Capitulo 10

1156 Words
VALERIA La tensión en la cena es un condimento más eléctrico, que se mezcla con el aroma del pabellón. Los celos le sientan bien a Damián, le dan una peligrosidad que me eriza la piel y me enciende por dentro. —Val, ¿qué tal si vamos al cine mañana? —la voz de Samuel me saca del trance—. Hay un estreno de ciencia ficción brutal. —Sería excelente —Digo, desafiando a Damián. —Tu examen de Cálculo Integral es el mañana, Samuel —la voz de Damián cae como un bloque de hielo, cortante, final—. Las prioridades son claras. No son salidas de adolescentes en día de semana. —No exageres, papá. Además, con Val estudio mejor. Tiene un don —su mirada se vuelve hacia mí, dulce, admirativa—. Explica las cosas de una manera que… hace que todo tenga sentido. Damián deja el tenedor con un clic seco, metálico, que resuena como un disparo en el silencio repentino. —Las ecuaciones diferenciales no se resuelven con tips , Samuel. Ni con sonrisas. Se resuelven con disciplina. Con estudio constante. —Hace una pausa, y su mirada me atrapa, me posee desde la distancia—. Con entender que hay un orden en las cosas. Un orden lógico, necesario. Un orden que no se puede saltar porque un capricho del momento, porque alguien … parezca inspirador. La palabra inspirador , es un reconocimiento torcido. Un elogio envenenado. Y me provoca un escalofrío que recorre mi espina dorsal y se aloja, caliente, entre mis piernas. —A veces la inspiración es la disciplina, papá —replica Samuel, y su voz suena más madura de repente. Su mirada, llena de una verdad tan transparente que me hace sentir una punzada de algo parecido a la culpa, se clava en mí—. Te da una razón para querer ser mejor. Damián parece un felino a punto de saltar. —La inspiración se esfuma —escupe—. La responsabilidad, no. Y tu responsabilidad ahora es no distraerte con… —busca la palabra, la encuentra— …con salidas imprudentes. Con ilusiones que no conducen a nada. Samuel deja su cubierto con un golpe seco. —¿A qué te refieres exactamente? —pregunta, desafiante, inclinándose sobre la mesa—. ¿Está prohibido que salga con Val? ¿Es eso? —Su voz sube un tono, cargada de una frustración que ya no puede contener—. Porque lo único que estoy viendo es tu enorme incomodidad con la idea de que ella y yo nos acerquemos. Es más que obvio. Damián palidece un poco, pero no cede. Su mirada se vuelve glacial. —Valeria es una mujer, Samuel —dice, y las palabras suenan como martillazos en el silencio—. Hecha y derecha. Con una vida, con experiencias. Y tú eres un muchacho. Con toda la vida por delante, sí, pero sin la experiencia, sin la claridad de lo que eso implica. Eso no es una cercanía. Es un desbalance. Una irresponsabilidad. El golpe es bajo, sucio. Veo cómo Samuel se desinfla por un segundo, la indignación y el dolor luchando en su rostro. Antes de que pueda explotar, intervengo. —Me ofende profundamente, Damián. Me estás pintando como una depredadora, como una anciana sin escrúpulos. Es absurdo y, francamente, bastante patético. —¡Exacto! —estalla Samuel, recuperándose —. Val solo tiene cuatro años más que yo, cuatro. No hay nada de malo, ni de raro, en que salgamos, que pasemos tiempo juntos… —Hace una pausa, respira hondo, como tomando impulso para el salto al vacío —: …o incluso en que en el futuro pueda surgir algo más entre nosotros. No es descabellado. ¡Es una posibilidad! La palabra futuro impacta en Damián como un puñetazo en el estómago. Pierde el color de golpe, como si le hubieran drenado la sangre. Parece que le cuesta respirar. —Eso es imposible —logra espetar. —¿Por qué?—Samuel se planta, desafiante. Damián traga saliva. —Porque es la hija de mi mejor amigo —dice, intentando aferrarse a ese deber— y merece lo mejor que la vida pueda ofrecerle. Y porque una relación se construye sobre bases sólidas, Samuel, no sobre sueños de musa o canciones de garaje. Tienes que terminar una carrera, tener un sustento, ser un hombre de verdad. No… no un iluso con una guitarra que cree que el amor lo soluciona todo. Es la gota que derramó el vaso. Veo el dolor, la humillación, atravesar a Samuel como una lanza. Se pone de pie de un salto, la silla chirría violentamente contra el piso de madera. —¡Basta! ¡Ya basta! —grita, y su voz se quiebra. Da media vuelta y sale de la habitación con pasos largos y furiosos, dejando un silencio cargado, roto, detrás de él. Me levanto más despacio. Damián me observa, su expresión es una tempestad contenida: ira, culpa, celos y algo más, algo que se parece al pánico. —Creo que te excediste —digo, y mi voz sale más fría de lo que esperaba. —Demostró que sigue siendo un niño —replica él. —Y tú un gilipollas. —Si en verdad quieres ayudarlo —dice al fin, con esa voz controlada que tanto odio—, no deberías alimentar su cabeza con ideas estúpidas. —¿Ideas estúpidas? —río—. ¿Como querer a su padre? ¿Como necesitar una palabra de aprobación? ¿Como esperar que el hombre que le dio la vida lo mire como algo más que un error del pasado? Él parpadea. El golpe ha dado en el blanco. —No sabes de lo que hablas. —¿Que no? . Intenté defenderte, ¿sabes? Cuando él me dijo que no te comportabas como su padre. Cuando me confesó que se siente un extraño en tu propia casa. Cuando me contó que lleva cinco años viviendo bajo tu techo y aún no sabe quién eres. El silencio que sigue es tan denso que podría cortarse. —Y ahora entiendo por qué —continúo—. Porque debajo de esa armadura no hay un hombre, solo un gilipollas con miedo. Miedo a querer, a sentir. Miedo a que alguien, por una puta vez en tu vida, te importe lo suficiente como para dolerte. El impacto de mis palabras lo golpea. —No sabes nada —repite. —Sé que tu hijo te ama —digo—. Y sé que tú no tienes ni idea de qué hacer con eso. Doy media vuelta. Mis pasos suenan firmes en la madera mientras camino hacia la puerta. —Valeria. Sin decir más, me enderezo y salgo del comedor, siguiendo el camino que Samuel tomó. Dejo a Damián solo, rodeado de los restos de la cena y del silencio cargado de todo lo que no se dijo.
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