Al salir de la escuela, Sergio esperaba a su hija con impaciencia. A decir verdad, había salido temprano del trabajo solo para poder recogerla. Últimamente, sentía unos enormes deseos de estar a su lado como si sospechara que su pequeña hija estaba creciendo con mucha rapidez. Obviamente, al recordar su tierna cara, no pudo evitar sentir una gran nostalgia. Después de todo, parecía que su hija estaba creciendo muy rápidamente. En cualquier caso, él estaba dispuesto a disfrutar su infancia al máximo, pues sabía que era imposible evitar que creciera. Ciertamente, se aseguraría de pasar el mayor tiempo posible a su lado.
Por consiguiente, en cuanto Alicia salió de la escuela, una enorme sonrisa apareció en el rostro de Sergio. Entonces, la niña corrió a su encuentro estirando sus brazos llena de entusiasmo. Luego de tan efusivo saludo, Alicia exclamó emocionada:
—¡Papá, viniste por mí!
—Por supuesto, pedí permiso en el trabajo para poder venir a recogerte —expresó con gran orgullo. Al escuchar la determinada voz de su padre, Alicia no pudo evitar sentir una sorpresiva calidez extenderse en su corazón. Efectivamente, sentía un gran cariño por su padre. Naturalmente, el hombre siempre había apoyado a su hija en todas sus decisiones asegurándose de expresarle constantemente lo mucho que la quería. Antes de partir, la niña volteó hacia la puerta. En ese momento, el sonriente rostro de Javier apareció a sus espaldas. En realidad, a Sergio no le desagradaba el niño. Sin embargo, al verlo, sintió cierto recelo que no pudo comprender. Aparentemente, había algo en él que le resultaba desagradable, pero no lograba comprender qué era.
—Nos vemos mañana —expresó el niño antes de darse la vuelta para buscar a su madre. Por su parte, Alicia le sonrió con dulzura. De cualquier forma, hubo algo más en la escena que causó incomodidad en Sergio. De hecho, el hombre detectó cierta complicidad en la forma como los niños se comunicaban. Como si compartieran algún secreto. Desde luego, esa sensación le resultó muy desagradable. Lógicamente, no quería que ningún niño tuviera secretos con su hija. Siendo así, su rostro se tornó serio al tomar a su hija de la mano.
—Vámonos, Alicia. Se está haciendo tarde.
Indudablemente, Sergio sabía que su comportamiento era irracional. No obstante, deseaba entender lo que estaba sucediendo. Por tal motivo, en cuanto entraron al auto, comenzó a interrogar a la niña.
—Ese chico, Javier, es muy buen amigo tuyo, ¿verdad? —le preguntó. Inmediatamente, Alicia percibió el tono seco de su padre. Ante tal panorama, comprendió que su actitud debía tener relación con lo sucedido anteriormente. En tales circunstancias, se dispuso a aclarar la situación.
—Así es. De hecho, es mi mejor amigo. Siempre me ayuda cuando tengo dudas en clase y, si necesito algo, siempre me lo da. En definitiva, es muy amable conmigo y siempre está al pendiente de mí. ¿No te alegra que tenga un amigo como él? —lo cuestionó a su vez.
De pronto, Sergio volteó a ver a la niña con una mueca de sorpresa en el rostro. Sencillamente, ella tenía razón. ¿Qué mal podía traerle contar con un amigo tan incondicional como ese? Como resultado, decidió que su lado racional dominaría su juicio.
—Tienes razón. Por lo visto, Javier es un amigo excepcional. Me alegra mucho que cuentes con él.
Repentinamente, la niña sonrió con gran satisfacción.
—No te preocupes, papá. Lo que pasó ayer fue un gran malentendido. Resulta que los hermanos mayores de Javier le jugaron una broma muy pesada. De tal manera que le dijeron que, el día que fuimos a su casa a cenar, ustedes nos habían comprometido en matrimonio. De cualquier manera, no tienes nada de qué preocuparte. Ya aclaramos las cosas. Simplemente, los dos sabemos que aquello fue una broma de mal gusto.
En ese instante, Sergio no pudo evitar sentir un gran alivio. Afortunadamente, el malentendido ya había sido aclarado. Por tal circunstancia, no tenía nada de qué preocuparse.
—Además, para evitar malentendidos, hablamos del tema abiertamente. Mira, ya me propuso matrimonio —dijo la niña con alegría.
Al principio, Sergio creyó que había escuchado mal. Evidentemente, su hija no podía haber dicho la frase que él creyó oír. A pesar de eso, al voltear a verla, se percató de que la niña estiraba su mano mostrando un peculiar objeto en su dedo. Si bien aquello parecía un pedazo de tela sin importancia, el brillo en la mirada de la niña le hizo creer que el objeto podría tener un valor mucho más determinante. Mientras la miraba sorprendido, sintió que la sangre abandonaba sus venas dirigiéndose súbitamente hacia su rostro, dado que sintió que su cabeza le palpitaba con mucha fuerza.
De tal forma que el hombre pensó que debía rectificar la información.
—¿Cómo dices, cariño? —le preguntó a la niña. Mientras tanto, Alicia admiraba ese trozo de tela que colgaba de su dedo, el cual, sin duda, parecía ser muy valioso para ella.
—Sí, para que no hubiera malos entendidos, él me dijo abiertamente que quiere casarse conmigo y yo acepté hacerlo —contestó la niña con claridad. Definitivamente, Alicia parecía comprender por qué el rostro de su padre parecía escandalizado. Por lo tanto, decidió sacarlo de su miseria.
—Claramente, no vamos a hacerlo ahora. Los dos sabemos que esas son cosas de adultos, pero acordamos que, cuando seamos mayores y sea momento de casarnos, lo haremos.
—Ya veo. ¡Qué alivio!
Innegablemente, Alicia creyó que esa breve explicación lograría tranquilizar a su padre. En cambio, comenzó a sospechar que no había funcionado al contemplar el rostro impactado del hombre. Realmente, Sergio intentó sonreír, pese a la gran tensión que experimentaba. Por el contrario, su rostro se contrajo en una mueca indescifrable, la cual Alicia miraba extrañada.
«Acaso papá va a contraer un resfriado» se preguntaba. En su opinión, solo eso podría explicar el rotundo cambio en su expresión. Posteriormente, el hombre arrancó el auto y comenzó a conducir, pero el mismo gesto indescifrable seguía en su semblante. Después de algunas cuadras, Alicia comenzó a preocuparse preguntándose si quizás debía llamar a su madre o pedir la ayuda de un conductor cercano. ¿Sería necesario llamar a la policía? ¿Acaso su padre atravesaba algún tipo de crisis? Por fortuna, a medida que el auto avanzaba en medio de la calle, el rostro de su padre comenzó a relajarse. Aunque aún no podía comprender su expresión, aquel gesto antinatural pareció desaparecer por completo.
Desafortunadamente, Sergio seguía apretando el volante con mucha fuerza. Al mismo tiempo, se preguntaba qué reacción debía tener ante tal revelación. Tan pronto como llegaron a casa, Alicia descendió del vehículo, pero no se alejó de su padre de inmediato. Más bien permaneció a su lado observándolo confundida. Enseguida el hombre le sonrió para más tarde entrar a la casa a toda prisa.