Al vacío.

2491 Words
Prometo destruirte. Capítulo 3 Al vacío. Las palabras de aquel hombre la habían lastimado y por supuesto, humillado. Sofía no podía permitir que alguien con ínfulas de superioridad, la humille de tal modo y si no fuera por la necesidad seguramente le hubiera dado su merecido. Pero su posición en ese momento era mucho menor. En cuanto fue a recursos humanos para firmar el contrato de trabajo, lo primero que le dijeron fue que bajo ningún concepto podía asomar la cabeza en el séptimo piso dado que el presidente no permitía mujeres en ese sector. No objetó y firmó. —Bueno señorita Flores, bienvenida a la empresa.— y estrecha su mano. Su sitio de trabajo eran todas las oficinas de 6to piso y cómo ya se había perdido de casi toda la mañana, su jefe ordenó recuperar las horas perdidas, las cuales habían sido 2 por lo que tendría que quedarse después de hora. El trabajo era pesado. El piso contaba con 8 oficinas y si bien no eran tan grandes, debía verificar que cada rincón brille de limpio. Lo cierto es que comúnmente por cada sector se ocupaban 3 personas, pero como quería castigarla por lo que hizo, dio la orden de que nadie, absolutamente nadie, debía ayudarla. Su jornada laboral era de 6 horas, por lo que la haría trabajar de corrido hasta las 20 hs. Las horas pasan y el cansancio es abrumador. Cuando todos se empezaron a marchar y creyó estar segura de que no había nadie más que ella y seguramente el personal de seguridad, decidió subir hasta la planta alta, por encima de la de su jefe, y descansar unos minutos antes de continuar. La terraza era un sitio bastante agradable y no visualmente, por supuesto, no tenía decoración alguna, pero por lo menos podría estar unos momentos para estar consigo misma. Se ubico detrás de unos tanques de agua y prendió un cigarro. —Ten paciencia Sofi. Recuerda que lo haces por mamá y Yanina.— de pronto mira hacia el cielo y nota un brillo especial, esa primera estrella que suele asomarse antes de caer la noche. —Tincho, no tienes idea de cuánto nos haces falta.— susurra por lo bajo mientras siente como las lágrimas resbalan por sus mejillas. La pérdida de su único hermano varón había deteriorado por completo la salud de su madre, qué pese a saber que su hijo no andaba en nada bueno era sangre de su sangre. Lo había llevado 9 meses en su vientre y peleo con el mundo por mantenerlo con ella ¿cómo no podía amarlo, si él era la luz de sus ojos también? Sumida en sus pensamientos mientras escucha algo de música y llora en silencio, logra divisar a un hombre de unos 25 años aproximadamente hablando por teléfono y por como gesticulaba, estaba bastante enojado. Completamente curiosa, apaga su mp3 y se acerca lo más que puede para poder escuchar lo que estaban hablando, pero fue poco lo que pudo oír, porque de momento a otro el tipo avienta el aparato donde se encontraba ella y éste se destruye en varios pedazos. —¡Mierda!— dice por lo bajo buscando dónde poder esconderse, pero era tarde dado que aquel hombre se acercaba a toda prisa a buscar las partes del celular y ella, aunque se escondiera detrás de una caja de luz, no era lo suficientemente petisa y delgada como para que no la descubra. —¡AHHHH!—. El susto de su vida, se pego el joven en cuanto la vio acurrucada en una esquina. —Por favor, no grites que, si alguien se entera que estoy aquí, me van a descubrir con el amargo de mi jefe y ya bastante lo tolere esta mañana.— explica suplicándole, pero solo ve en su rostro una amplia sonrisa. —¿No te llevas bien con él?— ella se encoge de hombros. —bueno, la verdad que sí, dicen que es un amargo— ambos carcajean y la ayuda a levantarse —¿te lastimé?— indagó preocupado mientras la observa con detenimiento. —No, no. Pero se ve que te hicieron enojar mucho. ¿Qué te pasó?— Sofía era menos discreta y demasiado curiosa por lo que la frescura de la chica lo hizo reír. —Nada importante. Pero ¿Qué haces aquí escondida?— observa su mano derecha que sostiene el cigarro el cual le arrebata y le da una pitada. —y fumando—ella abrió tan grande sus ojos como pudo ante el atrevimiento del desconocido, pero no dijo nada, sino que contestó a su pregunta. —Lo que sucedió es que este es mi primer día de trabajo y bueno, tuve una pequeña discusión con quien supe después era mí jefe. Intentó sacarme con la policía porque dice que lo humille ante todos sus empleados.— actuando la misma voz de Alex. —y aunque me dio el trabajo debo cumplir el horario y por tanto, hasta las 20 hs no puedo irme. Lo peor es que mi hermana no podrá ir al colegio porque si no, no hay quien cuidé, a mi madre enferma; y me vine aquí porque necesitaba descansar y fumar un poco— y le quita su cigarro para continuar fumándolo. —¿qué le sucede a tu mamá?— realmente se interesó y ella pudo verlo en sus ojos. —Tiene diabetes y le han cortado una de sus piernas, por lo que con mi hermanita nos turnamos para que cuidarla.— él hombre asentía y la curiosidad por saber más, lo llevó a seguir preguntando. —Perdón que me entrometa, ¿no tienen algún tipo de ayuda?. —¿social?— asiente. —sí, su pensión por discapacidad, pero no es suficiente. Si bien no vivo en un lugar caro, las cuentas debo pagarlas y soy la única que trabaja— admite apenada. —Lo siento— y pone su mano en la espalda, ella sonríe. —Gracias ¿y tú?— él se señala. —sí, ¿qué haces aquí?. —Bueno, ante todo, me llamo Adrián, mucho gusto.— toma su mano y sin dejar de mirar sus ojos cafés, la besa y un escalofrío le recorrió el cuerpo. —Sofía.— dice en un hilo de voz. Sus ojos lo devoran, pero inmediatamente se regaña mentalmente. —Bueno, ante todo, lamento por lo que estas pasando yo nací con todas las comodidades, por lo que no podría comprender tu situación, pero sí creo que, si tu jornada laboral es de 6 horas, no tienes porque quedarte 8. Independientemente del conflicto que tuviste con tu jefe, no puede hacer tal abuso a no ser que te lo abone como extra.— explica de un modo que pueda entender. —Puede ser, pero me costó mucho poder tener este trabajo. En un momento se pone a pensar en todo lo que le costó llegar hasta ahí a sabiendas que resultaría peor el remedio que la enfermedad y recordando lo que tuvo que hacer para que no la despidiera antes de empezar. —Comprendo, pero no puedes permitir que pisotee tus derechos, Sofía.— y sonaba tan bello su nombre en sus labios que enseguida borró de su mente aquellas palabras impuras. Adrián le llevaba una cabeza. Media un metro ochenta y cinco con un cuerpo seductor y envidiable. Sus ojos negros como la noche hacían que cualquier mujer, incluso ella, se derritiera ante su presencia y su humor ¡DIOS, SU HUMOR! Lo hacía ver demasiado sexi. Su sonrisa la dejaban tonta y su manera de expresarse hacía que se pierda en el cosquilleo del sonido de su voz dentro de sus oídos. —¿Tendrá novia?— ella no se dio cuenta, pero pensó en voz alta. —¿Perdón?— se inclina porque creyó haber oído mal. Él tenía novia, Valentina, una modelo de su misma edad que había participado en muchos certámenes de belleza y había ganado algunos. Ambos se conocieron hacia 5 años y desde entonces llevaban una relación entre idas y vueltas. Él soñaba con poder llevarla al altar, pero para la joven era más importante su cuerpo y su carrera que hacer una familia con su novio y justamente era por eso que peleaban. Por alguna extraña razón, no quiso decirle a la chica que efectivamente estaba con alguien. Algo en ella le atraía y aunque una parte de él le decía a gritos que estaba haciendo mal, simplemente acalló sus pensamientos con una invitación. —¿Te gustaría tomar algo?— ella eleva una de sus cejas y agradece que no insista en lo que accidentalmente pensó en voz alta. —Ehhh— no logra contestar, porque él lo hace por ella. —Perfecto ¿café? No, hace calor. ¿una gaseosa?— asiente sonriendo. —¿Sprite?— susurra que si —ahora vuelvo.— y desaparece de su vista. Se acomoda en la cornisa con sus pies en el vacío mientras cierra sus ojos y disfruta de la suave y cálida brisa de aire caliente en su rostro. Extrañaba tanto a su hermano que cuando lo mataron, porque estaba segura que lo mataron, sintió que su vida se fue con él. De niños acostumbraban a salir por el barrio a juntar botellas y venderlas por unas monedas que juntaban para comprar golosinas. En el barrio, cuando había alguien que se quisiera propasar con ella, los surtía a golpes por lo que sabía que nadie, absolutamente nadie podía meterse con la hermana del “Tincho” pero ahora no estaba y cada día le hacía más falta. Cuando Adrián bajo desde la terraza, se encontró de frente con su hermano mayor, quien estaba enfurecido recorriendo los pasillos. —¡EY! – llama su atención.— ¿qué te sucede? Andas bien alterado.— y carcajea. —Mira Adrián, no me molestes porque no estoy de humor.