Han pasado cuatro semanas, pero para Kallista han parecido cuatro años.
La mansión Kyriakos en Atenas, con sus columnas de mármol y sus vistas al Egeo, nunca se había sentido tan grande ni tan silenciosa. Sin embargo, hoy el aire vibra con una energía diferente.
Damon por fin regresa.
Cuando el coche n***o cruza las puertas de hierro forjado, Kallista corre a la entrada y, para cuando él se detiene, ella ya está esperando en el pórtico. No le importa el protocolo ni la compostura que su madre siempre le inculcó. En cuanto Damon baja del vehículo, con esa elegancia casual y el cansancio marcado en el rostro, ella corre hacia él.
—¡Damon!
Él suelta el maletín en el suelo y abre los brazos justo a tiempo para recibirla.
El impacto es sólido, cálido. Damon hunde el rostro en su cuello, aspirando su perfume, ese aroma a jazmín que parece borrar el olor a cemento y combustible que trae impregnado en la piel.
—Estás en casa —susurra ella contra su pecho.
—No quería estar en ningún otro lugar —responde él, besándole la sien y luego sus dulces labios—. ¡Dios, te extrañé como un loco, Kalli! Niza casi acaba conmigo esta vez.
—Ya estás conmigo, mi amor. Vamos adentro.
Entran a la casa abrazados, como si temieran que al soltarse el otro desapareciera. La cena está servida, pero apenas prueban bocado. Damon parece más relajado ahora, lejos de la presión de la obra, y Kallista sabe que es el momento perfecto. Deja la servilleta a un lado y se aclara la garganta.
—Tengo algo para ti —dice ella, con una sonrisa nerviosa y sacando una pequeña caja de terciopelo que tenía escondida en su bolsillo.
Damon alza una ceja, divertido.
—¿No debería ser yo quien trae regalos de Francia? —ella se ríe nerviosa y lo anima.
—Ábrelo, anda.
Damon toma la caja y la abre. Dentro no hay joyas ni gemelos de oro, como en otras ocasiones. Hay un pequeño par de zapatitos de lana blanca y una prueba de embarazo positiva.
El silencio se extiende por unos segundos.
Kallista siente que su mundo va a colapsar, que él se molestará y gritará, como cuando se enfurece en la obra
Damon parpadea, procesando la información unos segundos más y luego levanta la vista, con sus ojos oscuros brillando en una mezcla de incredulidad y una alegría pura, casi infantil.
—¿Es… es en serio? —pregunta, con la voz ronca y temblando ligeramente.
—Sí… —responde ella en un susurro temeroso.
—¿Estás segura?
—Vamos a ser papás, Damon —dice ella, y las lágrimas que asoman a sus ojos son genuinas, producto del alivio de soltar el secreto—. Me enteré hace poco… tenía miedo de decírtelo por teléfono.
Damon se levanta de golpe, tirando la silla hacia atrás, y la levanta en el aire, haciéndola girar mientras su risa llena el comedor.
—¡Un hijo! ¡Kalli, es maravilloso! —la besa con una devoción absoluta—. Te prometo que voy a cuidarlos a los dos. Nada les va a faltar.
—¡Claro que no nos faltará nada! Soy la esposa del gran Damon Kyriakos… no hay otro hombre como tú en toda Grecia, capaz de levantar del polvo y las cenizas lo que se proponga.
Damon la mira con devoción, la besa de nuevo y se la lleva al cuarto para venerar su cuerpo, ese que ahora protege la vida que crearon juntos.
Dos días después, ambos están en el consultorio del doctor Andreou, escenario para uno de los momentos más hermosos de un embarazo tan amado como ese. Kallista no está sola, a diferencia de otras instancias y eso la hace sonreír mucho más.
Damon está a su lado, sosteniendo su mano con firmeza, con sus dedos entrelazados con los de ella, al igual que el día en que se casaron frente a cientos de testigos.
El doctor prepara el ecógrafo, poniendo el gel frío sobre el vientre de Kallista y con una sonrisa, les dice.
—Vamos a ver a ese pequeño campeón —el tono es jovial, contagiado por la actitud de la pareja.
La pantalla se ilumina con formas grises y negras que bailan en la estática. Y entonces, ahí está, una pequeña mancha, un latido rápido y furioso que llena la habitación con un sonido rítmico, «bum-bum, bum-bum».
Damon siente que su corazón, de pronto, se oye igual que el de su hijo y la sonrisa se le atornilla en el rostro.
