CAPÍTULO DIEZ Emmeline quería poner la mayor distancia posible entre el Niño Dorado y ella. Caminó pisando fuerte a través del campo de trigo retumbando sobre dioses engreídos y sus formas volubles. El trigo pronto dio paso a los pastos y su estado de ánimo se calmó. Si hubiera echado una mirada atrás, habría visto el trigo dorado resplandeciente evaporarse hacia la nada. Emmeline aceleró el paso en la festuca baja de los pastos mientras su mente regresaba a las circunstancias terribles que la habían llevado a embarcarse en este viaje fatídico. Caminaba, perdida en sus pensamientos, sin siquiera darse cuenta cuando los pastos abrieron camino a colinas bajas salpicadas de pinos jóvenes esporádicos y robles y nogales ocasionales. A medida que las colinas se elevaban, Emmeline podría haber

