Capitulo 24

1295 Words
DAMIAN La oficina de Marcos es un caos ordenado de papeles, expedientes y tazas de café a medio terminar. Llevo veinte minutos esperando mientras él termina una llamada. Cuando por fin cuelga, me mira aliviado, borrando esa expresión de angustia mientras hablaba por teléfono. —Damián —dice, recostándose en su silla—, disculpa la demora. A veces hay asuntos que no deben dilatarse y debo tratarlos así esté en el baño. —No te preocupes —respondo con una sonrisa—. Conozco bien esos asuntos. —Dime —se inclina hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio—, ¿a qué debo tu visita repentina? —¿No te alegra verme? —pregunto, arqueando una ceja con fingida indignación. —Me alegra verte siempre —asegura, pero sus ojos me escrutan con curiosidad—. Solo que no sé por qué hoy siento que estás muy misterioso. —Es que es un tema inesperado de tratar como amigos. —¿Y qué puede ser? Respiro hondo. Este es el momento. —Pasa que estoy enamorado —digo, y las palabras salen más fáciles de lo que esperaba—. Y quiero contárselo a mi mejor amigo. —¿Enamorado? ¿Tú? Después de tantos años de viudez emocional, ¿al fin? —Sí —respondo—. Durante algunos años me he sentido atraído por una mujer. Pero tenía miedo. Miedo de arruinarlo, miedo de lo que dirían, porque es una mujer joven. Pero lo que más temía era reconocer mis propios sentimientos. Finalmente decidí darme una oportunidad. —Ya era tiempo —dice Marcos, y su sonrisa se ensancha—. Eres un hombre exitoso, Damián. Te mereces ser feliz. —En efecto, me lo merezco —respondo, dejando que el orgullo tiña mis palabras—. Cualquier mujer estaría más que feliz a mi lado. Y la familia de ella también. ¿No lo rees? —Por supuesto, amigo. —Se levanta y va a servir dos vasos de whisky—. Cualquiera estaría feliz de tenerte en su familia. Y si esa mujer tiene hijos, sé que tendrán un futuro asegurado. Me entrega el vaso. Brindamos. El hielo tintinea contra el cristal. —Me halagas —digo—, pero mi bella damisela no tiene hijos. Es soltera. —Eso es mucho mejor —responde, dando un sorbo—. A veces los hijos de otros son complicados. Río unos segundos antes de beber. El whisky quema bien, calienta el pecho, afloja los nervios. —¿Sabes? —digo, recostándome—. Me siento rejuvenecido. Bernardo y Hugo creen que exagero cuando les hablo de ella. Pero es inevitable sentirse tan vivo. —¿Así que se lo contaste a ellos y no a tu mejor amigo? —pregunta, con un dejo de reclamo juguetón—. ¿Desde cuándo estás saliendo con ella? —En realidad la conozco desde hace unos años —admito—. Pero había reprimido mis deseos de acercarme por la edad. —Sin duda esa joven es especial —dice Marcos. —No te imaginas cuánto —respondo, mirándolo fijamente—. Dime, Marcos. ¿Tú estarías con una mujer de la edad de tu hija? Él suelta una risa corta. —No me ha pasado que alguna jovencita se vuelva loca por mí. —Quizás es porque siempre andas amargado —bromeo—. Si sonrieras más, serías un éxito con las chicas. Levanta el vaso y ríe una vez más. Se sienta en su silla, acomodándose. —Puede ser —admite—. Pero no estaría cómodo besando a una jovencita… Lo siento, creo que no soy de mente tan abierta como tú. —No es cuestión de mente abierta —corrijo—. Es cuestión de escuchar al corazón. —Puede ser. —Da otro sorbo, más largo—. Y a todo esto… ¿quién es ella? ¿La conozco? —Sí —digo, y mi voz se mantiene firme—. La conoces muy bien. —¿La conozco? —repite, divertido—. No tengo idea. Hay muchas posibles candidatas —bromea. —Es Valeria —suelto al fin. El nombre cae como una bomba. —Tu hija —continúo—. Valeria y yo nos enamoramos. En tres días vamos a formalizar nuestra relación. Y es muy posible que nuestra boda sea de las que más se hablen por muchos años. Marcos se queda inmóvil. Su rostro pasa de la curiosidad a la confusión, luego a la incredulidad, finalmente a algo que parece un ataque de nervios contenido. —¿Qué? —logra articular. —Valeria y yo —repito, midiendo cada palabra—. Nos amamos. Marcos se levanta de golpe. La silla rueda hacia atrás y choca contra la pared con un estruendo que retumba en toda la oficina. —Damián… —dice—. ¿Me estás diciendo que tú y mi hija…? —Sí. —Me mantengo sereno, impasible—. ¿Tiene algo de malo que un hombre soltero, solvente y de bien, se enamore de una mujer más joven como ella? —¡Eso no tiene nada de malo! —estalla—. ¡Pero es mi hija, carajo! —En el amor no se puede elegir —respondo con calma—. Eso lo sabes perfectamente, amigo. —¡Esto debe ser una maldita broma!. ¡Estoy soñando! ¡Tú no estás aquí! —No exageres, Marcos —digo, bebiendo un trago largo y dejando el vaso sobre su escritorio con un golpe seco—. Nos amamos. En tres días cenaremos en familia para formalizar nuestro noviazgo. Y está de más decir que no tienes permitido oponerte. —¿De qué mierda hablas? —gira hacia mí. —Marcos, Marcos —digo, con una sonrisa lenta—. Parece que no estás entendiendo tu posición. Hasta hace unas horas estaba preocupado por revelarte mis sentimientos por Valeria. Pero después de hablar con Hugo y Bernardo, recordé un detalle insignificante de hace unos años… y todo cambió. —¿Vas a usar eso para robarte a mi hija? —su voz tiembla de rabia. —No lo digas así, se escucha tan feo. —¡Eres un maldito miserable! —Los errores son tuyos —digo, y mi voz se vuelve más dura—. Las consecuencias se tienen que afrontar. Y Valeria ya es una mujer que puede elegir. Y eligió estar conmigo. ¿Por qué? Quizás porque su padre nunca estuvo presente en su vida. —¡Maldito degenerado! —grita, dando un paso hacia mí—. ¿Desde cuándo veías a mi hija como una presa? —No soy un degenerado —respondo, impasible—. Empecé a mirarla y a aceptar sus muestras de amor y deseo desde que se hizo mayor de edad. Eso es todo. Me levanto lentamente. Acomodo mi corbata, estiro los puños de mi camisa. —Ahora, si me disculpas —dijo, caminando hacia la puerta—. Debo irme. Tengo un viaje que hacer. Ya tengo todo planeado para dentro de tres noches. No quiero que arruines la sorpresa. —¡Damián! —grita detrás de mí. Me detengo en la puerta. Me giro lentamente. —¿Sí? —Eres un maldito hijo de puta —escupe, y cada palabra es un puñal—. ¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Creí que éramos amigos? —Y lo somos —respondo, manteniendo la calma—. Por eso no dije nada de… —hago una pausa, dejo que el silencio haga su trabajo— tu pequeño gran error del pasado. Debes ser más agradecido. Salgo de su oficina escuchando el estruendo del vaso estrellándose en la pared.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD