VALERIA
El teléfono vibra en mi bolso. Es un mensaje de Damián.
"Amor, lamento informarte que tengo un viaje urgente. Un proyecto inesperado en la costa que nos beneficia a ambos. Salgo ahora mismo, pero vuelvo en un par de días. Apenas regrese, reprogramamos la cena con tu padre. Te amo. Discúlpame. Y no le digas nada porque será una sorpresa."
Me quedo paralizada en medio del centro comercial.
—¿Qué pasó? —pregunta Sofía.
—Algo bueno, la cena se cancela —digo, mostrándole el teléfono—. Damián tiene un viaje urgente.
Sofía lee el mensaje de Damián y luego me mira con esa expresión suya que todo lo sabe.
—Es lo mejor por ahora —dice.
—Lo es —susurro, guardando el teléfono en el bolso.
Pero mi mente ya no está en Damián. Mi mente voló hacia mensaje de Samuel y esa invitación a ver el ensayo de la banda. Y yo aquí, con este anillo en el dedo, con esta noticia que aún no sé cómo darle.
—¿Sucede algo? —pregunta Sofía, inclinándose para verme mejor—. De pronto pareces desconectada del mundo.
—Samuel me invitó a ver su ensayo —digo, y las palabras salen solas—. En casa de Lucas. Y… no sé si deba ir.
Sofía guarda silencio un momento. Luego habla con una calma que agradezco.
—Creo que es mejor que se entere por ti —dice—. No por boca de tu padre.
—No sé cómo decirle, Sofi —admito, y la angustia me aprieta el pecho—. Es muy difícil. No creo que tenga el valor para romperle el corazón de esta manera.
—Pues sí —suelta una risa corta, irónica—. Es muy difícil saber que tu mejor amiga se va a convertir en tu madrastra. Las emociones se bloquean, los sentimientos se confunden, y casi siempre terminamos odiando a las madrastras.
—¿Eso fue sarcástico? —pregunto, mirándola de reojo.
—Por supuesto que sí —ríe, y su risa me contagia aunque sea por un instante—. Pero en serio, Vale. Tienes que hablar con él. Merece saber la verdad. Y tú mereces cerrar ese capítulo como se debe, no con secretos y silencios.
Suspiro. Miro el anillo en mi dedo. Miro el teléfono con el mensaje de Samuel aún sin responder.
—Todo saldrá bien —dice Sofía, poniendo una mano sobre la mía—. ¿Quieres que te acompañe?
—¿Lo harías? —pregunto, y en mi voz hay una súplica apenas disimulada.
—No tengo nada mejor que hacer —sonríe, con ese entusiasmo suyo que siempre logra sacarme una sonrisa—. Además, quiero conocer a esa banda de la que tanto hablas.
Subimos al auto. Mientras me alejo del centro comercial.
—Tú conoces a todos los de la banda, ¿verdad? —pregunta Sofía, acomodándose en el asiento.
—Sí, pero nunca los he escuchado tocar —admito—. Dicen que son buenos. Y estoy segura de que no se equivocan.
—Samuel es talentoso —dice, y no puede evitar sonreír—. Lo he escuchado cantar en la universidad, en reuniones, en momentos improvisados. Tiene una voz que… no sé cómo explicarlo. Te llega.
—¿Así? —pregunto, divertida.
—Y no es por nada, pero casi todas sus compañeras suspiran por él.
—Es muy guapo —admito—. Y tierno. Tiene esa mezcla de hombre y niño que… bueno, que desarma.
—Lo he tratado poco —dice—. Pero siento que lo conozco de toda la vida.
—Samuel es un ángel. Es fácil de amar. Digo, fácil de querer— sonrio— como amigo claro está.
Unos momentos después llegamos a casa de Lucas. La música se escucha desde la calle: tambores, bajos, guitarras, una mezcla de ritmos que invita a entrar. El garaje está iluminado, abierto de par en par, y desde afuera se ven las siluetas moviéndose al compás.
Estacionamos. Bajamos. Ahí Lucas en la batería, Gael en el teclado, Bastian en el bajo, y Samuel…
Samuel con la guitarra, cantando. Cuando nos ve, su rostro se ilumina como si alguien hubiera encendido todas las luces del lugar. Deja la guitarra apoyada contra el amplificador y se acerca con pasos rápidos.
Primero saluda a Sofía. Un abrazo rápido, educado, el de quien saluda a la amiga de la persona que realmente le importa.
Luego se gira hacia mí.
—Viniste —dice, y sus ojos brillan con una intensidad que me desarma.
—Claro que sí —sonrío, aunque por dentro tiemblo.
Me abraza. No es un abrazo cualquiera. Es un abrazo largo, profundo, de esos en los que el cuerpo se funde con el otro, en los que el tiempo se detiene, en los que el mundo desaparece. Aprovecha que Sofía está distraída mirando a la banda y acerca sus labios a mi oído.
—Te amo, princesa —susurra.
El corazón me da un vuelco tan violento que creo que va a salirse de mi pecho.
Cuando nos separamos, él sonríe.
—Te va a encantar —dice—. Vamos, siéntense, ya vamos a empezar la siguiente canción.
Regresa al escenario. Toma la guitarra y la banda empieza a tocar.
Me siento junto a Sofía, con el corazón dividido y la conciencia pesando, solo puedo pensar en una cosa:
¿Cómo voy a decirle la verdad a este hombre que me mira como si yo fuera la única mujer en el mundo?
Y entonces, mientras canta, me mira. No aparta la vista de mí en toda la canción. Sus ojos me buscan, me encuentran, me sostienen. Y yo no puedo dejar de mirarlo. Es magnético, es hermoso, es todo lo que Damián no es.
Sofía se acerca y me susurra al oído:
—Suenan increíbles—dice grabándolos con su teléfono—serán un boom en la red.
Asiento, sin poder hablar.
—Lo sé —susurro.
La canción termina. Samuel sonríe, me guiña un ojo, y la banda empieza otra.
Después del ensayo, lucas nos invita a pasar al interior donde parece que habían preparado una larga velada con luces de colores, música y bebidas variadas.
Pedimos cervezas. La conversación fluye fácil. Lucas cuenta anécdotas divertidas de la banda, Sofía se ríe con ganas, Samuel no se separa de mi lado.
En un momento, suena una canción bailable. Sofía se levanta de repente.
—¡Bailar! —anuncia—. Necesito bailar.
Lucas la mira, sonríe, y se levanta también.
—¿Me concede este baile, señorita?
—Por supuesto, caballero —ríe Sofía, y se deja llevar.
Pronto están los dos en medio del pequeño espacio, bailando, riendo, claramente disfrutando el momento. Lucas la hace girar y ella estalla en una carcajada que llena el lugar.
—Se llevan bien —comenta Samuel, observándolos.
—Demasiado bien —digo, y sonrío.
Samuel se gira hacia mí. Sus ojos están más cerca de lo que recuerdo.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿No bailas?
—No soy muy buena —admito.
—No importa —dice, y me ofrece la mano—. Baila conmigo.
Tomo su mano. Nos levantamos. No vamos al centro de la pista, nos quedamos en un rincón, más cerca de lo que sería necesario para bailar una canción lenta.
Samuel me rodea la cintura con un brazo. Yo apoyo las manos en sus hombros. Nos movemos lentamente, sin prisa, sin necesidad de hablar.
—Gracias por venir —susurra.
—Gracias por invitarme.
—Pensé que no ibas a poder.
—Casi no puedo —admito—. Pero las cosas cambiaron.
No preguntó más, solo bailamos.