Prometo destruirte.
Capítulo 4
Un futuro perdido.
Ese día se cumplía un año del asesinato de su pequeño bebé y aunque ha intentado volver a empezar día tras día, no ha podido lograr volver a sonreír, volver a encontrarle un sentido a su vida.
Quería morir. Deseaba acabar con su vida, pero seguí adelante por su esposa que lo necesitaba más que nadie en el mundo.
Tres veces por semana asistían a terapia para intentar sobreponerse de la muerte de su pequeño, pero incluso Mariana había dejado de hablar. Pasaba todo el día metida en la habitación que con tanto amor le habían preparado para su pequeño, cantando canciones de cuna y acunando un muñeco. No estaba bien y él lo sabía.
Habían comenzado a visitar al psicólogo y su psiquiatra le daba antidepresivos lo cual demostraba que el tratamiento en conjunto parecía surtir efecto.
Una semana antes del suicidio, ella comenzó hablar de nuevo y él creyó que poco a poco estaba volviendo a ser quién era antes de perder a su hijo, pero estaba lejos de ser así.
Esa semana, él la recuerda como una de las mejores. Habían ido a pasar un fin de semana a la costa, salieron a cenar, fueron a mirar películas al cine e incluso habían pasado toda una jornada de intestas lluvias haciendo el amor.
Mariana se veía tan feliz que no sospechaba que ya tenía planeado acabar con su vida.
Aquella mañana, le había pedido para desayunar una porción de tarta de manzanas y cómo sabía que debía salir de la casa para comprara en la panadería, aprovechó ese momento a solas para llevar a cabo su plan.
Esa mañana hacía frío, pero nada se comparaba con el que llevaba en su corazón desde hacía un año. Camino hasta el cuarto de su bebé, bajó el cuadro que tenía una foto de la ecografía 4D y en el dorso comenzó a escribir su carta de suicidio.
Cuando Alex regresó a su casa, sintió un frío atravesándole la espalda y un aroma extraño le inundó las fosas nasales. Un mal presentimiento le hizo arrojar las bolsas en el suelo y correr escaleras arriba.
—¡Mariana! —. Gritó tan pronto abrió la puerta de la habitación y al no encontrarla supo dónde ir a buscarla.
Rápidamente se dirigió hacia aquella habitación y podía jurar que nunca la sintió tan lejana. Tan pronto llegó a la puerta, la abrió desesperado y allí la encontró, sentada en la cornisa y mirando hacia la nada.
—Amor, ¿qué haces ahí? —. Preguntó y fue acercándose con cuidado, estando atento al más mínimo de sus movimientos.
—Pronto estaremos juntos— murmuró ella por lo bajo sin responder a los llamados de su esposo.
—Mariana, por favor, dame tu mano— ella giró su cabeza y lo mira con una sonrisa. —Amor, dame tu mano— insiste con lágrimas en los ojos.
—Mi bebé me necesita— esas palabras le helaron la sangre. Y es que en su mirada había paz, su sonrisa era realmente genuina y eso era lo que más le aterraba.
—Amor, sal de la ventana, es muy peligroso— se acerca cada vez más pero ya es tarde.
—Te amare por siempre— y justo cuando él se tira para alcanzarla, ella se arroja al vacío y un grito desgarrador se escucha en cada rincón de la casa.
—¡¡¡MARIANA!!!
Tan pronto Alex llegó a su oficina, atormentado por los recuerdos de aquel día, se encierra y comienza a arrojar todo lo que tenía a su paso, mientras lloraba como un niño que perdió su juguete preferido.
El recuerdo de su mujer arrojándose de un segundo piso se repetía una y otra vez en su cabeza y el grito de auxilio de Sofía golpeaba con fuerza en su cráneo haciendo que caiga rendido, de rodillas, en el suelo y abrace con fuerza su cuerpo mientras se deja ir en llantos.
Durante poco más de media hora se mantuvo en la misma posición, mientras intentaba acallar las voces de su cabeza y golpeaba su frente contra el piso. Hacía mucho no tenía un ataque como ese y sabía que debía controlarse, no podía permitir perder el control en su trabajo, exponiéndose a que su hermano e incluso esa mujer lo vean en ese estado.
Alex tenía adoración por su hermana menor, Lucía y esta fue la única que pudo convencerlo de que asistiera al psicólogo y psiquiatra para que le ayude a sobrellevar su perdida y cómo era de sabido, terminó tomando el mismo tratamiento que su difunta esposa. Esas pastillas antidepresivas no las había tomado nunca, sin embargo, cuando le agarraba esos ataques de desesperación, de angustia optaba por ahogar sus recuerdos en el alcohol.
Como pudo se puso de pie y tomó del piso una de sus botellas de licor que no se había roto y un vaso y así, caliente, se sirvió e hizo fondo blanco. Tres al hilo se tomó y se sentó en el asiento giratorio y busco la tranquilidad.
Mientras tanto, Adrián intentaba calmar a Sofía que no dejaba de llorar y se aferraba a su cuerpo como si de ello dependiera su vida.
—Tranquila, ya pasó, ya pasó— acaricia su cabello y le da besos en la frente.
—No entiendo— pronuncia palabras luego de unos 20 minutos más o menos sin decir una palabra y estar en un ataque de llanto angustiante —¿Tanto me odia que iba a dejarme morir?
Él sabía que lo que le había pasado a su hermano mayor fue muy traumatizante. Perder a su hijo, que con tanto amor estuvieron buscando y luego a su mujer frente a sus ojos y no poder hacer nada lo había vuelto un hombre vacío, había destruido el Alex que conocían, ese que le gustaba ayudar a los demás. El que te recibía con una gran sonrisa y siempre tenía palabras positivas para quien las necesitara. Alexander era el alma de las fiestas, pero luego de esas tragedias en su vida se había vuelto un hombre frío y sombrío que respiraba porque debía hacerlo. Se había vuelto un ente, un alma en pena que no encontraba el sendero de su vida y que buscaba sacar de su alma rota todo ese dolor menospreciando y humillando a los demás.
—No es eso— él no quería que viera a su hermano como un monstruo, porque sabía que detrás de ese caparazón, de esa armadura en la que se había escondido había un hombre que pedía a gritos ayuda.
—Yo sólo sé que si sigo en este trabajo es porque necesito el dinero, porque después de lo que me hizo hacer en su oficina juro que me largaría de aquí.
Dijo eso con el llanto ahogándola y él frunció el ceño ¿Qué le había hecho Alex? Se separó un poco de su cuerpo e indagó sobre lo que dijo.
Al principio no quiso contarle más, pero su insistencia la llevó a confesar que ese monstruo, la había humillado.
—Para que me diera el trabajo, tuve que arrodillarme y pedirle perdón por haberlo humillado y desautorizado delante de toda la empresa. Pero te juro que no sabía que él era el jefe— de inmediato Adrián puso su dedo en sus labios y negó con la cabeza, para luego decirle:
—Es de seres humanos equivocarse y él, por más que sea el jefe no tiene derecho a humillarte. Nunca te dejes tratar así.
—Pero puede quitarme mi trabajo.
—No lo hará— responde serio, sin disfrazar el enfado que sentía por la actitud nefasta de su hermano y que iba a ponerlo él mismo en su lugar.
Por unos minutos más, la acunó entre sus brazos, hasta que la oscuridad de la noche se hizo presente y pese a ofrecerle llevarla hasta la casa, ella se negó puesto a que le avergonzaba que supiera que vivía en un asentamiento.
—Es muy tarde y es de noche. No puedo permitir que te marches así, en este estado y exponerte a que te hagan algo en el camino. — era cierto, pero no le importaba, necesitaba volver con su madre y su hermana que deberían de estar preocupadas porque no había tenido tiempo para llamarlas y avisarles.
—Tengo a alguien que puede venir a buscarme— enseguida recordó a Manuel, el mejor amigo de su hermano y quien había prometido cuidarla a ella, a su hermana y a su madre cuando Tincho falleció y ellas sabían que podían confiar y contar con él.
