VALERIA
Se retira con un brillo tan lindo en sus ojos, tan puro, que por un momento olvido respirar. Camina hacia el fondo del pasillo, hacia el baño, y yo me quedo ahí, apoyada en el marco de la puerta, viéndolo alejarse con esa mezcla de ligereza y deseo que lo caracteriza.
La puerta se cierra entre nosotros con un clic suave.
Me quedo sola en la habitación. La luz de la tarde entra por la ventana, pintando de dorado las sábanas blancas de la cama. Me llevo la camisa de Damián a la nariz y cierro los ojos. Inhalo profundo. Ese olor salino, oscuro, a hombre y a café y a algo más que no puedo nombrar. Algo que me despierta un calor húmedo y familiar en el vientre.
Una sonrisa pícara se dibuja en mis labios.
Camino hacia la cama con la lentitud de quien saborea cada segundo. Dejo la camisa extendida sobre el edredón blanco, como una ofrenda, como una promesa. Luego, con movimientos pausados, me quito el vestido mojado dejando al descubierto mi ropa interior empapada. Me miro en el espejo de cuerpo entero.
Tomo la toalla y empiezo a secarme. El roce del algodón contra mi piel es una caricia, un anticipo. Paso la toalla por mis brazos, por mi cuello, por el vientre, por los muslos. Cada movimiento es lento, deliberado, como si alguien me estuviera mirando.
En ese momento, mi teléfono suena. Es Sofía.
—Hola —respondo, apoyando el teléfono entre el hombro y la oreja mientras sigo secándome—. Te estuve llamando y no contestabas. ¿Ya estás en el rancho?
—Sí —digo, mirándome al espejo—. Acabo de llegar.
—¿Y cómo van las cosas? —su voz tiene ese tono cómplice de quien lo sabe todo.
—Difíciles —admito—. Pero viento en popa.
—¿Sigue resistiéndose? —pregunta Sofía, y en su voz hay esa mezcla de complicidad y advertencia que solo una amiga de verdad puede tener.
Me miro al espejo mientras sujeto el teléfono entre el hombro y la oreja.
—Sí —sonrío, y mi propia imagen me guiña un ojo cómplice—. Pero definitivamente se muere por caer. Hoy estuvo tan cerca, Sofía. ¡Dios! Fue sensacional.
Mi voz se eleva al final, un susurro emocionado que delata todo lo que no digo. El lápiz de grafito. La línea imaginaria sobre mi piel. Su cuerpo contra el mío. La erección presionando mi vientre. El momento exacto en que el mundo desapareció y solo quedamos nosotros dos, suspendidos en el vértigo de lo prohibido.
—Cuidado con el fuego, amiga —advierte Sofía, y su tono se vuelve serio—. Las obsesiones nunca traen nada bueno.
—No es obsesión —protesto, apartando la mirada del espejo, incómoda de repente con lo que veo—. Es amor, deseo, pasión.
—Sí, te creo —responde, pero al final de la frase se le escapa una risa. Pequeña, traviesa, burlona.
Me giro hacia la cama, hacia la camisa azul marino de Damián que sigue extendida sobre el edredón blanco. La acaricio con la mirada, con la memoria.
—¿A qué viene esa risa, Sofía? —pregunto, y mi voz tiene un dejo de desafío.
—A que quieres perder tu juventud siguiendo a un anciano —responde, y la risa se hace más evidente—, cuando hay tantos jóvenes que se mueren por estar contigo. Chicos de verdad. Con futuro. Con energía. Con menos arrugas y menos equipaje emocional.
—No se puede mandar en el corazón —digo, y la frase sale más seria de lo que esperaba—. Y exageras al decir que es un anciano. Es un hombre maduro, guapo, atractivo, elegante. Con esa seguridad que solo dan los años y las batallas ganadas, con esas manos que saben lo que hacen. Con esa boca que…
—Vale, vale —me interrumpe Sofía, riendo—. Rico, que cumple tus caprichos, pero no olvides que es amigo de tu padre. Eso no es un "pequeño defecto", Val. Es un muro. Con mayúsculas.
—Un pequeño defecto —repito, y mi voz es un susurro— que pronto cambiará.
El silencio de Sofía al otro lado de la línea es denso, cargado de cosas que no dice pero que ambas sabemos.
—Val —dice al fin, y su voz ha perdido toda broma—. Recuerda que no están solos.
—Lo sé.
—Samuel está ahí. Solo digo que tengas cuidado —susurra ella— El fuego quema, Val. Y cuando quemas a otros, a veces terminas quemándote a ti misma.
Miro hacia la pared que separa mi habitación de la de Samuel. Escucho, o imagino escuchar, sus pasos al otro lado.
—Lo tendré en cuenta.
En ese momento, llaman a la puerta. Tres golpes suaves, educados.
Me envuelvo rápidamente en la toalla, ajustándola justo por encima del pecho. Abro la puerta.
Es Samuel, de pie en el umbral, con el secador de pelo en la mano.
—Gracias —murmuro, alargando la mano para tomar el secador.
Pero cuando extiendo el brazo, la toalla cede. Se desliza rápidamente por mi piel, cayendo al piso.
Él mira. No puede evitarlo en unos segundos me recorre de arriba abajo.
Me agacho rápidamente, un movimiento instintivo de pudor, y recogo la toalla del suelo. Él se da la vuelta al mismo tiempo, un giro brusco, casi violento, como si el esfuerzo de no mirar le costara cada fibra de su ser.
—Lo siento —dice, y su voz está rota, áspera, irreconocible—. No vi nada. Te lo juro.
Pero los dos sabemos que es mentira.
Cierro la puerta de inmediato. Apoyo la espalda contra la madera, respirando hondo, sintiendo el corazón desbocado por la vergüenza.
—¿Qué fue eso? —pregunta Sofía, porque no he colgado.
—Nada —susurro.
—Era Samuel, ¿verdad?
—Sí —respondo—. Luego hablamos. Estoy ocupada.
Cuelgo antes de que pueda decir algo más. La puerta vuelve a sonar. Tres golpes suaves.
—Val…
—Estoy bien —digo, sin moverme.
—Val, ¡por favor!… —su voz al otro lado, grave, contenida, hundida.
Abro la puerta. Solo una r*****a, asomo la cara, sujetando la toalla con fuerza contra mi pecho.
—No pasa nada, Samuel —dijo, y mi voz sale más firme de lo que esperaba—. En serio, estoy bien.
Él me mira. Sus ojos están desolados, tormentosos, llenos de un deseo que no puede expresar y una culpa que lo devora.
—No vi nada —repite —. Solo quería…
—Te creo —miento —No pasa nada. Todo bien— sonrio.
Se da la vuelta para irse. Y entonces, cuando ya está a unos pasos, lo detengo.
—Samuel…
Se gira.
—¿Tienes un short que me prestes? —pregunto—. Mientras se seca mi ropa interior.
La palabra "interior" flota entre nosotros como un secreto. Como una confesión. Como una promesa.
Él traga saliva. Asiente. Una, dos veces.
—Sí —dice, y su voz es un susurro—. Ya te lo traigo.
Cierro la puerta y apoyo la espalda contra la madera fría y dejo caer la cabeza hacia atrás, mientras mis ojos se clavan en el techo blanco.
—¿Por qué me pasan estas cosas a mí? Hubiera sido perfecto si en vez de Samuel hubiera sido Damián el que me mirara. Qué vergüenza —gimo, y me cubro la cara con las manos.