Desperté al sentir besos por toda la cara. ¿Pero qué cojo...?
Mis pensamientos fueron interrumpidos por un grito que salió de mi garganta al ver a Thiago a mi lado, mirándome fijamente con una intensidad que me hizo querer esconderme bajo las sábanas.
—Creí que tus ojos eran marrones —dijo, arqueando una ceja, sin apartar su mirada.
¿Qué?
¡Mierda! Las lentillas. Me levanté de golpe, dispuesta a correr al baño, pero él ya estaba frente a la puerta. ¿Cómo se movía tan rápido? Era como si hubiera anticipado mi reacción.
—¿Por qué ahora son verdes? —preguntó de nuevo, serio.
—No es nada —susurré, bajando la cabeza, con el corazón a mil.
—Eres tan... inefable —dijo de pronto, con adoración en su voz.
Me sonrojé. ¿Yo? ¿Sonrojándome? ¿Quién soy y qué han hecho conmigo?
—¿Puedo pasar? —pregunté, intentando parecer indiferente, aunque mi corazón aún estaba haciendo maratón.
—Si me das un beso, te dejo —negoció, sonriendo de lado.
—Thiago... —me quejé como una niña pequeña.
—Amo tu voz. Es tan meliflua...
¿Meliflua? ¿Acaba de decir que mi voz es meliflua? Este chico está grave. Lo de ser mates le está derritiendo el cerebro.
—Thiago, déjame pasar. Me voy a mear encima —le solté, sin rodeos.
Me dejó pasar finalmente. Cerré la puerta tras de mí con fuerza, como si pudiera cerrarle también el paso a mis sentimientos. Hice mis necesidades, me puse las lentillas y me miré al espejo. ¿Cómo había olvidado eso? Mi madre siempre decía que era descuidada. Hoy tenía pruebas.
Cuando salí, Thiago estaba sentado sobre la cama, con las piernas cruzadas y una sonrisa divertida. Me fulminó con la mirada, pero no de forma agresiva, sino como si intentara leerme el alma.
¿Dónde demonios está Kyleigh?
—¿Thiago? ¿Qué haces aquí? —preguntó Kyle entrando justo en ese momento.
Perfecto. Confirmamos: cada vez que nombro a alguien, aparece.
Stephen James.
—¿Qué haces? —me preguntó ella, alzando una ceja.
—Espero a que Stephen James aparezca por la puerta —dije muy seria.
—¿Qué? —Kyle me miró confusa—. Vosotros dos sois tan raros.
—Gracias —respondí, sonriente.
Ella negó con la cabeza, divertida, y salió por la puerta. Yo fui detrás.
—Espera... ¿Quién demonios es Stephen James? —Thiago se levantó como si tuviera un resorte en el trasero.
¿Está celoso?
Esto podría ser divertido.
—Es mi futuro marido —respondí, sabiendo perfectamente que estaba echando leña al fuego.
—¡Voy a por las palomitas! —gritó Kyle desde el pasillo, desapareciendo como un fantasma eficiente.
—Solo yo podré casarme contigo —gruñó Thiago, sujetando mis mejillas entre sus manos.
Estaba furioso. Literalmente echaba humo.
—¿Ah sí? ¿Y qué te hace pensar eso?
—Sabes perfectamente que te estoy empezando a gustar, Leanne —sonrió con ese aire arrogante y seguro de sí mismo que me sacaba de quicio... y me encantaba.
—¿Seguro?
—Completamente.
Y entonces, sin previo aviso, sus labios se presionaron contra los míos. El tiempo se detuvo. Un mar de sensaciones me invadió el estómago. No pude evitarlo: mis labios empezaron a moverse al compás de los suyos. Se sentía tan bien. Tan... condenadamente bien.
Mi cuerpo temblaba. No sabía si por nervios, adrenalina o deseo.
—Yo... yo tengo que... que irme —tartamudeé, separándome como si me quemara—. Adiós.
Me giré rápidamente y PUM, me di un golpe contra la puerta.
¡Estúpida puerta!
Me giré lentamente.
¿Se dio cuenta?
Por supuesto que sí. Estúpida.
¿Quién demonios eres tú? ¿Mi loba?
¿Yo, tu loba? Por favor, ni siquiera te has transformado aún. Soy tu conciencia.
Ah, entonces no me interesas. Adiós.
—Leanne, Lea, cariño... ¡LEANNE! —La voz de Thiago me hizo volver a la realidad.
—…
—¿Cariño?
—Adiós —logré decir, y ahora sí, salí corriendo sin chocar con la puerta.
**
Al llegar a casa, lo primero que sentí fue un chancletazo directo en la cara.
Eso va a dejar marca.
—Yo también me alegro de veros —murmuré con sarcasmo, sobándome la mejilla.
—¡¿Dónde demonios estabas?! ¡Te dije que estabas castigada! CAS-TI-GA-DA —gritó mi madre, como si deletrearlo lo hiciera más dramático.
—YA LO PILLO, NO HACE FALTA QUE LO DELETREES —respondí, exasperada.
Leanne Thompson, jugando con la muerte desde 1999.
—¿Qué has dicho? —Su tono se volvió aún más peligroso.
¡Alerta roja! Esto no es un simulacro. ¡Repito: NO ES UN SIMULACRO!
—Que te quiero mucho, mami —susurré, rezando para que apareciera papá.
—Cariño, déjala —y por fin apareció. ¡Por fin!
AH, TÚ sí que apareces. ¿Dónde demonios está mi Stephen?
—¿Qué la deje? ¡Estaba castigada! ¡Y se fue sin decir nada! —protestó mi madre.
—Seguro que tiene una buena excusa. ¿Verdad, princesa? —dijo él, sonriendo.
—Claro que la tengo —asentí con confianza—. Teníamos que hacer un trabajo en parejas, así que fui a casa de mi compañera. Como sabía que no me ibas a dejar salir, me fui sin decir nada.
—¿Y por qué no viniste a dormir? —dijo mi madre, con voz de agente del FBI.
—Pues da la casualidad de que Thiago, el hermano de mi compañera, es mi mate… y no me dejó irme —dije con superioridad.
—¡Eso es genial! —gritó mi madre, cambiando de humor como una veleta.
—¿Cómo te sentiste? —preguntó emocionada.
—No sentí nada —me encogí de hombros.
—Eso es normal. Aún no te has transformado.
—¿Entonces para qué preguntas?
Cuando vi que se quitaba la chancla de nuevo, salí corriendo escaleras arriba, chillando como alma que lleva el diablo. Me encerré en mi cuarto.
La vieja confiable.
Apoyé la espalda en la puerta y cerré los ojos, intentando recuperar la compostura. Cuando los abrí...
—¡AAAH! —grité de nuevo.
Thiago estaba ahí, parado frente a mí.
¿Cómo demonios entró? ¿Se teletransporta? ¿Es un ninja? ¿Un mago? ¿Llamamos a los Cazafantasmas?
—¿Estás bien? —preguntó, acercándose lentamente.
—¿Qué haces aquí? —dije, aún con el corazón saliéndome por la boca.
—No podía dejarte ir así —respondió con voz baja.
Ya me parecía raro que me dejase ir así sin más...