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El Verdadero Heredero del Magnate Griego

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Blurb

Damon es un hombre que ha forjado su fortuna a costa de trabajo, esfuerzo y mucha inteligencia. Su esposa, Kallista, lo ha acompañado por tres años en su travesía por levantar algo que a su padre le tomó años tener.

Sin embargo, tras el nacimiento de su primer hijo, la pareja se distancia y Damon, sin darse cuenta, termina en los brazos de una mujer que no sabe quién es él en realidad, Serena. Una joven carpintera que le sonríe, le da una calidez que no sabía que necesitaba, y todo aquello que le pareció tan innecesario. Termina formando una segunda familia con ella, ajena a todo lo que en realidad es Damon.

Unos años después, cuando el padre de Damon quiere presentar en sociedad a su nieto, el futuro heredero de la familia Kyriakos, Damon deberá presentar a su verdadero heredero… Pero ¿cuál de sus hijos será el que ocupe ese lugar?

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Capítulo 1: Un viaje sorpresa
El silencio en el consultorio privado del doctor Andreou en Atenas es tan denso que casi se puede tocar. Huele a desinfectante caro y a flores frescas, una mezcla que a Kallista Sideris siempre le ha parecido el aroma del control, pero que ahora no le agrada del todo. Está sentada con la espalda recta, las manos cruzadas sobre su regazo, luciendo impecable en un vestido de lino color crema que no deja ver ni una sola arruga, a pesar del calor que hace afuera. El médico revisa los resultados en su pantalla con su expresión de siempre, hasta que llega al final y abre los ojos con sorpresa. —Felicidades, señora Kyriakos —dice él con una sonrisa profesional—. No hay duda. Está embarazada. Kallista siente que el aire se le escapa de los pulmones. No es sorpresa, no realmente. Su cuerpo le ha estado dando señales desde hace unos días, pero escucharlo en voz alta, confirmado por su médico de confianza, convierte la sospecha en una realidad ineludible. Su mente rápida y afilada, empieza a hacer cálculos matemáticos a una velocidad vertiginosa y con una sonrisa que se niega a salir. —¿De cuánto tiempo? —pregunta ella, con sus ojos clavados en el doctor, mientras acaricia su vientre. —Según su última fecha menstrual, estaríamos hablando de unas seis semanas —responde el doctor, anotando algo en su expediente. Kallista asiente, bajando la mirada hacia sus manos. Se muerde el interior de la mejilla, cuidando que el gesto no se note. Piensa en Damon y la cara que le pondrá cuando se entere. —Damon… —murmura, con una preocupación que es muy real—. Él no… no estábamos planeando esto ahora. El doctor suaviza su expresión, interpretando su nerviosismo como el temor de una esposa joven ante un marido absorbido por el trabajo. —Los bebés rara vez llegan cuando se planean, Kallista. Pero un heredero Kyriakos imagino que es una bendición. Estoy seguro de que Damon estará encantado en cuanto lo asimile y te pondrá por las nubes. ¡Ya lo veo contratando hasta una nutrióloga solo para ti! Ella sonríe con timidez, sabe que Damon será capaz de eso y más. A ella jamás le ha negado nada y se va relajando poco a poco, pero sin dejar de sentir la realidad que los embarga. —Tiene tanto trabajo con el proyecto en Niza… Está estresado, casi no duerme. Tengo miedo de que esto sea una carga más para él ahora mismo. —Vaya a verlo, dele una sorpresa —sugiere el médico mientras imprime una receta de vitaminas—. Las noticias así se dan cara a cara. Y créame, no hay contrato ni puente en el mundo que se compare a esto. Recibe la receta, se despide con una gran sonrisa y sale de la clínica con las gafas de sol puestas, ocultando sus ojos del resplandor del sol ateniense. Mientras su chófer le abre la puerta del coche, ella ya ha tomado una decisión. No puede decírselo por teléfono y tampoco quiere esperar a que llegue en un mes más. —Al aeropuerto —ordena al conductor—. Y llama para que preparen el jet. Nos vamos a Francia. En Niza, el caos de ruido y polvo es el contraste perfecto con la elegancia silenciosa de Atenas. Damon Kyriakos está en medio de la tormenta. A sus veintiocho años, Damon no dirige desde una oficina con aire acondicionado. Está allí, en el terreno, con un casco blanco y una camisa azul remangada hasta los codos, manchada de polvo de obra. Es un hombre imponente, de hombros anchos y mirada oscura, que se mueve entre los obreros y los ingenieros con una autoridad natural. No heredó un imperio, construyó uno sobre los cimientos oxidados de la chatarrería de su padre, y eso se nota en la forma en que toca las vigas de acero, como si les tomara el pulso. Rara vez usa traje, porque le molesta, no es su elemento. Tal vez por eso, en medio de todo ese ambiente, el coche de lujo que se detiene queda completamente fuera de lugar entre los camiones de carga y las grúas. Cuando ve bajar a Kallista, siente una mezcla de sorpresa e intriga. Su esposa no suele presentarse en las obras. Pero le parece que se hermosa, innegablemente