SAMUEL
Cuando ella abrió la puerta, el mundo se detuvo y entonces esa bendita toalla blanca se deslizó y la vi casi desnuda, su figura se grabó en mi memoria en custión de segundos, los mismo que me tomaron recorrerla centímetro a centímetro de manera rápida.
Ella se agachó rápidamente, la toalla volvió a su lugar, yo me giré como un idiota diciendo "no vi nada, lo juro", pero los dos sabíamos que era mentira.
Cerró la puerta. Me quedé paralizado en el pasillo, respirando hondo, tratando de controlar el terremoto que sacudía mi pecho. Las manos me temblaban, las piernas, todo en mí temblaba.
“Esto no puede estar pasando”, pensé.
Porque yo ya estaba perdido antes de eso. Llevaba años perdido, desde el primer día que la vi entrar por la puerta de esta casa para ayudarme en un examen dificil de la escuela y esa sonrisa que iluminaba más que el sol. Años fingiendo que era solo mi amiga, la hija del amigo de papá, la chica que me ayudaba con las tareas porque le sobraba tiempo y bondad.
Mentira. Todo mentira.
Ella no me ayudaba por bondad. Yo no la miraba por amistad. Y ahora, después de lo que había visto, después de esa imagen grabada a fuego en mi retina, ya no podía seguir fingiendo.
Me apoyé contra la pared del pasillo y cerré los ojos. Su cuerpo desnudo bailaba detrás de mis párpados como una obsesión. Sus pechos. La curva de su cadera. El triángulo oscuro entre sus muslos. La humedad en su piel. Todo.
—Concéntrate, idiota —murmuré.
Me volví a disculpar y ella se ofreció a ayudar con mis tareas. Después de todo, para eso llegaba cada semana. Era mi maestra particular que papá dejaba entrar para ayudarme.
Media hora después, estábamos en el despacho.
Ella con el cabello aún húmedo, recogido en un moño desordenado del que escapaban pequeños rizos rebeldes. Estaba tan hermosa que dolía.
—¿Preparada para la sesión de estudio? —preguntó, dejando dos vasos de limonada sobre la mesa.
—No me asustes con esas palabras —reí, apartando los planos que había estado mirando sin ver—. La arquitectura y yo tenemos una relación complicada.
—Por eso estoy yo aquí—sonrió, y su sonrisa era como el sol después de una tormenta—. Para hacer de mediadora.
Se sentó a mi lado. Tan cerca que podía embriagarme con el olor de su perfume.
—A ver —dijo, inclinándose sobre los apuntes—. ¿Por dónde ibas?
Su hombro rozó el mío. Un roce insignificante, pero para mí fue como una descarga eléctrica.
—Por... por aquí —señalé cualquier cosa en el papel, incapaz de concentrarme en otra cosa que no fuera su cercanía.
Ella rió desarmándome por completo.
—Samuel, esto es un dibujo de un árbol —señaló, divertida—. La tarea es de estructuras. No creo que tu profesor quiera un sauce llorón en medio de un rascacielos.
—Los sauces llorones son estructuralmente fascinantes —protesté, y ambas reímos.
Así pasó la siguiente hora. Ella explicando, yo fingiendo que entendía, los dos compartiendo la limonada y ese espacio tan pequeño que hacía que cada movimiento fuera un riesgo. Ella señalaba algo en el papel y yo miraba sus manos. Ella hablaba de cargas y vigas y yo miraba sus labios. Ella reía y yo quería grabar ese sonido para siempre.
—¿Me estás escuchando? —preguntó de repente, con una sonrisa traviesa.
—Claro —mentí—. Cargas. Vigas. Concreto armado. Todo claro como el agua.
—Mentiroso —me empujó suavemente el hombro—. Llevas diez minutos mirando mis manos.
Mi corazón dio un vuelco.
—No es verdad —mentí otra vez, pero el rubor que me subió por el cuello me delató.
Ella sonrió. Esa sonrisa suya, la que guardaba solo para mí. O eso me gustaba creer.
—Tranquilo —dijo, y su voz se volvió más suave—. Suele pasar, a veces también me distraigo.
—¿Con qué?
Me miró. Directo a los ojos y por un instante, solo un instante, sentí que había algo en su mirada que iba más allá de la amistad.
—Con otros intereses… —respondió, y apartó la vista demasiado rápido—. Sigue con lo tuyo.
Pero yo ya no podía seguir con lo mío. Porque en ese instante, en esa mirada fugaz, había visto algo que encendió todas las alarmas de mi corazón.
“Quizás”, pensé, “quizás ella también siente algo. Quizás no estoy solo en esto.”
La tarde cayó sobre nosotros mientras repasábamos estructuras y cimentaciones. Yo no aprendí nada de arquitectura. Pero aprendí algo más importante: que estar cerca de ella era lo único que necesitaba para ser feliz. Que su voz, su risa, su olor, su presencia, eran todo lo que mi corazón pedía.
Y que después de lo que había visto en esa habitación, estaba perdido. Totalmente, irremediablemente, perdido. Y por primera vez, no me importaba.
—Creo que ya voy entendiendo —dije, señalando los garabatos que había hecho—. ¿Ves? Aquí puse la viga maestra, y aquí los pilares de carga. ¿Voy bien?
—Vas mejor que bien —sonrió ella, y su aprobación valía más que cualquier nota—. Parece que mi método funciona.
—Tu método es sentarte tan cerca que no puedo pensar —soltó mi boca sin permiso.
El silencio cayó entre nosotros como un ladrillo.
Ella me miró. Yo la miré. El aire se volvió denso, eléctrico, cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir.
—Samuel… —empezó, pero no terminó.
Porque en ese momento, la puerta se abrió. Papá entró en el despacho con su paso firme, su presencia imponente, esa forma que tenía de llenar cualquier espacio sin pedir permiso. Llevaba un delantal medio puesto —algo tan absurdo que habría sido cómico en cualquier otra circunstancia— y manchas de harina en las manos.
—¿Siguen con eso? —preguntó, acercándose a la mesa.
Su mirada recorrió los apuntes, los planos, los vasos de limonada. Y luego, casi sin querer, se detuvo en Valeria. Solo un segundo. Lo justo para que yo lo notara.
—Estamos repasando estructuras —dije, más alto de lo necesario, como si quisiera reclamar su atención—. Ella me está explicando lo de las vigas de carga.
Papá asintió, pero su mirada seguía en ella. En la camisa azul marino que llevaba puesta.
—Bien —dijo al fin, y sus ojos volvieron a mí—. Vas por buen camino, Samuel. Sigue así.
Y eso fue todo. Una frase. Dos segundos. Luego dio media vuelta y se fue hacia la cocina, a preparar la cena, a seguir con su vida.
Pero yo me quedé ahí, con sus palabras resonando en mi cabeza. Vas por buen camino. ¿Qué camino? ¿El de la arquitectura? ¿O algún otro que yo no conocía?
Miré a Valeria. Ella estaba viendo la puerta por la que papá había desaparecido, con una expresión extraña en el rostro. Algo que no supe descifrar.
—¿Val? —llamé.
Ella parpadeó, volvió a mí, y su sonrisa reapareció como si nada hubiera pasado.
—¿Sí?
—¿Sigues conmigo o te perdiste en tus pensamientos?
—Contigo —dijo, y su mano rozó la mía sobre la mesa—. Siempre contigo.