El que solo él me dio.
Giré la cabeza hacia abajo.
Y lo vi.
Nuestros ojos se encontraron.
Por un instante, todo se detuvo.
El viento.
El tiempo.
El mundo.
Cubierto de sudor y barro, con el rostro pálido y la ropa rasgada. Avanzaba tambaleando, herido, jadeando, pero sus ojos estaban fijos en mí.
—Yohualli… —susurré sin aire.
Y supe.
Él era real.
Había cruzado el mar y la muerte para encontrarme.
Y ahora... caía ante mí.
Su cuerpo cedió.
Se desplomó sobre la tierra como si el mundo ya no pudiera sostenerlo.
—¡Yohualli! —grité, con la voz rota.
Me lancé entre los árboles. Esquivando ramas, cuerpos, lanzas. Ni siquiera sabía cómo lo hacía. Era el lazo el que guiaba mis pasos, como si me llamara desde dentro.
Un guerrero cruzó mi camino. Salté por encima de él.
Un grito a mi derecha. Un disparo a la izquierda. No los escuché del todo.
Solo escuché su respiración.
Y el latido de mi pecho.
Que era también el suyo.
Me dejé caer a su lado.
De rodillas.
Sin aire.
Sin palabras.
Mi mano fue directo a su rostro.
Lo toqué.
Su piel estaba caliente, manchada de sangre y polvo...
Y el mundo cambió.
El contacto fue como una llamarada.
Una ola de energía nos rodeó, invisible pero palpable.
El suelo tembló... como si las raíces de la tierra se activaran bajo nosotros.
El cielo rugió.
No fue un trueno normal. Fue un estruendo profundo, como el lamento de un dios.
Un relámpago cruzó las nubes como una serpiente de fuego.
No blanco.
Rojo intenso.
Como si el sol hubiese estallado entre la tormenta.
Su pecho subía y bajaba con esfuerzo. Sus labios entreabiertos murmuraban cosas que no entendía.
Lo acaricié con la palma temblorosa.
La frente.
La mejilla.
Los labios.
—Yohualli... —susurré, y una lágrima me resbaló por la mejilla—. Te encontré.
Él no respondió.
Pero lo sentí.
Su alma se acomodó junto a la mía.
Como si desde el principio nos hubiéramos estado buscando a través de los siglos.
Ahora, por fin, estuviéramos completos.
La lluvia cayó.
No en gotas suaves.
Sino con fuerza.
Con furia.
Como si el cielo intentara calmar lo que acababa de ocurrir.
Acaricié su cabello húmedo. Acerqué mi rostro. Cerré los ojos y apoyé la frente en la suya.
—Ya no estás solo —murmuré, en voz baja—. Ya no más.
Más lágrimas cayeron y se mezclaron con el agua que seguía mojándonos. No podía detenerlas.
Lloré por él.
Por mí.
Por todo lo que no pudimos decir en las noches en que solo existíamos como voces flotando entre mundos.
Mi otra mano tomó la suya. Nuestros dedos se entrelazaron.
El lazo se selló.
Las gotas me mojaron la espalda, los hombros, el rostro. Pero no me importó.
Porque él estaba en mis brazos.
Y el mundo ardía y se desbordaba por nosotros.
El vínculo ardía dentro de mí.
—Tú y yo —susurré—. Fuego y sombra. Aquí y ahora.