—¿Qué haces aquí? —pregunté frunciendo el ceño.
—No podía dejarte ir así, además ¿No puedo venir a ver a mi preciosa mate? —respondió con otra pregunta y una sonrisa que me hizo rodar los ojos.
Solté un suspiro de cansancio y me dejé caer sobre la cama, hundiendo la cara en la almohada. Segundos después, sentí cómo el colchón se hundía ligeramente a mi lado. Thiago se había tumbado junto a mí, y no dejaba de mirarme. Lo sentía, incluso sin verlo.
—¿Podrías dejar de mirarme? —murmuré sin girarme—. Me estás poniendo nerviosa.
—¿Te incomoda? —respondió con tono divertido.
—¿Responderás a todo lo que te diga con una pregunta?
—Puede —se acomodó de lado, claramente decidido a no dejarme en paz.
—"Puede" —repetí, en voz baja.
—¿Qué? —preguntó, confundido.
—¿Qué? —volví a repetir, ocultando una sonrisa.
—¿Me estás repitiendo?
—¿Me estás repitiendo? —disimulé mal la risa. Su cara de frustración empezaba a ser demasiado graciosa.
—Para —gruñó.
—Para —dije igual que él, cruzando los brazos.
—LEANNE —me gritó, claramente perdiendo la paciencia.
—LEANNE —repetí con burla.
—Agg...
—Agg...
—Te amo.
—Te am... espera, ¿qué? —me incorporé de golpe, mirándolo a los ojos con sorpresa.
En un abrir y cerrar de ojos, Thiago ya estaba sobre mí, sujetando mis manos a cada lado de mi cabeza. Su rostro estaba tan cerca que sentía su aliento mezclarse con el mío.
—Que te amo —susurró sobre mis labios antes de besarme con una lentitud abrumadora, con una ternura que me hizo olvidar cómo se respiraba. Sentía su corazón latiendo contra el mío y una parte de mí se rendía con cada segundo que pasaba.
Mis labios se movieron suavemente al compás de los suyos, como si lleváramos toda la vida esperando ese momento. El beso no fue fogoso ni desesperado, fue todo lo contrario: cálido, dulce, lleno de una promesa que no entendía pero que me estaba envolviendo por completo.
—Lele, mamá dice que bajes a com... —la voz de Jack quedó suspendida en el aire al abrir la puerta y vernos.
Oh. Oh.
—¡Jack! —grité, empujando a Thiago para apartarlo de encima y levantarme de la cama rápidamente, el rostro ardiéndome de la vergüenza.
Thiago se levantó con expresión oscura y se posicionó detrás de mí, pasando su brazo por mi cintura de forma posesiva.
—¿Quién demonios es este? —gruñó Thiago, tensando su mandíbula.
Y doble Oh. Oh.
—No —exclamó Jack—. ¿Quién demonios eres tú?
Cuando intentó agarrar mi brazo, Thiago me empujó suavemente detrás de él, interponiéndose entre nosotros con la mirada encendida de furia.
Esto se estaba yendo de las manos... y rápido.
—No la toques —gruñó, su voz cargada de amenaza. Nunca lo había oído así, y por dentro algo en mí tembló. Era aterrador... y atractivo.
¿Dónde demonios quedó el Thiago tierno?
Pues creo que se lo tragó el demonio.
¿Otra vez tú? Largo.
Soy tu cabeza, idiota. No puedo irme.
—¡Thiago, basta! —tiré de su brazo con fuerza, intentando separarlo de mi hermano—. ¡Es mi hermano!
¿Dónde estaban mis padres? ¿¡Es que acaso no oían los gritos!?
Pero nada. Los dos seguían en modo lobo alfa contra amenaza mortal.
Mi ansiedad aumentaba con cada segundo. Mis manos temblaban y un cosquilleo eléctrico recorría mis dedos, como si algo dentro de mí estuviera a punto de romperse.
Y entonces sucedió.
Todas las luces de la habitación explotaron al mismo tiempo con un estruendo que nos dejó a todos congelados.
—¡Mierda! —murmuré en pánico. No ahora, por favor.
—Cariño —Thiago reaccionó de inmediato, rodeándome con sus brazos y revisándome con los ojos llenos de preocupación—. ¿Estás bien? ¿Se te ha clavado algún cristal?
—Estoy bien, tranquilo —susurré, aún temblando, mientras el olor a cable quemado llenaba la habitación.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó, pasmado.
—Ha sido ella —respondió Jack por mí, cruzándose de brazos—. Es lo que pasa cuando se pone nerviosa.
Thiago me miró con los ojos muy abiertos.
—Pero... ¿cómo? ¿Desde cuándo puedes...?
—Thiago, olvídalo —corté, sin poder mirarlo a los ojos.
—¿¡Cómo demonios me pides que lo olvide!? —gritó con desesperación—. ¡Eso no es normal, Leanne!
—¡Thiago, por favor! —le supliqué. No quería discutir, no ahora. No cuando apenas lograba mantener el control.
Él gruñó, frustrado, y sin decir una palabra más, saltó por la ventana.
Suspiré y me dejé caer sentada en la cama, agotada. Por favor... que este día termine ya.
—¿Qué ha pasado aquí? —mamá apareció en la puerta justo entonces, seguida por papá.
—Al parecer, el mate de Lele es algo celoso —dijo Jack con sarcasmo, como si no acabáramos de vivir una escena de película de acción paranormal.
—Pero eso es normal —intervino papá con toda la calma del mundo—. Los lobos de por sí ya somos celosos... ahora imagina a un alfa.
—¿Un alfa? —preguntamos Jack y yo a la vez.
—¿No lo sabíais? Thiago Williams es el alfa de la manada —dijo papá con total naturalidad, como si acabara de decir que había pan en la cocina.
Mis piernas se debilitaron. Me senté sin pensarlo dos veces.
¿Thiago? ¿Alfa? ¿El alfa de mi manada?
—¿Cómo que es el alfa? —pregunté, incrédula.
—Sí —dijo mamá—. Su padre se retiró hace un año y él tomó el cargo. Lo hizo muy joven, pero ha demostrado ser un líder fuerte.
Me llevé una mano a la cabeza. ¿Por qué demonios nadie me había dicho esto antes?
—¿Y nadie pensó que sería útil mencionármelo? ¿No es algo importante cuando te emparejas con el alfa? —pregunté sarcástica.
—Pensé que ya lo sabías —respondió papá, encogiéndose de hombros.
No, claro que no lo sabía. Porque al parecer, soy la última en enterarme de todo lo que ocurre en mi propia vida.
Ahora tenía una nueva y nada pequeña preocupación: estaba emparejada con el alfa de la manada. Y además... era un alfa con celos nivel apocalíptico.
Estupendo.