9 VELOCIDAD Y ADRENALINA

1991 Words
HARPER La noche cayó sobre Nueva York como un manto pesado y sofocante, pero dentro del ático de los Vance, la temperatura era gélida. Llevaba horas encerrada en la "habitación de invitados", revisando correos electrónicos en mi teléfono y fingiendo que mi vida no se estaba desmoronando, había logrado calmar a Arthur con un mensaje breve y mentiroso, pero la culpa me carcomía, de repente, la puerta se abrió de golpe, no hubo golpe de aviso, simplemente la cerradura cedió ante una llave maestra y Liam apareció en el umbral. Me sobresalté, dejando caer el teléfono sobre las sábanas. Liam ya no llevaba la ropa arrugada de la mañana, estaba vestido completamente de n***o: jeans oscuros, una camiseta ajustada que marcaba cada músculo de su torso y una chaqueta de cuero desgastada que gritaba problemas. - Levántate —ordenó. - ¿Perdón? —le sostuve la mirada, cruzándome de brazos—. ¿Ahora también dictas mis horarios de sueño? - Dije que te levantes, Harper, no vamos a pasar la noche aquí mirándonos las caras y acumulando rencor, te vas a vestir y nos vamos. - ¿A dónde? Son las once de la noche. - A mi mundo —Liam caminó hacia el armario, sacó unos jeans ajustados de mujer (que probablemente alguna ex olvidó o que Jax compró, prefería no preguntar) y me los lanzó golpeándome en el pecho—. Ponte eso y botas, nada de tacones de aguja, donde vamos, el asfalto no perdona. - No voy a ir a ninguna parte contigo —dije, tirando los jeans al suelo—. No soy tu amuleto de la buena suerte. Liam se acercó en dos zancadas, invadiendo mi espacio personal con esa energía vibrante y peligrosa que siempre lo rodeaba, se inclinó hasta que su aliento mentolado rozó mi mejilla. - Tienes dos opciones, cachorra. O vienes por las buenas, te vistes y fingimos ser una pareja feliz frente a mis socios... o te saco de aquí cargada sobre mi hombro como en la oficina y te aseguro que esta vez no tendré cuidado con tu falda. Tragué saliva, sabía que no estaba bromeando. - Eres un neandertal —mascullé, agachándome para recoger los jeans. - Soy tu marido —corrigió él con una sonrisa torcida—. Tienes cinco minutos. Treinta minutos después, el rugido de la Ducati negra rompió el silencio de los muelles de Brooklyn. Me aferraba a la cintura de Liam con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos, el viento golpeaba mi cara y la velocidad era aterradora. Liam frenó en una zona industrial abandonada, rodeada de contenedores oxidados y almacenes vacíos, pero el lugar no estaba desierto. Había al menos cincuenta autos modificados, música hip-hop retumbando desde parlantes gigantes y cientos de personas bebiendo, bailando y apostando dinero en efectivo. El olor a marihuana y gasolina era embriagador. - Bienvenida al infierno, Harper —gritó Liam sobre el ruido del motor antes de apagarlo. Bajamos de la moto. Mis piernas temblaban, no sabía si por el miedo o por la vibración del motor entre mis muslos, Liam me pasó un brazo por la cintura de inmediato, pegándome a su costado. - No te separes de mí —advirtió al oído—. Estos no son los patrocinadores de mi padre, aquí si te pierdes, no te encuentran. - ¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté, mirando a un grupo de tipos con tatuajes en la cara que nos observaban. - Porque necesitas entender algo —Liam saludó con un movimiento de cabeza a un tipo que le abrió paso—. Mi padre cree que el poder está en los rascacielos, yo sé que el poder real está aquí, en la calle donde no hay reglas. Caminamos hacia la línea de salida, allí estaban los otros Caballeros Templarios, Mason estaba apoyado en el capó de un