“La quiero fuera de mí empresa”

2117 Words
Prometo destruirte. Capítulo 2 “La quiero fuera de mí empresa” —¡¡MARCOS, MARCOS, MARCOS!!. —Dígame señor.— llega corriendo hacia él abriendo sus ojos como platos al verlo completamente desalineado. —¡¡ME UBICAS DE INMEDIATO AL SEÑOR DANTES!!. Franco Dantes, era el jefe de seguridad a quien le daría la orden de encontrar a esa mujer y echarla de la empresa inmediatamente. En su vida se había sentido tan humillado. El que lo haya dejado en ridículo hizo sacar lo peor de él. Deseaba tenerla en frente y estrangularla con sus propias manos. Sí, de vez en cuando tenía estos pensamientos psicópatas, pero quedaban en eso, pensamientos si había una sola persona que merecía que recaiga todo su odio, ese era ese tal Tincho, el mismo que asesinó a su hijo y a quien sin importarle cómo ni cuándo, vería suplicar piedad arrodillado en el suelo. El tiempo había transcurrido tan rápido y todavía no tenían más que una foto de su rostro que había sido difundida por los medios de comunicación, pero al cabo de unas semanas ya nadie recordaba el incidente. Nunca nadie lo había visto en ese estado y aunque había sido un escándalo los despidos masivos de mujeres cuando regresó a su puesto luego de la muerte de Mariana, jamás presenciaron un estado como el de ese momento. —¡¡MARCOS!! ¡¡MARCOS!!— insiste esperando en el vestíbulo. —Dígame señor.— se pone de pie como un soldado. - ¡¡DÓNDE ESTA DANTES!! ¡¡ME BUSCAN DE INMEDIATO AL SEÑOR DANTES!!—. De pronto por quién gritaba aparece acomodándose el pantalón. —¡¡¡DÓNDE DEMONIOS ESTÁBA!!! ¡¡¡TE PAGO UN SUELDO PARA QUE ESTES AQUÍ PARADO EVITANDO QUE INGRESE PERSONAS INDESEABLES A MÍ EMPRESA!!!. El hombre se sentía descompuesto, de echo debió haber solicitado el día, pero hacía un mes lo habían contratado y no quería que piensen que es un irresponsable que le gusta faltar, pero en verdad estaba pálido y solo quería regresar a su domicilio. —Lo siento señor Salvatierra, es que...— pero no lo deja hablar, está demasiado alterado. —¡¡¡ES QUE NADA!!! ¡¡¡MIRA COMO ESTOY!!! ¡¡¡UNA LOCA SALVAJE ME ATACÓ ¿Y DONDE ESTABAS TÚ?!!! ¡¡¡ PERDIENDO EL TIEMPO HACIENDO QUIÉN SABE QUÉ!!!—. El modo de tratar a sus empleados era realmente humillante. Por los pasillos se rumoreaba de que su esposa no se había suicidado, sino que fue asesinada por él, que después del homicidio de su bebé se habría vuelto un monstruo y descargó su pena y frustración en la pobre mujer. Todas atrocidades, pero al final de cuentas y a sabiendas de lo que dicen, ha preferido no discutirlo, después de todo sabe cuál es la verdad y las pruebas lo avalan ¿qué le importa las personas que viven del morbo en cuanto a estas situaciones? Estaba enojado y aunque en cierto modo tenía razón de estarlo porque después de todo, Dantes tenía la frente la seguridad de todo el edificio, no era para que lo trate de ese modo sin preguntarle si quiera el por qué de su ausencia. —¡Dónde está señor!— indaga preocupado sacándose la cachiporra, su jefe se cruza de brazos y eleva una de sus cejas. —Eso mismo me pregunto yo ¡PERO QUE VOY A SABER, SI TENÍAS QUE HABER ESTADO AQUÍ! ¡AQUÍ DEMONIOS! ¡AQUÍ! ¡AHORA QUIEN SABE A QUÉ INGRESÓ A ESTA EMPRESA! ¡ME LA BUSCAS Y ME LA CORRES SI NO QUIERES SER TÚ QUIEN SE QUEDE DE PATITAS EN LA CALLE!—. Luego de aquella discusión se dirige a todos los empleados que se encontraban murmurando sobre lo sucedido. —¡¡¡QUIERO A TODOS Y TODAS TRABAJANDO O MANDARE DESPIDOS MASIVOS!!!—. Se retira directo a su oficina en el piso más alto del edificio. Por otro lado, Sofía, ante el comentario de la chica, se asustó, por lo que se apresuró a buscar a Norma, la señora que la había ayudado y recomendado para entrar a trabajar allí. Sabía que luego de aquello no le permitirían la entrada, pero necesitaba el dinero, no podía darse el lujo de regresar a su casa y decirles a su madre y hermana que había perdido la única posibilidad de darles una vida digna. Llegó hasta un armario donde se escondió y se puso a llorar, sin imaginar o por lo menos, sin ponerse a pensar que, en ese momento, alguien abriría la puerta. —¡AHHHH!—. Grita un joven de unos veintitantos. —¿Quién eres?— pregunta muy confundido. —Por favor, no digas que estoy aquí.— entonces mira hacia ambos lados y se mete dentro. -—¿Qué haces?— se asusta, el espacio es estrecho y lo tiene muy cerca. —¿qué pasa? ¿por qué o de quién te escondes?— pregunta por lo bajo. —Me mandé un pequeño problema.— él frunce el ceño porque no comprende y ella continúa explicándole —le di su merecido a un tipo ahí afuera que me había humillado, pero resulta ser mi jefe.— finge llorar. —¿Tu jefe?— cada vez entiende menos. —¿trabajas aquí?— él no era nuevo, pero si estaba allí, es porque trabajaba ahí. —Creo que ya no.— y estalla de risa. —no es gracioso.— pero sigue haciéndolo. —¡ya! ¡deja de reírte de mí! Seguro estará buscándome con la policía.— piensa en voz alta. —Eso es seguro.— y piensa un segundo. —¿quieres salir de aquí?— sí y no. Pero no podía hacer nada, el trabajo estaba perdido. no te muevas, te buscare ropa con la que puedas salir.— y se va dejándola sola. El tiempo pasa y nada de que llega. Sofia comienza a desesperarse y al cabo de media hora, no lo resiste más y decide salir. Piensa en salir por las escaleras, pero resulta que ve un par de policías por lo que se asusta y decide subir hasta le último piso donde para su suerte, estaba desolado, aunque extremadamente limpio. De pronto escucha voces provenientes de las escaleras y se adentra en la ultima puerta del pasillo con tanta mala suerte que se topa espalda con espalda con Alex. —Tu.— le habla despectivamente, pero ella se queda idiotizada observando su cuerpo. Justamente había ingresado a su despacho donde se encontraba cambiándose de ropa y ene se momento estaba sin su camisa. A Sofía literalmente se le caía la baba. Alex tenía un físico envidiable, una espalda que cualquier mujer desearía sujetar mientras la penetra duramente. Unas manos que llevarían al éxtasis a cualquiera persona e incluso si esa fuera un hombre. —¡Qué demonios haces en mi empresa todavía! – espeta con enojo y ella no sabe que hacer, solo le pide que la perdone, pero él solo la toma de los brazos y la sujeta con fuerza para entregarla a la policía. —¡Suélteme!. —Lo que me hizo abajo no va a salirle gratis.— le advierte. —hare lo que sea para que termine en la cárcel.— amenaza. —¡QUÉ CRIMEN HE COMEIDO! Usted me humillo, me insultó.— intenta hacerlo entrar en razón, pero solo tenerla cerca le hace dar asco. —¡Suficiente! Llamare a la policía para que te saque de aquí. La empuja en cuanto escucha que la policía esta al otro lado de la puerta, por lo que a Sofía se le ocurre hacer algo para darle su merecido. Decidida se saca la remera y baja el cierre de su pantalón lo cual hace que él se extrañe e indague qué es lo está haciendo. —¿Pero qué haces?— pregunta horrorizada al verla en corpiño nada más. —Tu no me vas a sacar de aquí como una delincuente. —Vístete ya.— le ordena y toma la remera que acaba de tirar al suelo para cubrirla, pero no sabe de dónde sacó fuerzas, que lo hizo caer encima de ella, encima de un sillón ahí presente. —Sí haces que entre la policía diré que quisiste violarme. —No te atreverías.— contraataca. —¿Quieres probar? ¿Qué van a pensar si ingresan y me ven llorando, casi desnuda igual que usted encima de mí? ¿Qué estamos dialogando de trabajo?— en los ojos de él se refleja las ganas de querer asesinarla. —¿Qué estamos acordando algunas clausulas del contrato laboral? —Basta.— exige entre dientes e intenta zafarse, pero no sabe de donde es que saca tanta fuerza, que enreda sus brazos a su cuello y sus piernas a sus caderas. Alex se veía entre la espada y a pared, porque ella tenía razón ¿cómo se defiende ante lo evidente? Y no porque en verdad intentó abusarla, sino porque ¿cómo explica que esté en paños menores en su oficina? Si ni siquiera hay cámaras en esas cuatro paredes. De momento a otro tocan la puerta y ve en sus ojos la ira. Respira hondo y decide ceder. —¡ESTOY TRABAJANDO! ¡RETIRENSE!—. Sin volver a intentar llamar a la puerta, esas personas se retiran. —¿Contenta?— asiente. —suéltame, porque no quiero estar un segundo más cerca suyo.— y deja de abrazarlo. El hombre se termina de cambiar mientras ella hace lo mismo. Durante esos segundos están en silencio y cuando al final sus cuerpos están cubiertos, él se sienta a trabajar y pasa por alto que ella sigue en frente esperando a que le preste atención. —Retírate.— Ordena sin mirarla. —Solo si avisa que no soy ninguna delincuente— respira hondo e intenta tratar de hacer las paces. En verdad necesita ese trabajo. —mire, sé que no debí haberlo tratado con confianza, pero no sabía quién era usted y, además, me ha tratado mal.— pero su silencio la desespera y le suplica —necesito este trabajo, mi madre esta enferma y soy el único sostén.— apela a su compasión y le dice algo que no debió haber dicho nunca. —estoy dispuesta hacer lo que sea.— y una sonrisa diabólica se dibuja en su rostro. —por favor.— y lo observa detenidamente y con mucha atención. —Esta bien.— camina hasta ella con sus manos en el bolsillo. —Muchas gracias señor, Dios le va a pagar su bondad.— pero él carcajea y levanta un dedo solicitando silencio. —No es tan fácil como crees, me has humillado delante de todos mis empleados y no puedo permitir que ellos crean que puede venir cualquiera a ofenderme y no hacer nada al respecto, porque de ese modo, pensarán que pueden hacerlo y no habrá castigo. —Pero le pedí disculpas. —Pero no es suficiente.— intenta hablar, pero no se lo permite. —¿tu necesitas el trabajo?— asiente. —yo te lo daré, pero deberás disculparte.— —Pero señor, lo hice.— niega con el dedo y señala el suelo. —Desde allí. Quiero que te arrodilles y te disculpes.— pide completamente serio y ella solo quiere llorar y escupirle la cara. Sofía sabía perfectamente que, en la vida para escalar, tenías que pagar derecho de piso, pero eso le parecía muy cruel. Iba a decirle que no, pero pensar en todo lo que debían, que en cualquier momento podrían quedarse en la calle ¿Dónde llevaría a su madre discapacitada? No podía permitir que sigan padeciendo tantas necesidades. Respiró hondo y conteniendo las lágrimas se arrodilló a sus pies. —Lo siento.— dijo sin mirarlo, en un hilo de voz y sintiéndose completamente humillad. —¿Perdón? Es que no escuché bien. – insiste y acerca su perfil para poder oírla. —¡Lo siento!—. Repite entre dientes elevando la voz. —Esta bien. Pero te advierto que, si esto vuelve a suceder, no lo pensaré dos veces y te sacaré de patas a la calle ¿comprendes? Ahora ponte de pie y retírate, no quiero volver a verte. Quiero que te mantengas lejos de mí.— se pone de pie y cuando camina hacia la puerta para irse, él agrega algo más —Por cierto, no quiero que comentes nada de lo sucedido aquí. Y se retira sintiéndose humillada como nunca le ha pasado antes. Ese hombre era un monstruo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD