Thomas. Humedecí mis labios con lentitud, observando cómo la mirada de Ágata se transformaba frente a mí. Era una mezcla fascinante de sorpresa genuina y una excitación tan densa que se podía palpar en el aire. Ella, mejor que nadie, sabía lo que vendría a continuación; sabía que su racha de rebeldía había llegado a un muro infranqueable y que esta vez no habría escapatoria ni palabras mordaces que la salvaran. —Thomas… —pronunció mi nombre, y el sonido fue como una plegaria cargada de anticipación—. Lo siento. Deslicé mi pulgar por su labio inferior, sintiendo su calor y su temblor. —Sé que lo sientes, nena. Y créeme, yo también lamento haber tenido que evitarte estos días. Sabía que, si me permitía estar a menos de un metro de ti, perdería el control de una forma que no podrías maneja

