Capitulo 11

945 Words
VALERIA Samuel está sentado en el viejo banco de madera cerca de la puerta, pensativo, con el desanimo pintado en su rostro. —¿Puedo sentarme? —pregunto. Sin decir nada, se hace a un lado. —Tu padre es un idiota —digo al fin, rompiendo el silencio. No es un consuelo, es un hecho—. La música es lo más puro que existe. Es poesía sin palabras, sentimientos crudos que no necesitan permiso para existir. En lo personal, me encanta que sigas tus sueños. Si yo tuviera tu talento, en estos momentos no estaría aquí. Estaría en una gira, dejando que el mundo escuchara lo que tengo que decir. Samuel alza la cabeza lentamente. —Tengo una banda de garaje —confiesa—. Los chicos son buenos. Aún nadie nos ha escuchado de forma profesional, pero… siento que tenemos algo. Las hermanas de mis amigos dicen que vamos a ser un bombazo. No puedo evitar sonreír con él. La chispa de entusiasmo en sus ojos es contagiosa. —¿Y por qué no te animas a subir algo a las redes? —pregunto, girándome un poco hacia él, lo que hace que su brazo se ajuste más alrededor de mí—. Sabes que la mejor promoción hoy en día es hacerse viral. Un video bien hecho, con esa cara y esa voz… podrías prender fuego a internet. Él ríe, un sonido breve pero más liviano. —Lo sé. Es solo que… mi padre es mi miedo más grande. —Lo que él diga o piense no tiene que ser un obstáculo, Samuel —digo, y mi tono se vuelve serio—. Cuando seas famoso y tengas a miles de personas cantando tus canciones, él será quien se arrepienta de no haberte apoyado. Su sonrisa se desvanece. Mira hacia la casa, hacia la ventana iluminada del estudio de Damián. —Quisiera que se sintiera orgulloso de mí… como lo está de ti —murmura—. A veces siento que te quiere más. —No digas tonterías —susurro, pero no me alejo. —Es verdad. Sus ojos cambian cuando habla de ti. Se iluminan de una manera que… duele. Eres todo lo que él admira. Segura, talentosa, independiente… —Su mano, que estaba apoyada en el banco entre nosotros, se mueve. Su dedo meñique roza el mío. Un contacto eléctrico, mínimo, devastador—. Y yo solo soy el chico que no quiere seguir sus planos perfectos. No logro encontrar las palabras necesarias, así que me giro completamente hacia él en el banco y lo abrazo. Él se derrumba contra mí, sus brazos, que habían estado inertes, se activan de repente y me rodean la cintura con una fuerza que me quita el aire , aferrándose a mí no como a un salvavidas, sino como a la única roca sólida en un mar de expectativas ajenas. Pero entonces, algo cambia. Él se separa unos centímetros, solo lo suficiente para alzar la cabeza. Ahora me mira directamente a los ojos. La proximidad es eléctrica. Trago saliva, consciente de que apenas unos centímetros separan nuestros labios. Dios, su mirada es intensa, penetrante, imantada. Es la mirada gris y poderosa de Damián, pero filtrada a través de la pasión juvenil. —Val… —Susurra. Estoy a punto de decir algo, cuando el ¡CRASH! repentino y violento de la puerta principal al abrirse de golpe contra la pared nos arranca del hechizo como un latigazo. Por el rabillo del ojo, veo la figura de Damián cruzar el jardín con pasos largos y enérgicos. No nos mira. No dice una palabra. Sube a su auto, el motor ruge con una ira sorda, y desaparece en la noche, tragado por la oscuridad más allá de los árboles. —Cada vez que se siente culpable por sus palabras, o… por algo que no puede controlar —dice Samuel a mi lado—, sube a su auto y no regresa hasta la madrugada. Se va a pensar. O solo huye para no enfrentar la consecuencia de sus palabras. Hay una tristeza tan profunda en sus palabras que me duele. —Bueno —digo, forzando un tono ligero que suena falso incluso para mí—. Ahora que el ogro dejó el castillo, podemos hacer algo para levantar ese ánimo. ¿Qué tal si me dejas escuchar un poco de esas melodías prohibidas que tu padre no quiere oír? O una película cursi que nos haga morir de risa… o de vergüenza. —No sé si tengo ganas, Val —murmura, mirando sus manos. —Vamos —insisto, acercándome un poco, recuperando la sonrisa—. Di que sí. O tendré que hacerte cosquillas hasta que aceptes. Te conozco, sé que eres sensible ahí en los costados. —No creo que funcionen en este momento —dice, pero hay un destello, apenas un reflejo de luz en sus ojos oscuros, que me dice que la muralla se está resquebrajando. —¿Quieres probarlo? —pregunto, y mi tono es un susurro juguetón mientras alzo las manos, los dedos listos como garras, y doy un paso amenazador hacia él. Lo veo pensarlo. Tras unos segundos que se sienten eternos, una sonrisa, pequeña pero genuina, se dibuja en sus labios. Es una victoria dulce. —Nunca podría negarme a esa sonrisa —admite, y su voz ha recuperado un poco de su calor—. Eres… la cura para mis penas más profundas, Val. Lo sabes, ¿verdad? No respondo a eso. En lugar de eso, lo tomo de la mano, sus dedos se entrelazan con los míos con naturalidad y lo guío de vuelta a la casa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD