—¿Y bien? —preguntó Thiago apenas nos sentamos en el borde de su cama, la tensión aún flotando entre nosotros como una bruma espesa.
—¿Y bien? —repetí, arqueando una ceja con incredulidad—. Fuiste tú quien se fue saltando por la maldita ventana sin decir ni una palabra. Yo debería estar preguntando eso.
Thiago bajó la cabeza, avergonzado, sus dedos jugueteando con la manta entre nosotros.
—Yo... lo siento —susurró, su voz apenas un hilo—. No debí haberme enfadado solo porque no me quisiste contar eso. Pero yo... —alzando la mirada, se encontró con mis ojos—. Solo estoy preocupado por ti, Leanne. Necesito que confíes en mí.
Mi corazón se apretó al escuchar sus palabras. Sus ojos reflejaban una sinceridad tan intensa que por un instante olvidé la discusión anterior.
—Thiago, yo confío en ti —murmuré con suavidad—, pero tienes que entender que hay cosas que no puedo contarte. Apenas nos conocemos, han pasado solo unos días desde que llegué... No puedes esperar que te confiese todo cuando yo tampoco sé quién eres en realidad.
—Te contaré todo lo que quieras saber —respondió con firmeza, tomando mi mano entre las suyas. La calidez de su contacto me estremeció, y cuando me miró directamente a los ojos, supe que hablaba en serio.
—Sabes... respecto a tu comportamiento de antes con Izan...
Mi intento de tocar el tema fue interrumpido por un gruñido involuntario de su parte, profundo y gutural. Aun así, no me detuve.
—Eres demasiado gruñón para tener veintidós años, ¿sabes? —dije divertida, tratando de aliviar la tensión con un poco de humor.
Él me miró con una sonrisa torcida.
—¿Quién te dijo que tengo veintidós?
Fruncí el ceño, dudando.
—¿Cuántos años tienes, Thiago?
La pausa que siguió se sintió como un suspiro contenido por el universo entero.
—Solo te diré que he estado buscándote durante ciento cincuenta años.
—¿Qué? —exclamé, mis ojos se abrieron de par en par mientras lo observaba—. ¡¿No podía tocarme un compañero más joven?!
Rió con fuerza, su risa profunda y contagiosa resonando en la habitación.
—¿De qué te quejas? Te ha tocado el mate más sexy del planeta —dijo, sonriendo de lado.
—Ya, claro —respondí con ironía, aunque no pude evitar sonrojarme un poco. Su seguridad me desarmaba.
Tomé aire, intentando retomar la compostura.
—Cambiando de tema... ¿Por qué no me dijiste que eras el Alfa?
Thiago alzó una ceja, su expresión tornándose juguetona.
—¿No lo sabías? —dijo en tono burlón—. Llevo siendo el Alfa de tu manada... bueno, nuestra manada, durante quince años, Lele.
Bajé la mirada de inmediato, avergonzada. ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta? Todo había estado ahí, frente a mis ojos.
—Hola... —susurró de pronto, levantando mi mentón con suavidad para que lo mirara—. Te ves preciosa cuando te sonrojas.
Tragué saliva, intentando mantener la compostura. Esa cercanía me hacía olvidar todo, incluso mi nombre.
—¿Puedo preguntarte otra cosa? —susurré con timidez, aún con su mano en mi rostro.
—Lo que quieras —dijo con dulzura, sus ojos clavados en los míos.
—¿Dónde queda el Thiago dulce y cariñoso cuando hay más gente delante? —pregunté confundida, sintiéndome vulnerable por expresar algo tan personal.
Thiago bajó la mirada, jugueteando con sus dedos.
—Yo solo... me pongo algo celoso cuando otros hombres te miran —confesó finalmente, su voz teñida de inseguridad.
Mi corazón se estremeció. Ver al temido Alfa comportarse como un chico inseguro por mí me resultaba tan inesperado como enternecedor.
—Thiago, si realmente quieres que estemos juntos...
—¡Claro que quiero! —me interrumpió exaltado, casi como si temiera que dudara de sus sentimientos.
Lo tomé del rostro, acariciando su mejilla con ternura.
—Entonces necesito que confíes en mí —susurré—. Porque tengo tiempo para todo, pero no para perderlo. Y una relación sin confianza solo es tiempo perdido.
Sus ojos brillaron con intensidad, como si esas palabras hubieran removido algo en su interior.
—¿Eso quiere decir que me darás una oportunidad? —preguntó ilusionado.
—Esa oportunidad la tienes desde la primera vez que me besaste —respondí con una sonrisa cómplice—. Aunque no me haya dado cuenta hasta este momento... te quiero, Thiago. No sé cómo ni por qué, pero te quiero. Y eso es lo único que me importa ahora mismo.
Y sin pensarlo más, presioné mis labios contra los suyos, dando rienda suelta a todo lo que sentía. Fue un beso profundo, intenso, cargado de electricidad. Un huracán de emociones se arremolinó en mi estómago, como si el tiempo se hubiese detenido para presenciar aquel instante.
Sus labios eran suaves y cálidos, se adaptaban a los míos como si siempre hubieran estado destinados a encontrarse. Su lengua buscó la mía con deseo, peleando dulcemente por el dominio, creando una danza apasionada que me hizo perder la noción de todo lo demás.
Cuando el oxígeno se volvió escaso y nuestros cuerpos temblaban por la emoción, nos separamos con dificultad, jadeando.
—¿Qué miras? —pregunté sonrojada, sintiendo su mirada clavada en mí.
—Lo hermosa que eres —dijo con una sonrisa serena—. Te quiero, Leanne —susurró, antes de besarme de nuevo, esta vez con una dulzura que me hizo cerrar los ojos y entregarme por completo.
En ese instante, entre sus brazos, comprendí que no importaban los años que había vivido ni los secretos que aún ocultábamos. Lo único real era ese momento, ese beso, esa conexión que ardía como fuego entre nosotros.
No sé qué me has hecho, Thiago. No sé si ha sido tu esencia, este vínculo de mates o un capricho de la diosa Luna... pero sea lo que sea, espero que no termine nunca.