Desperté al oír el sonido de un gallo. ¿Por qué demonios tuvo que ponerse Jack ese maldito tono de despertador? Seguro que solo lo hace para fastidiarme. Me levanté de la cama y bajé en modo zombi a la cocina. Maldita sea la persona que inventó el infierno... perdón, el instituto.
Suspiré y me senté en la mesa. Por suerte, ya tenía el desayuno preparado: gofres, batido, fruta, chocolate caliente y churros. Ja, claro… era broma. En la mesa solo había los platos sucios de la cena de ayer. Por pura pereza de recogerlos, agarré una taza, le puse batido de vainilla y cogí una magdalena del armario para subir a comérmelo a mi cuarto.
Después de terminar el desayuno, me quedé sentada en la cama pensando qué ponerme. ¿Pasará algo si voy en pijama?
—No vas a ir en pijama, así que empieza a vestirte o llegarás tarde —oí a mi madre decir con voz demandante al pasar frente a mi puerta.
¿Cómo lo supo? ¿Tiene visión de rayos X? Resignada, opté por unos pantalones ajustados azules, un top corto blanco, la chaqueta universitaria de mi hermano (que me quedaba algo grande) y mis converse blancas. Cogí la mochila y salí de casa. Ni siquiera me peiné.
—Bien, hermanita, nos vemos luego —dijo Jack una vez frente a la puerta del instituto.
—Pero si vamos juntos a clase —respondí, confundida. ¿He mencionado que somos gemelos? Bueno, pues lo somos. Desgraciadamente no me libré de él ni en la barriga de mamá.
—Ya, pero me saltaré la primera clase. Me cubres, ¿no?
—¿A dónde vas?
—Con mi mate —respondió con una sonrisa estúpida.
Ah, claro. Él puede salir con su mate, pero si me ve a mí con el mío, se agarran a porrazos. Aunque… ¿por qué me quejo? A mí no siquiera me gusta Thiago.
Claro, claro… tú sigue diciéndote eso.
Tú cállate. En cuanto tenga a mi loba, ya no tendré que oírte más.
Si tú lo dices…
—¡Hey, Lele! —oí a Kyleigh llamarme por detrás. Por favor, que no venga con Thiago…
—Hola, mi amor… —la voz ronca de Thiago me heló la espalda mientras sus brazos me rodeaban la cintura.
Mierda.
—¿Qué haces aquí? —murmuré al girarme, quedando cara a cara con él.
—Vine a traer a Kyleigh… y a verte —susurró. Y sin más, presionó sus labios suavemente contra los míos.
¿No que no te gustaba?
Ignorando la voz en mi cabeza, le seguí el beso. No quería hacerlo, pero no podía evitarlo. Algo en mí lo necesitaba. Y bueno, ¿para qué negarlo? Besa de maravilla.
Nos separamos lentamente y me quedé observándolo: su cabello castaño ligeramente alborotado, sus ojos marrones que parecían encenderse cuando me miraban, los pequeños lunares esparcidos por su rostro y esos labios…
—¿Qué miras? —preguntó divertido sin soltar mis caderas.
—Lo feo que eres —murmuré con gracia.
—Amm… chicos, que sigo aquí —dijo Kyleigh, llamando nuestra atención—. Y Lele y yo debemos ir a clase.
—Cierto —asentí mientras me separaba de mi mate.
—¿Nos vemos luego? —preguntó él, aunque sonó más como una exigencia. Y a mí, las exigencias, no.
—Creo que paso —respondí con una sonrisa burlona y, junto a Kyleigh, me dirigí a clase.
—¿Qué día es tu cumpleaños? —preguntó ella mientras caminábamos hacia el salón de química.
—El mismo día que el cumpleaños de mi hermano —respondí como si fuese lo más obvio.
—¿Y qué día es el cumpleaños de tu hermano?
—El mismo día, aunque dieciocho años después, del día en que lo parió mi madre.
—¿Y qué día fue el día aunque dieciocho años después del día en que lo parió tu madre?
Vale… estoy hecha un lío.
—Pues cuatro días, cinco meses y quince años antes de parir a Tom.
—¿Y qué día fue el día aunque dieciocho años después del día en que lo parió tu madre antes de cuatro días, cinco meses y quince años antes de parir a Tom?
—¿Qué? —Vale, ahora sí que estoy hecha un lío.
—¡¿Qué qué día es tu maldito cumpleaños?! —exclamó estresada. No entiendo por qué.
—¿Para qué quieres saber eso?
—Ay por la diosa Luna… —gruñó, tratando de calmarse.
—¿Algún problema, señorita Williams? —preguntó el profesor.
Un momento… ¿en qué momento llegamos a clase? Ni siquiera recuerdo haberme sentado. Suerte que era la clase teórica de química y no la práctica.
Qué loco está todo.
—No, profesor, lo lamento —se disculpó Kyleigh.
—Muy mal, Kyleigh —le susurré con burla cuando el profesor volvió a su tema.
—Ahora en serio, solo quiero saber qué día te conviertes.
—El miércoles —respondí sin pensar demasiado.
—¿¡QUÉ!? —gritó en un susurro furioso—. Pero hoy es lunes. ¿Te conviertes en dos días y no pensabas decirme nada?
—Planeaba hacerte una visita en mi forma de lobo para que pudiésemos ir juntas a aullar a la Luna, en plan Crepúsculo —me burlé.
—Qué idiota eres. Ya verás lo contento que se pondrá Thiago cuando se entere.
—Hablando de Thiago… ahora que recuerdo, yo estaba enfadada con él —murmuré, recordando la pelea de ayer y el descubrimiento de que era un alfa—. ¿Por qué demonios no me lo recordaste antes de besarlo?
—¿Tal vez porque no lo sabía? —respondió en forma de pregunta—. ¿Qué pasó?
—Pues, a ver… primero casi golpea a mi hermano —dije enumerando con los dedos—. Después me enfadé, rompí todas las luces con mi poder y no quise decirle cómo lo hice. Así que se largó enfadado por la ventana. Y además, no me dijo que era el alfa de nuestra manada.
—¿Espera… cómo es eso de que rompiste las luces?
—Algún día te lo contaré, pero no ahora.
—¿Lo prometes?
—¿Promesa de bofetada? —pregunté emocionada.
—Paso. No me apetece que me abofetees.
Las clases pasaron sorprendentemente rápido. Al final del día, nos quedamos sentadas en las escaleras junto a las gemelas y nuestros demás amigos.
—Si fuera tú, me levantaría de encima de Izan —dijo Kyleigh de repente.
—¿Por qué?
—Porque ahí viene el lobo feroz —respondió divertida, mirando hacia el aparcamiento.
Y tal como lo dijo, por ahí venía su hermano hecho una furia.
Me habría quedado sentada sobre Izan, pero no me apetecía que Thiago golpeara su cara de niño rico.
—Thiago —dije, caminando hacia él—. Creo que tenemos que hablar.
—Oh, claro que tenemos que hablar —respondió, apretando los puños—. ¿Se puede saber quién demonios es ese imbécil?
—Sobre eso no, Thiago. Él es un amigo. Debemos hablar sobre lo que pasó ayer. Y esta vez no se me va a olvidar con un beso.