DAMIAN
Antes de que mis reflejos, embotados por el deseo y la furia, pudieran reaccionar; antes de que mis manos pudieran atrapar su cintura y clavarla contra el frío mármol para hacerla mía de una vez por todas y acabar con este suplicio, ella se escurrió. Ligera, etérea, una fantasma de seda y carne caliente, se deslizó hacia el comedor, dejando a su paso solo el eco de su perfume y el calor de su cuerpo impreso en el mío.
Me quedé solo, anclado al suelo, con el puño tan brutalmente apretado alrededor del mango del cuchillo. Y con una erección dolorosa, furiosa e irrevocable, que presionaba contra la tela del pantalón como un animal enfurecido tras los barrotes.
Escucho sus risas alejarse en el jardín, un dúo que perfora los vidrios y se clava en mis costillas. Para calmarme, voy por una botella de vino tinto, un Cabernet que pide ser saboreado. Me sirvo una copa hasta el borde y la bebo de un trago, sin sentir el sabor, solo el ardiente descenso por mi garganta. El alcohol no aplaca el fuego; le echa gasolina.
Al rato, los oigo volver. Sus pasos, sus voces bajas, se filtran antes que ellos. Y entonces entra ella. Esta vez, Valeria se ha puesto de nuevo el vestido con el que llegó esta mañana.
—¡Huele a gloria, papá! —exclama Samuel, pero sus ojos no se despegan de la nuca de Valeria, de la manera en que el vestido se ciñe a su espalda al inclinarse para dejar una bolsa en la silla.
Antes de que pueda tragar o decir algo, ella se desliza a mi lado. Su cercanía desplaza el aire, trayendo consigo su esencia: jardín de noche, sudor seco y esa nota dulce y profunda que es solo su piel. Su brazo roza el mío, un contacto deliberado, eléctrico, que hace que todos mis músculos se tensen de golpe.
—Damián, esto es arte culinario —murmura mientras su dedo índice, largo y pálido, roza el borde de la olla donde hierve la carne mechada. Luego, con una lentitud obscena, se lleva la yema a la boca. Sus labios se cierran alrededor de su propio dedo, succionando levemente el caldo. Sus ojos, oscuros y cargados, encuentran los míos y los sostienen en un instante que parece dilatarse para siempre. —El punto de sal es perfecto. Como siempre.
Siento el deseo prohibido brotando en mi entrepierna con una fuerza violenta, seguido de un golpe seco de culpa y de una rabia feroz al verme así, expuesto, vulnerable.
Samuel, quizás inconsciente o quizás no tanto, intercepta la mirada.
—¡Sí, el gran chef Damián! —dice, y su tono es juguetón, pero detecto un dejo de algo nuevo, afilado. ¿Competencia? Se interpone físicamente, rompiendo el campo magnético entre Valeria y yo, y toma la cuchara de madera de mis manos con una sonrisa descarada—. Déjame probar a mí, viejo.
Su antebrazo roza deliberadamente el de Valeria al hacerlo. Ella le dirige una sonrisa, y es una sonrisa diferente: más amplia, más solar, menos cargada de tormenta. Más fácil.
Valeria se vuelve entonces hacia Samuel, apoyando una mano en su brazo, justo donde los músculos se tensan al sostener la cuchara.
—Cuidado, Samuel —dice con un tono confidencial que me excluye por completo—. Tu padre es un tirano con sus sabores. —Luego, su mirada gira hacia mí, y la sonrisa que me dedica es un desafío envuelto en azúcar—. ¿O no, Damián? Un tirano muy... exigente.
—La perfección requiere exigencia —logro articular, arrebatándole la cuchara a Samuel con más fuerza de la necesaria—. Y concentración. Tú, a dorar las tajadas. Valeria, a los aguacates.
Es una orden, una línea trazada en el aire caliente de la cocina. Ella me sostiene la mirada, disfrutando del latigazo de tensión que cruza mis hombros, antes de obedecer con una gracia que me exaspera.
—Paciencia, ¿verdad, Damián? —murmura solo para mí mientras saca una vajilla—. Esperar a que las cosas... maduren.
Habla de los aguacates, pero sus ojos me dicen que habla de nosotros. De la fruta prohibida que ambos hemos estado palpando, oliendo, deseando madurar a dentelladas. Mientras, veo a Samuel mirarla desde la estufa, con una adoración tan pura que me parte el pecho en dos.
—¡Listo! Val, ¿me ayudas con esto? —la llama él, con la urgencia de quien necesita reclamar su territorio, su porción de ella.
—Parece que necesitas supervisión, chef novato —le dice ella a Samuel, dándole un golpecito juguetón en el brazo. La complicidad que fluye entre ellos es un muro de cristal contra el que me estrello.
Juntos frente a la sartén chisporroteante, forman el equipo que yo no puedo ser con ella.
—Samuel. Lleva la salsa a la mesa —ordeno.
—Enseguida.
Cuando se da la vuelta hacia el lavaplatos, Valeria se acerca de nuevo. El calor sofocante del pabellón, el vapor de las ollas, no son nada comparados con el infierno que ella lleva consigo.
—¿Me parece o estás celoso, Damián? —susurra.
Estoy atrapado entre su cuerpo y la encimera. Podría inclinarme y besarla con desesperación.
—Podría estarlo —admito.
Su antebrazo roza el mío, piel contra piel esta vez, un contacto eléctrico, deliberado, que recorre todo mi sistema nervioso como un relámpago.
—Sabes que podrías terminar con esto —murmura acercándose más—. Solo tienes que decidirte... decirme que me amas.
Pero antes de que pueda reaccionar, estallar o rendirme, los pasos rápidos de Samuel regresan.
—Val, ¿me echas una mano con el plátano? Se me pega todo —pide desde la puerta, su voz un cable que la jala de vuelta a su realidad.
Al instante, ella se transforma. La hechicera que me tenía contra la encimera se desvanece. Su sonrisa se suaviza, se llena de una dulzura accesible, para él. Es una metamorfosis perfecta y desgarradora.
—Claro que sí —responde, con una voz que es pura luz. Antes de irse, sin embargo, me lanza una última mirada por sobre el hombro. Una mirada perversa.
Respiro hondo, pero el aire está saturado. El aroma a pabellón criollo, que antes era consuelo, ahora huele a pólvora y a deseo frustrado.