radiante. Y puede ser que, por eso, Damon siente es que ella no pertenece a ese mundo. —¿Kallista? —Damon se acerca a ella, quitándose las gafas de seguridad y limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo—. ¿Qué haces aquí? Solo me quedan cuatro semanas aquí, amor. Ella se detiene frente a él, ignorando las miradas curiosas de los obreros. Le pone una mano en el pecho, sobre la camisa sucia, sin importarle la mancha. —Quería darte una sorpresa —dice ella, alzando la voz para hacerse oír sobre el estruendo de la maquinaria—. Te extrañaba, Damon. Atenas se siente vacía sin ti. Damon exhala con fuerza, su mujer le parece tan dulce y vulnerable en ese momento. —Cariño, esto es una zona de guerra ahora mismo —dice él acariciando su rostro—. Tengo problemas con los proveedores de acero y el sindicato está amenazando con parar mañana. No tengo tiempo para… para visitas sociales. Kallista nota la tensión en los hombros de él, la mandíbula apretada. El médico tenía razón, está estresado. Pero ella sabe leer a su hombre, y ve algo más en los ojos de Damon. Esa alegría que siempre siente cuando la ve a ella, su mujer, su todo. —No vengo a ser una distracción, vengo a apoyarte —dice ella, suavizando la voz—. Me quedaré en el hotel. Solo quería que supieras que estoy aquí. Tengo… tengo algo importante que decirte. Damon la mira por un segundo y parece que va a preguntar qué es, que la curiosidad va a ganar. Pero entonces, un grito desde la plataforma superior desvía su atención, donde una grúa se ha atascado. —Maldita sea —masculla él—. Está bien, amor. Ve al hotel, intentaré llegar temprano, pero no te prometo nada. —No importa cuánto te tardes en llegar, sabes que mi cuerpo estará para ti, listo para que te desahogues de todo esto. Kallista le da un beso que lo deja queriendo más y se mete al auto otra vez. Damon sonríe como un adolescente enamorado y luego se da la vuelta para correr hacia el problema. La suite del hotel en la Promenade des Anglais tiene vista al mar Mediterráneo, que brilla bajo la luna. Kallista ha pedido la cena a la habitación, pero los platos están intactos sobre la mesa. Se ha dado un baño largo, perfumando su piel con aceites esenciales, y lleva un camisón de seda azul noche que sabe que a Damon le gusta. El reloj marca la una de la madrugada cuando oye la tarjeta magnética abrir la puerta. Damon entra arrastrando los pies. Se ha quitado el casco y el chaleco, pero sigue llevando la ropa de trabajo. Huele a sudor, a tabaco (aunque él no fuma, sus trabajadores sí) y a metal. Parece agotado hasta la médula. —Sigues despierta —dice él, soltando todo a un lado de la puerta, y corre hacia ella para besarla. —Te estaba esperando —Kallista lo recibe con la necesidad de sentirse protegida y Damon no la decepciona. —Lo siento… —le dice besándola con urgencia y quitándose la ropa—. El problema con la grúa fue peor de lo que pensaba. Estoy muerto, Kallista. Mañana tengo que estar allí a las cinco de la mañana. Pero, a pesar de eso, Kallista lo ayuda a despojarse de toda la molesta tela. Damon se queda quieto, dejándola hacer, como le gusta a ella. —Shh… no hables del trabajo ahora —susurra ella, besándole la base del cuello, sintiendo el pulso fuerte bajo su piel—. Ya estás aquí. —Kallista, en serio, necesito dormir… —intenta protestar él, pero su voz carece de fuerza—. Dijiste que tenías algo que decirme —recuerda él de pronto, deteniéndole las manos—. En la obra dijiste que era importante. Kallista levanta la vista y mira los ojos oscuros de su esposo. Están rojos de cansancio, pero la miran con esa intensidad que siempre la ha hecho sentir tan amada, pero no puede hacerle eso, no ahora que está tan estresado. Ella niega con la cabeza y le sonríe, rozando sus labios con los de él. —No era nada —miente con una facilidad que la asusta incluso a ella—. Solo quería decirte que te amo, lo mucho que te he extrañado y que quería estar contigo. El resto puede esperar. Damon la observa, suspira y se rinde ante la sinceridad de su esposa. La rodea con sus brazos, atrayéndola hacia su cuerpo duro y tenso. —Yo también te amo, Kalli —responde él, rindiéndose por completo a su esposa. Kallista lo besa con desesperación, guiándolo hacia la cama. Necesita que esta noche sea memorable, que él la toque y eso le sirva para las siguientes semanas de soledad. Se aman con una intensidad física que demuestra lo mucho que se aman, que se desean. Damon busca perderse en ella para olvidar el estrés del puente, Kallista busca ayudarlo a olvidar todo lo que le preocupa. En la oscuridad de la habitación de hotel, mientras los gemidos llenan el silencio, ambos se sumergen en la pasión de su matrimonio joven e intenso. Cuando Damon finalmente se queda dormido, con la respiración pesada y profunda, Kallista se queda mirando el techo, con una mano posada protectoramente sobre su vientre plano. —Todo saldrá bien, amor —susurra en la oscuridad. Kallista cierra los ojos, satisfecha. La sorpresa puede esperar un poco más.

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