Capítulo 3: La Marca de la Luna,Capítulo 4: Oscuridad y secreto

802 Words
La fiebre la consumía. Tracy se retorcía en su pequeña cama, empapada en sudor frío, con el cuerpo ardiendo y una corriente extraña recorriéndole la piel. Cada latido del corazón era un golpe, cada respiración un esfuerzo. Imágenes sin forma cruzaban su mente: un bosque en penumbra, aullidos entre los árboles, tres figuras que la miraban desde lejos. Despertó jadeando. Se llevó la mano al brazo, donde un calor anormal le subía hasta el hombro. Se incorporó con dificultad. Bajo la luz de la luna, algo brillaba en su muñeca. Un símbolo, grabado como fuego bajo la piel. Rúnico. Vivo. Más tarde, el sol aún alto, caminaba por el mercado, tratando de ignorar la sensación de que alguien la seguía. Había cambiado. Lo sentía. Lo sabía. Pero no sabía cómo. Entre puestos de fruta y especias, una mujer mayor le tomó la muñeca. Los dedos eran huesudos, pero firmes. Sus ojos, opacos, no temblaban. —El poder en tu sangre ya despertó —dijo en un susurro rasposo—. La luna ha marcado tu destino, niña. Y no todos lo van a aceptar. Tracy se estremeció. —¿Quién eres? Pero la mujer ya no estaba. Se había desvanecido entre la multitud como si nunca hubiera existido. A unos metros, Adrian la observaba. La había seguido, incapaz de ignorar la energía que ahora emanaba de ella. Al ver la escena con la anciana, una ira silenciosa le encendió la sangre. No sabía por qué, pero la quería lejos de todo lo que no podía controlar. De regreso en la residencia, Lucas jugueteaba con una manzana desde el sofá, como si todo le resultara gracioso. —Esto no es una bendición —gruñó Adrian, apretando los puños. —¿Y si lo es? —dijo Santiago sin apartar la vista del fuego—. ¿Y si cambia? ¿Y si se vuelve algo más? No tenían respuestas. Solo el presentimiento de que las cosas ya no volverían a ser como antes. Esa noche, Tracy volvió a soñar. Un bosque cubierto de niebla. Tierra húmeda. Aire espeso. Y un lobo blanco mirándola a lo lejos, con ojos rojos que no daban miedo… solo verdad. —Cuando despiertes —susurró con voz grave y vieja—, nada será igual. Tracy se despertó con un sobresalto. Seguía temblando. En la oscuridad de su habitación, la marca en su muñeca brillaba débilmente, como si respondiera a algo que aún no entendía. La noche olía a humedad y madera quemada. La ciudad dormía. Pero algo, entre las sombras, abría los ojos. Tracy caminaba por el sendero de la residencia guiada por una especie de impulso. No sabía a dónde iba, pero cada paso la llevaba más cerca. El corazón le martillaba el pecho. Sentía que algo estaba por pasar. Entonces lo vio. Una figura alta bajo la luna. Chaqueta oscura, postura elegante. El rostro parecía esculpido en mármol: pómulos marcados, labios curvados en una sonrisa peligrosa. Pero lo que la dejó sin aliento fueron los ojos: rojo oscuro, fijos en ella como si la conocieran desde siempre. —Sabía que vendrías, pequeña luna —dijo con voz suave, casi hipnótica. Tracy sintió que el mundo se detenía. —¿Quién eres? El hombre inclinó la cabeza. —Damián. Y tú… eres más especial de lo que crees. Había algo en él que la atraía. Como si sus presencias se reconocieran. Como si ya se hubieran buscado antes. Un rugido cortó el aire. —¡Aléjate de ella! Adrian apareció de golpe. Ojos dorados, cuerpo tenso, listo para matar. Detrás de él, Lucas y Santiago. Nadie habló. Todos sabían lo que estaba en juego. Damián ni se inmutó. —Ah, los tres guardianes —dijo con una sonrisa torcida—. Siempre tan… primitivos. Siempre reaccionando con ira. Adrian no esperó. Se lanzó al ataque con velocidad brutal. Pero Damián se deslizó a un lado con una facilidad inhumana, sin perder la calma. —No vine a pelear —dijo, sacudiéndose el abrigo—. Solo quiero hablar con ella. Lucas se puso delante de Tracy, los dientes apretados. —No tienes nada que decirle. Damián ignoró el comentario y volvió a mirar a Tracy. —Tienes derecho a elegir. Pero recuerda esto: no todo es lo que parece. Sus palabras la golpearon más fuerte que cualquier rugido. Algo en su interior se removió, una verdad escondida que apenas empezaba a asomar. Sin más, Damián desapareció entre las sombras. Y el silencio que dejó fue más pesado que su presencia. Adrian se giró hacia ella. Sus ojos eran fuego. —No vuelvas a acercarte a él —ordenó. Pero Tracy, por primera vez, no estaba segura de querer obedecer. Porque algo dentro de ella le decía que Damián tenía respuestas que los Belmont nunca le darían.
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