—Ahí está —señala el doctor—. Todo se ve perfecto. El saco gestacional está bien implantado, este bebé está muy aferrado a la vida.
Damon se inclina hacia adelante, fascinado. Nunca ha visto nada igual, es su sangre, su legado.
—Es increíble —susurra.
El doctor mueve el cursor sobre la pantalla para medir al feto, las cifras aparecen en la esquina inferior derecha del monitor y la pareja se queda absorta en la manera que su hijo crece seguro.
El mundo para Damon se detiene. El sonido del latido del corazón del bebé sigue sonando, siente una presión brutal en el pecho, es una emoción que no sabe describir.
Mira a Kallista, ella tiene los ojos cerrados, una sonrisa relajada, tan serena, perdida en la fantasía de la maternidad.
Damon siente que algo en su pecho se rompe y las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos, calientes y rápidas, desbordándose por sus mejillas.
—¿Damon? —Kallista abre los ojos y lo ve llorar. Su expresión se enternece—. Oh, mi amor…
Ella le aprieta la mano, nunca pensó ver en su esposo la sensibilidad de un hombre que ama demasiado.
—Lo siento… —logra decir Damon, con la voz quebrada y le sonríe—. Es que… es mucho. No puedo creer lo que tengo frente a mí, amor…
—Lo sé —susurra ella, limpiándole una lágrima con el pulgar—. Estamos juntos en esto.
—Sí —responde él, besándole la mano—. Te prometo que estaré aquí. No te dejaré sola, voy a ver nacer a este niño y jamás sentirá que su padre lo abandonó o que no estuvo presente. No será como nos pasó a nosotros.
Kallista sonríe, lo besa y se quedan mirando la pantalla un tiempo más.
Sin embargo, los meses siguientes son una nebulosa.
Damon cumple su palabra todo lo que puede, asiste a las citas, pinta la habitación del bebé, compra los muebles. Pero el trabajo se complica más de la cuenta y se pierde varias semanas seguidas.
—Lamento tanto no estar ahí para sentir sus pataditas, mi amor —le dice Damon por teléfono, cuando ella ya tiene cinco meses.
“Un imperio no se amasa solo, amor. Lo entiendo y nuestro hijo también lo aprenderá cuando sea más grande. Cuídate, cariño. Te amamos.”
Sin embargo, cuando falta una semana para entrar al octavo mes, Damon cancela todo. Eso causa un ligero caos, pero siempre hay quien lo reemplace de alguna manera.
Llega a la casa de sorpresa, Kallista abre los ojos y se lanza a él para besarlo.
—Mi amor, pensé que te tardarías una semana más… —sus ojos se llenan de lágrimas, pero él le sonríe y niega.
—Me quedaré aquí hasta que nazca —le dice con dulzura—. Ya dejé todo listo para que nadie nos moleste por los próximos dos meses, al menos.
Ella está enorme, incómoda, pero feliz de tenerlo en casa al fin.
Damon se dedica a atenderla, a preparar lo último que falta para recibir a su hijo y los dos se encargan de llenar su nido de todo lo que necesita un bebé, principalmente de amor.
Sin embargo, las cosas no siempre salen como se espera. Una semana después de que Damon se instala definitivamente en casa, Kallista rompe aguas.
—¡Es muy pronto! —grita ella, asustada, mientras Damon la ayuda a bajar las escaleras—. ¡Todavía falta un mes!
—Tranquila, respira —le dice él, cargándola hacia el coche.
En el hospital, el caos es controlado por un Damon que da órdenes, se encarga de contener a su esposa y preguntar qué procede para ese caso, porque su hijo se adelantado.
—El parto es prematuro —le dice el médico a Damon, con estudiada calma—. Pero no corren riesgo, cálmate, muchacho. Alistaremos a tu esposa, le inyectaremos algo para que madure los pulmones de tu bebé y luego podrás pasar con ella.
Damon se queda en la sala de espera, hasta que lo llaman y se queda al lado de su esposa.
En el instante en nace, se lo llevan de inmediato, para revisarlo y los dos se quedan preocupados.
Cuando finalmente le permiten ver al bebé en la incubadora, puesto allí por protocolo, aunque se ve grande y fuerte, Damon posa la mano sobre el cristal. El niño tiene un mechón de pelo oscuro y llora con fuerza.
Damon siente una punzada extraña en el pecho, algo que lo lleva a sonreír y al mismo tiempo a derramar un par de lágrimas.
—Bienvenido al mundo, hijo —murmura Damon, solo frente al cristal—. Te prometo que nunca te dejaré solo y nada te faltará jamás, especialmente amor.