DAMIÁN
Valeria posee un talento perverso para avivar el fuego en mis entrañas y luego arrojar sal y hiel sobre la herida expuesta. Su arma predilecta, cada vez más letal, es mi propio hijo. Samuel ya no es el muchacho que era; es un hombre joven, y ella lo maneja con la precisión de una concertista tocando el instrumento más sensible y potente.
Los espié desde la ventana del estudio, como un prisionero contemplando su libertad. Bajo el sol de la tarde, el jardín se transformó en un escenario de traición dorada. Samuel, con esa energía despreocupada que una vez fue mía, se lanzó a la piscina. Luego, con una naturalidad que me hizo hervir la sangre, la tomó entre sus brazos —mis brazos, heredados, pero más jóvenes, más libres de culpa— y la lanzó al agua entre carcajadas que llegaron hasta mí como puñaladas. Lo que siguió fue un instante suspendido en el tiempo azul: ellos dos, sumergidos, rostros cercanos, gotas como diamantes en sus pestañas, mirándose. Fue una mirada que traspasó el agua y el cristal para clavarse en mi pecho: un entendimiento tácito, una promesa muda que envenenó el aire que respiraba.
Ella salió primero. Y al cruzar el umbral de la casa, cometió el acto de guerra definitivo. Entró completamente empapada, y el vestido veraniego, convertido en una segunda piel transparente, no ocultaba absolutamente nada. Con insolente candor, me exhibió la geografía perfecta de su cuerpo: la curva provocativa de sus pechos, la cintura de avispa, la suave y tentadora ondulación de sus caderas. El agua había pegado el tejido a cada centímetro, esculpiendo un mapa de tentaciones que mi mente, ya en llamas, grabó a fuego. No pronuncié palabra. No pude. Mi cabeza era un torbellino de rabia impotente y de un placer culpable y amargo, que estalló en mil esquirlas cuando sus labios, sonrientes y húmedos, formaron la frase letal: “Voy a ponerme tu camisa.”
En ese momento ambos entran a mi cocina. Se ve jodidamente sexy con mi camisa.
Tuve que clavar la mirada en el filo del cuchillo, en los granos de la tabla de madera, en cualquier rincón que no fuera ese cuerpo vestido con mi esencia, oliendo a mi jabón y, debajo, a ese aroma dulce, salado y exclusivamente suyo que me enloquecía.
—¿En qué ayudamos, Damián? —preguntó. Su voz no era más que un ronroneo bajo, una vibración íntima que solo yo, en medio del ruido del mundo, parecía captar en toda su frecuencia devastadora.
Asigné tareas con la voz ronca por la tensión que me atenazaba la garganta. —Samuel, pela los plátanos. Valeria, los pimientos y el aguacate.
Ella se deslizó hacia la tabla como una sombra sedosa. Al tomar el cuchillo, su mano pasó sobre la mía. No fue un roce fortuito. Fue una caricia eléctrica, fugaz pero meticulosamente calculada, que dejó una quemadura en mis nudillos y un latido salvaje en mis sienes.
—Damián, espero que no te moleste que use tu camisa —dijo, y alzó la mirada para guiñarme un ojo. El gesto era una mezcla diabólica de picardía infantil y una ternura que me desgarraba, haciendo que todo mi cuerpo se erizara y un calor brutal se concentrara, implacable, en mi bajo vientre—. Me gusta mucho más tu estilo… que el de Samuel.
Cada sílaba era un clavo en el ataúd de mi ecuanimidad. Empezó a cortar el aguacate, y transformó el simple acto en una coreografía de pura seducción. Se inclinaba sobre la tabla, y el escote abierto de la camisa cedía, regalándome una vista profunda y oscura del valle entre sus pechos, de la sombra que mi lengua ansiaba recorrer con avidez. Sostenía la fruta con una mano, y con la otra, la cuchilla se hundía en la pulpa verde con una lentitud agonizante, retorciendo luego el hueso para extraerlo con un sonido húmedo, íntimo, evocador. Un pequeño gemido de satisfacción, casi animal, escapó de sus labios entreabiertos.
—Está perfecto —murmuró, como para sí misma, pero cuando alzó la mirada, me encontró. Y en sus ojos no había rastro de inocencia. Había un desafío ardiente, un mensaje tan claro como el cristal: ¿Ves? Todo está así de maduro. Jugoso. Listo para ser tomado, para ser devorado.
Luego, giró su arte devastadora hacia Samuel. Mi hijo luchaba torpemente con un plátano verde. —Deja, te muestro —dijo, y su voz era ahora miel derramada, un veneno dulce. Se colocó detrás de él. No se limitó a guiarlo. Se pegó a su espalda, envolviéndolo en un abrazo que era una lección de algo mucho más carnal. Su mejilla casi rozaba la de él. Vi cómo Samuel contenía la respiración, cómo todo su cuerpo se ponía tenso, consciente. Sus brazos, delgados y dorados, rodearon el torso de mi hijo, y sus manos se posaron sobre las suyas, guiando el cuchillo con un ritmo lento, hipnótico, un vaivén sensual que no tenía nada que ver con pelar un vegetal. La tela de mi camisa se tensó contra los pechos de Valeria al presionar contra la espalda de Samuel, y con cada respiración acelerada de ella, el tejido subía y bajaba, acariciando unas curvas que me pertenecían solo en mis sueños más prohibidos. Me estaba mostrando, con una crueldad exquisita, cómo tocaría a otro hombre. Usando mi propia ropa, mi propio olor, como parte del ritual de mi propia tortura.
La rabia y el deseo se fundieron en mi garganta en un cóctel venenoso e inflamable. Cada balanceo leve de sus caderas, cada suspiro exagerado que hinchaba su pecho contra la tela, cada roce deliberado, eran agujas de fuego en mi carne. Estaba atrapado en mi propio infierno, obligado a cocinar en él, a ser espectador de mi propia condena.
Finalmente, tras una eternidad de esta tortura exquisita, se separaron. Valeria se acercó a mí con el pretexto banal de llevar un recipiente al lavaplatos. Su cadera, el costado de su muslo entero, se deslizó contra el mío con una presión firme, sostenida, imposible de negar o de atribuir al azar. El calor que transmitió, incluso a través de las capas de tela, fue un relámpago blanco que me recorrió la espina dorsal y se ancló en lo más profundo de mi ser.
Se detuvo. Su labio inferior, brillante y tentador, rozó el lóbulo de mi oreja. Su aliento, caliente y cargado de todas las promesas sucias que nos hemos hecho en silencio, me erizó la piel del cuello y me heló la sangre al mismo tiempo.
—Tu camisa está empapada —susurró, y sus palabras fueron un latigazo de pura lujuria, una confesión sórdida—. Huele a mí. A los dos.