— lo regaña sin mirarlo. —¡Maldición! ¡¿Es que no hay nadie quién me atienda en mi empresa?!. El hombre buscaba con desesperación a su empleada nueva para solicitarle que le preparase un café y se lo llevara a su oficina dado que estaba trabajando en unos planos y estaba agotadísimo y su secretario se había marchado. Alex se había vuelto un monstruo luego del suicidio de su esposa por lo que era un despiadado sin corazón con las personas. Los únicos que conocían su alma rota y que, dentro de las cuatro paredes de su mansión, se desarmaba, aunque mostrara lo contrario eran sus hermanos, quien le hablaba y Lucía, una joven de 21 años que estudiaba diseño y publicidad. Él se creía con el derecho de solicitarle de ordenarles a sus súbditos pasando por encima de contratos y sus derechos por lo que no le había sido suficiente humillarla hacía unas horas, que quería hacerlo otra vez. —Si no fueras tan idiota, no se esconderían de ti.— ese comentario que dijo por lo bajo, lo escuchó y se detuvo a indagar. —¿Quién se esconde de mí?. —¿Perdón?— lo evade y se le ocurre preguntarle de donde es que venía ya que hacía media hora se fue hablar por teléfono con su novia y cómo lo conocía perfectamente, lo máximo que duraría esa conversación no superaría los 5 minutos. De pronto pone su rostro de roca y se acerca intentando descifrar en su mirada lo que esconde. —¿De donde vienes?— su hermano eleva sus cejas y luego de hacer un chasqueo con su boca le da la espalda y sigue escaleras abajo dejándolo a los gritos.—¡Adrián! ¡Adrián! ¡te prohíbo que me dejes hablando solo! ¡ADRÍAN!—. Pero hacía caso omiso a sus gritos y continuó directo al bar de enfrente dado que el bufete había cerrado a las 17hs. A puras carcajadas, se alejó de su vista dejándolo, peor de cuando estaba buscándola a Sofía. En un momento reproduce la conversación en su mente y por sus palabras y la demora en la terraza, dedujo que, si no había aparecido con sus gritos su nueva empleada, era porque quien se estaba escondiendo de él, no era otra más que esa mujer. Enfurecido sube las escaleras hasta llegar donde la cima de su imperio y recorre el sitio con su mirada, hasta que la encuentra sentada en la cornisa, despreocupada, sintiendo el aire acariciar su rostro. Entonces la ira lo envolvió. —¡IRRESPONSABLE!— Con un fuego en sus ojos, sus manos echas un puño y cegado de furia le gritó haciendo que, del susto, se de la vuelta a mirarlo y al hacerlo pierda el equilibrio y caiga. —¡AHHHH!—. Su grito lo deja atónito y en un parpadeo la pierde de vista. En un segundo su mente lo traicionó. La imagen de su ex esposa arrojándose al vacío lo inmovilizó y como aquella vez, no pudo moverse, no pudo hacer nada para saber sí la joven estaba bien o no. —No encontré Sprite, pero Seven…— abrió la puerta sin mirar hacia delante, fijado en las botellas y el chocolate en sus manos cuando elevó su mirada se encontró con un Alexander tieso como una estatua y nadie alrededor. —¿Dónde está?— pregunta mirando a ambos lados, cuando de pronto un grito lo alerta. —¡AYUDA! ¡AUXILIO! ¡AUXILIO!. —¿Sofía?— La nombra incrédulo, mientras la busca mirando a todas partes. —¡SOFÍA!— grita con todas sus fuerzas cuando logra visualizar como su mano se estaba aferrando al borde. —¡ADRIÁN! ¡AUXILIO!. Fue entonces que comprendió. Corrió con rapidez los diez metros que separaban la puerta del borde de piedra donde se encontraba suspendida en el aire y fue entonces cuando la vio, tambaleándose mientras se sujetaba con fuerza a la piedra. —Por favor, ayúdame.— pedía con lágrimas en los ojos. —Dame la mano.— y la sujeta con ambas hasta que logra sacarla del peligro y ambos caen al suelo y mientras tiembla entre llantos, él hombre la abraza e intenta calmarla. Alexander permanecía de pie, no podía dejar de visualizar a su muer en aquella ventana, observándolo con una mirada vacía y pidiéndole perdón antes de arrojarse al vacío. Su alma se volvió a romper otra vez. Sus piernas no reaccionaban, sus manos le temblaban, los ojos rojos y ese olor a muerte regresó de nuevo. Verla llorar en el suelo, abrazada a su hermano y a sabiendas de que pudo haber causado su muerte, no movió un solo dedo, no ablandó su duro corazón. De pronto parpadeó un par de veces y se dio la vuelta para salir por la misma puerta en la que entró. Era más que un monstruo. Ese hombre era la crueldad personificada.
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