Mustang clásico, Cole estaba recolectando dinero de las apuestas en un maletín, y Jax estaba conectando una laptop al motor de un auto japonés importado. - ¡Llegas tarde! —gritó Mason, lanzándole una llave a Liam—. Tu bebé está listo. Liam atrapó la llave en el aire, señaló un auto n***o mate, sin marcas, sin logotipos, pura potencia bruta. - Sube —me dijo Liam, abriendo la puerta del copiloto. - ¿Qué? ¡No! —retrocedí—. Dijiste que veníamos a ver. - Dije que veníamos a mi mundo y en mi mundo, yo conduzco y tú vas a mi lado. Sube Harper, a menos que tengas miedo de que el "niño bonito" te haga gritar. El desafío brilló en sus ojos, odiaba que usara mis propias palabras contra mí, apreté los dientes y subí al auto, Liam subió al lado del conductor y encendió el motor. El auto rugió como una bestia despertando, pero antes de que pudiera avanzar hacia la línea de salida, alguien golpeó la ventanilla de mi lado. Liam bajó el cristal. Un hombre con una cicatriz que le cruzaba la ceja y una sonrisa de dientes de oro se asomó. Lo llamaban "Viper" y era el rival de la noche. - Vaya, vaya, Vance —dijo Viper, sus ojos recorriendo mi cuerpo con una lascivia repugnante—. No sabía que el premio de la carrera venía incluido en el asiento del copiloto. Sentí que Liam se tensaba a mi lado, sus manos apretaron el volante hasta que el cuero crujió. - Cuidado con la boca, Viper —advirtió Liam, su voz baja y tranquila, lo cual era mucho peor que si hubiera gritado. - ¿Por qué? —Viper se rió, metiendo la mano por la ventanilla para intentar tocarme el cabello—. Se ve cara. ¿Cuánto cobras por una vuelta, muñeca? El mundo estalló. Liam no dijo nada, simplemente abrió su puerta, salió del auto y rodeó el vehículo en dos segundos, Viper ni siquiera lo vio venir. Liam lo agarró por el cuello de la chaqueta y lo estampó contra la puerta de mi lado, el golpe sacudió todo el auto y yo grité. Pero Liam estaba ciego de ira, le dio un puñetazo a Viper en la mandíbula que sonó como un hueso rompiéndose, Viper cayó al suelo, escupiendo sangre, Liam no se detuvo se le echó encima, golpeándolo una y otra vez. - ¡Te dije que no la miraras! —rugió Liam con cada golpe—. ¡Te dije que no la tocaras! La multitud empezó a gritar, algunos intentaron acercarse, pero entonces sucedió. Los Caballeros Templarios entraron en acción, Mason apareció de la nada, empujando a dos tipos que intentaban ayudar a Viper, Cole cerró su maletín y se paró espalda con espalda con Jax, creando un perímetro alrededor de Liam. - ¡Nadie se mueve! —bramó Mason, su voz de trueno dominando el caos—. ¡A menos que quieran terminar como él! Liam levantó el puño para dar otro golpe, uno que podría haber sido fatal, pero Mason lo agarró del brazo. - ¡Ya basta, Liam! —gritó Mason—. ¡Lo noqueaste! ¡Ya es suficiente! Liam se sacudió, respirando agitadamente, tenía los nudillos ensangrentados, miró al hombre inconsciente en el suelo y luego me miró a mí a través de la ventanilla. Nuestros ojos se encontraron, yo estaba temblando, aterrorizada por la violencia, pero al mismo tiempo... mi corazón latía desbocado, no había dudado ni un segundo, había saltado a defenderme como un animal salvaje. Liam se levantó, se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y volvió a subir al auto, cerró la puerta y me miró, su pecho subía y bajaba y la adrenalina llenaba el habitáculo, espesa y s****l. - ¿Estás bien? —preguntó, su voz ronca. Miré sus manos manchadas de sangre, debería estar horrorizada, debería salir corriendo y llamar a la policía, pero en lugar de eso, sentí una oleada de calor recorrer mi vientre. - Estás loco —susurré. - Te lo