Capítulo 1: La fragancia del destino

398 Words
La mansión de los hermanos Belmont se alzaba entre los bosques como un coloso de piedra: majestuosa, helada, impenetrable. Igual que los tres alfas que la habitaban. Sus muros, testigos de banquetes y risas, también guardaban el eco de gritos ahogados y cicatrices viejas. Allí vivía Tracy, invisible para todos, tolerada a duras penas, soportando su existencia como quien carga con una cruz que nadie ve. Esa noche, algo iba a romperse. Tracy arrastró los pies hasta la cocina. El cuerpo le pesaba, cada músculo gritaba. Ese día había sido especialmente brutal: empujones disfrazados de torpeza, órdenes soltadas como látigos, y un trabajo sin fin. Sus dedos temblaban mientras sostenía los platos, el vapor caliente le empañaba la vista, pero su mente ya se había ido. Se refugiaba en un rincón imaginario donde no dolía nada. Entonces, el mundo giró. Un mareo la sacudió sin previo aviso. Trató de aferrarse a la encimera, al aire, a algo… pero no alcanzó nada. Cayó. El golpe contra el suelo fue seco. La piedra estaba fría. Fue lo último que sintió antes de apagarse. En el piso de arriba, Adrian Belmont levantó la cabeza de golpe. Sus ojos dorados brillaron, afilados, mientras sus puños se cerraban sobre el escritorio. Un aroma lo envolvió, dulce y denso como una tormenta de verano. Vainilla. Suave. Cálida. Irresistible. —No puede ser… —susurró, sintiendo a su lobo interior agitarse como nunca. En la sala de juegos, Lucas Belmont se inclinaba sobre la mesa de billar cuando el mismo olor lo atravesó como una bala. La tiza se le escapó de los dedos. Su sonrisa se borró. En su lugar, una mezcla de asombro y algo parecido al miedo. Su corazón latía con fuerza, como si presintiera lo que venía. Su lobo también lo sentía: algo estaba por cambiar. En la biblioteca, Santiago Belmont dejó el libro abierto sobre las piernas. Un escalofrío le recorrió la espalda. Cerró los ojos, respiró hondo. Y ahí estaba. La fragancia lo envolvió y lo arrastró hacia un abismo de deseo que no podía entender. No dijo nada. No hacía falta. Sin hablar, los tres hermanos se cruzaron en el pasillo. Se miraron. Lo supieron. No hacían falta palabras. —Mate —gruñeron al mismo tiempo. Y en la cocina, Tracy yacía inconsciente, sin saber que su mundo acababa de dar un giro que no tendría marcha atrás.
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