—Bueno, pero esperaré contigo hasta que vea que te vas segura y a salvo— asiente y toma su teléfono para marcarle.
“¿Manu? Soy Sofía ¿estás en capital? ¡Qué bueno! ¿podrías pasar a buscarme a mí trabajo? Es tarde y sabes que la zona de casa no es muy segura…, ¡Genial! Muchas gracias, ahora te envío la dirección. Gracias.”
—Ya viene. En 10 minutos estará en la puerta— dice una vez que envió la ubicación.
—Bueno, vamos que te acompaño hasta que te venga a buscar— ella asiente y se deja ayudar para levantarse.
Caminan hacia dentro del edificio y se adentran en el ascensor donde recarga el cuerpo en una de las paredes y cierra sus ojos para buscar paz. Mientras lo hace, él la observa en detalle a un lado y solo le pregunta si estaba bien, a lo que ella respondió que sí, que su hermano siempre le había dicho que cuando se siente mal o pasa algo que la altera, no importa donde esté, sino que cierre sus ojos y respire buscando la calma y desde entonces es lo único que la ayuda a sobrellevar cada que debe pasar por situaciones donde la lleven al límite.
—Ese es muy buen consejo— murmura y guarda silencio en lo que las puertas se abren —Vamos— toma su mano y salen del elevador.
Adrián no quería decirle, aún, que Alex era su hermano puesto que temía que dejara de hablarle con tanta familiaridad y eso no quería que sucediera. Todos en la empresa lo conocían y sabían que tenía novia ¿quién desconocía que la hermosa y exitosa Valentina Acevedo era su novia?
El verlo de la mano con otra mujer hizo que los de seguridad miraran la pareja extrañados, pero aun así no mencionaron nada. Después de todo, pensaban que con el dinero que tenía, podían tener todo lo que quisieran y eso incluía a las amantes que se les antojara.
—Te agradezco por haberme salvado la vida— le dice ni bien pasan la puerta y ve que la moto y manu estaba al otro lado de las rejas.
—Si me quieres agradecer, acepta ir a tomar algo conmigo.
—Adrian…— iba a decirle que no, pero no quería que pensara que era una mala agradecida por lo que con una sonrisa terminó por decirle que sí.
—Mañana, si quieres— ella niega. No quería tener más problemas con su jefe —. Tú no te preocupes por él, que de esa cuestión me encargo yo mismo.
—De todas formas, no quiero darle más motivos. De por sí me trata muy mal y tu has visto que si quiera se acercó ayudarme. ¿Qué clase de ser humano es capaz de quedarse mirando sin hacer nada, mientras la vida de una persona depende de ti? Solo una muy cruel.
—A veces las personas guardan un pasado doloroso que influye en sus actitudes del presente— pero ella no lo veía de ese modo.
—Yo no tengo una realidad positiva. Tengo a mi cargo a mí hermana, a mi madre discapacitada, vivo en una villa, no he podido terminar mis estudios y aun así no descargo mi frustración en inocentes— expresa esto un poco enojada sin percatarse que mencionó su lugar de residencia y se avergonzó por ello. —No reniego de la vida que me tocó vivir y desde la muerte de mi hermano ha sido duro para mí, pero tengo la fe que algún día todo mejorará y aun así, seguiría siendo la misma de siempre, la misma que soy ahora.
—No puedo oponerme a lo que dices, porque tienes toda la razón, y realmente es admirable que una chica tan joven como tú quiera esforzarse para superarse y sé que así va a ser.
Se acerca para darle un beso en la mejilla y toma su mano para acariciar con la yema de sus dedos la cara interna de la misma haciendo que una sensación extraña le recorra el cuerpo.
—Cuídate por favor— ella asiente y se va.
Se queda parado hasta que la moto arranca y desaparece de su vista, para luego voltearse y mirar hacia la ventana de la oficina de su hermano donde se encontraba él observando la escena y al verlo cierra las cortinas.
A toda mecha, se vuelve adentrar y no espera subir en el ascensor, sino que lo hace por las escaleras.
Tan pronto llega a la puerta del despacho no se molesta en tocar, pero cuando quiere ingresar se da cuenta que la misma está cerrada.