advertí —Liam puso el auto en marcha—. Nadie te falta el respeto mientras lleves mi anillo, nadie. Aceleró, el auto salió disparado hacia la pista improvisada, dejándolos a todos atrás. La carrera fue borrosa; velocidad pura, Liam conducía con una precisión quirúrgica y una agresividad suicida, yo gritaba en las curvas, pero no de miedo, sino de pura euforia. Cuando cruzamos la meta, ganando por una nariz, la adrenalina estaba en su punto máximo. Liam no se detuvo a celebrar, sacó el auto del recinto y condujo hacia la autopista vacía, lejos de las luces y la gente. Frenó en un mirador oscuro con vistas al horizonte de Nueva York, apagó el motor, el silencio volvió, pero esta vez estaba cargado de electricidad. Se giró hacia mí, la oscuridad ocultaba sus ojos, pero podía sentir su mirada quemándome la piel. - ¿Todavía crees que soy solo un niño bonito? —preguntó en un susurro. - Creo que eres peligroso —admití, mi voz temblando. - Lo soy —Liam se soltó el arnés y se inclinó sobre la consola central. Su mano, todavía con restos de sangre seca en los nudillos, acunó mi rostro, pero no me aparté. - Me defendiste —dije, casi sin aliento. - Mataría por ti —dijo él, y la seriedad en su voz me heló la sangre—. Eres mi esposa Harper, eres mi maldita propiedad y nadie toca lo que es mío. Me besó. No fue como el beso en la cocina, este fue desesperado, sus labios eran duros, exigentes, mis manos cobraron vida y se enredaron en su cabello, tirando de él, queriendo más, la violencia de la noche se había transformado en deseo puro. Liam gimió contra mi boca, su mano bajando para apretar mi muslo con fuerza. - Dime que pare —murmuró contra mis labios, mordiendo mi labio inferior—. Dímelo ahora, Harper, porque si no lo haces... te voy a hacer mía en este asiento, y no me va a importar nada más. Lo miré a los ojos, vi el fuego, la necesidad y esa extraña devoción retorcida que había nacido entre nosotros, la lógica me gritaba que huyera, pero mi cuerpo... mi cuerpo había tomado una decisión mucho antes que mi cerebro. - No pares —susurré. Liam gruñó, un sonido animal, y atacó mi boca de nuevo. Lo que sucedió en ese auto no fue suave, no hubo palabras dulces ni promesas de amor eterno, fue una colisión, fue la liberación de toda la rabia, el miedo y la tensión que habíamos acumulado desde Las Vegas, Liam me tomó con una posesividad absoluta, reclamando cada centímetro de mi piel, borrando mis dudas con cada embestida y yo... yo me dejé llevar, arañando su espalda, olvidando por un momento que él era el enemigo. En la oscuridad de ese mirador, con la ciudad brillando a lo lejos, firmamos un nuevo contrato, uno que no estaba escrito en papel, sino en sudor y gemidos. Pasó un mes, un mes viviendo en la fortaleza de los Templarios, durmiendo en la cama de Liam, despertando entre sus sábanas y perdiéndome en sus ojos grises. Nuestra relación se había convertido en algo peligroso y adictivo, de día, peleábamos, yo intentaba mantener a flote la empresa de su padre y él intentaba sabotearme o distraerme, pero de noche... de noche la línea entre el odio y el amor se desdibujaba hasta desaparecer. Liam se había vuelto mi rutina, su olor, su risa sarcástica, la forma en que los Templarios me habían adoptado como una especie de "mascota" protegida, incluso Chloe pasaba más tiempo en el ático peleando con Cole que en su propio apartamento, estaba empezando a olvidar por qué lo odiaba, estaba empezando a olvidar que todo esto era una mentira construida sobre secretos. Pero el tiempo, ese juez implacable, estaba a punto de pasarme factura.
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