—¡Abre ya la puerta Alexander! —. Golpea de forma constante enfurecido.
—¡Déjame en paz, Adrián! ¡No quiero hablar contigo en este momento!
—¡No me interesa si no quieres! ¡Ábreme la puerta de inmediato!
—¡Me duele la cabeza, márchate!
—¡No lo haré! ¡Abre esta maldita puerta si no quieres que empiece a darle de patadas hasta romperla!
Alex suelta un bufido y se pone de pie para abrir la puerta y tan pronto lo hace, le da la espalda y vuelve a su sillón.
—¿¡Qué es lo que te pasa!? Esa chica casi muere delante de tus ojos y no hacías nada. Menos mal que llegué a tiempo.
Él no le respondía nada, simplemente miraba la fotografía de su difunta esposa sobre el escritorio en lo que Adrián guarda silencio unos momentos y se detiene a observar a su alrededor, entonces se calma porque se da cuenta el por qué no fue capaz de ayudarla.
—Recordaste ese día ¿Verdad? — pero no responde nada, por lo que busca una silla y se sienta frente al escritorio. —no puedo ni imaginar cuánto te está doliendo aún que Mariana no esté, pero debes de continuar. Tienes que darle vuelta a la página— es entonces que lo mira por primera vez.
Esa conversación la habían tenido muchas veces y su respuesta siempre terminaba siendo la misma “No te metas en mi vida” su hermano era el único que sospechaba que no estaba haciendo el tratamiento como debía, porque su comportamiento pasaba lo normal. Por otro lado, comprendía el dolor por el que pasaba y que no es fácil olvidar que vio morir a su esposa y no pudo hacer nada, pero sabía por demás que no podía seguir viviendo en el pasado, que debía continuar. Permitirse conocer otras mujeres y enamorarse.
Él llevaba un año sin poder ser capaz de estar con alguien más e incluso no tenía apetito s****l. Recordarla cada noche era una tortura y en el ultimo tiempo usaba pastillas para poder conciliar el sueño.
—¿Sabes lo que es ver a la mujer que amas arrojarse frente a tus ojos al vacío? — se pone de pie y camina hacia él a paso lento —verla dormida en un charco de sangre y saber que no puedes hacer nada porque su vida se apagó y no pudiste hacer nada ¿tienes idea? ¡QUÉ DEMONIOS PUEDES SABER TÚ, SI TIENES A LA MUJER QUE QUIERES VIVA, ¡SI TIENES SUEÑOS DE FORMAR UNA FAMILIA CON VALENTINA! ¿¡Y QUÉ TENGO YO!? ¡DOS TUMBAS! ¡UNA DE MI HIJO Y OTRA DE LA ÚNICA MUJER A LA QUE VOY AMAR POR EL RESTO DE MI VIDA! ¡CON LA ÚNICA QUE QUISE EL MUNDO! ¡Y NO TENGO NADA, NO QUIERO NADA!
—¡si! ¡comprendo lo que dices y no puedo imaginar ni sentir tu dolor! Pero ellos ya no están, ha pasado tiempo. ¡debes dejarlos ir! ¿Crees que a mariana le gustaría que sigas encerrado en sus recuerdos? ¿qué estás haciendo con tu vida? Tienes que volver a salir a la vida, encontrar una buena mujer y formar esa familia que tanto deseas.
—¡Tú no sabes lo que es vivir mi vida! ¡no tienes derecho a decirme esas cosas! —. Espeta con enojo.
—Quizá tengas razón, pero Sofía no tiene la culpa de tu desgracia. Si esa chica moría lo peor no hubiera sido la cárcel. Lo peor sería el cargo de consciencia que te hubiera dejado— es entonces que se gira para retirarse cuando lleno de odio Alex pronuncia:
—El único consuelo, la única forma de que yo pueda estar en paz es encontrar a ese malnacido que desgració mi vida y matarlo con mis propias manos.
—Me das pena Alexander y no por haber perdido a Mariana y a mi sobrino, sino por el alma negra y vacía que tienes y esa obsesión de venganza que terminará por destruir tu vida.