Ellie no sabía cómo había terminado en esta situación. Allí estaba, petrificada, clavándole la mirada a un tipo que parecía salido de una revista de lujo. Solo escuchar su nombre le daba escalofríos. Castellano, como un sello de autoridad.
—¿No nos conocemos ya, señorita...? —soltó él con voz grave y mirada calculadora.
Ella, sintiendo el calor subirse a las mejillas, echó un vistazo a la mano que él le extendía. Por mera cortesía, la tomó; su apretón era tan firme que parecía traspasarla.
—Ellie Morgan —respondió ella con la voz más baja que un susurro, evitando cualquier contacto visual.
Sus ojos sobre ella la hacían sentir más pequeña de lo que era. Ese hombre tenía algo en la mirada, algo que te paralizaba. Después de un instante que pareció eterno, finalmente soltó su mano.
—Parece que ya conoces al señor Reid —murmuró Castellano, sin despegar los ojos de ella—. Su nuevo compañero de trabajo —añadió, como si no le importara un comino.
Ellie apenas asintió, tragándose su incomodidad. Ese hombre irradiaba autoridad; hasta su sonrisa arrogante era difícil de ignorar.
—Ustedes dos trabajarán conmigo —continuó él, con tono definitivo—. Como soy el co-jefe aquí, nos veremos bastante.
Daniel, el típico tipo amigable que cae bien a todos, intervino con tono relajado:
—¿Y qué tipo de tareas estaremos manejando?
Castellano apenas giró la cabeza, como si la pregunta le diera pereza.
—Ya se enterarán. La señorita Miller los pondrá al día. Yo no tengo tiempo para eso —y con eso, se largó como si no tuviera más que decir.
Pero Ellie se quedó helada. Por mucho que ese hombre la sacara de quicio, solo podía pensar en una cosa: maldita sea, cómo le queda ese traje.
Trató de recuperar el ritmo después de semejante encuentro, pero ¿a quién quería engañar? Su cabeza era un desastre y no pudo enfocarse en nada. Para colmo, el hecho de que Castellano fuera hijo del CEO no ayudaba; al contrario, empeoraba la situación.
—¿Todo bien? —preguntó Daniel al rato, sacándola de sus pensamientos.
—Sí... solo estoy teniendo un día complicado —mintió ella, intentando sonreír.
—Bueno, todos los tenemos. Voy por un café, ¿quieres uno? —le ofreció con su habitual amabilidad.
—No, gracias.
Daniel era un buen tipo.
Unas horas después, Ellie recogió sus cosas. Daniel ya no estaba en la oficina; había salido antes por algo personal. Le dejó una notita rápida y tomó el ascensor.
Cuando estaba a punto de salir del edificio, el celular vibró: un mensaje de Daniel.
—“Para la próxima vez te invito a comer para celebrar nuestra alianza laboral. Daniel.”
Sonrió, respondiendo de inmediato. Tan absorta estaba en su mensaje que no se dio cuenta de que tropezaba con alguien.
—¡Ay, lo siento mucho! —exclamó, alzando la vista... y congelándose.
Era él otra vez. Castellano.
El tipo la escaneó de arriba abajo, con una mirada que quemaba. Luego fijó los ojos en su teléfono, frunciendo el ceño.
—Deberías mirar por dónde caminas —dijo seco, con ese tono gélido —. No querrás hacerte daño.
Sin más, se giró y salió del edificio, dejando el eco de sus pasos. Ellie lo siguió con la mirada, suspiró frustrada y volvió al celular.
Ya en el estacionamiento, buscó sus llaves mientras escuchaba risas. ¿Y ahora qué? Levantó la cabeza y allí estaba: un lujoso coche n***o de millonario. Apoyado contra él, Castellano, por supuesto.
Una joven rubia, obviamente encantada, soltaba risitas mientras él sonreía.
Ellie puso los ojos en blanco, finalmente encontró las llaves y se subió a su coche. Al pasar junto al escenario, sintió la mirada del hombre en su nuca. Aunque intentara ignorarlo, ese tipo no se lo pondría fácil.
*
Llegar a casa después de un día infernal era su pequeño paraíso. Apenas cruzó la puerta, Ellie lanzó los tacones al aire y se enfundó en un pants holgado y una camiseta vieja que amaba. En cuestión de minutos, el maquillaje quedó borrado de su cara, y su cabello, que llevaba todo el día prisionero, cayó en una melena desordenada o a veces en una trenza chueca, de esas que solo te haces para estar cómoda.
Con la barriga gruñéndole, metió la pizza fría del día anterior en el microondas. "Al menos es pizza", pensó, aunque un segundo después su mente la traicionó. Ningún pedazo de masa con queso podía compararse con la comida de su madre.
Se sentó frente a la tele, tirada, mordisqueando la pizza y viendo una telenovela que no pudo ser más absurda.
—Pero, ¿de qué lloras, mija? —bufó Ellie, hablando sola—. Si lo engañaste, no esperes que te aplauda.
Rodó los ojos mientras la protagonista sollozaba con una desesperación casi cómica.
—Encima tiene a un novio y ni lo valora —dijo, acomodándose en el sofá.
Cuando el reloj marcó las doce y el aburrimiento ya era insoportable, Ellie decidió darse una ducha. Rápida y tibia, lo justo para despejarse. Se lanzó a la cama, exhausta.
Por alguna razón inexplicable, su mente regresaba a ese preciso momento: Marco Castellano apoyado en su coche, sonriendo descaradamente a aquella rubia.
—Me da igual, ¿ok? —se dijo en voz baja, girándose a la derecha.
Mentira. No le daba igual. Esa sonrisa coqueta, esa pose de modelo improvisado, seguía taladrándole la cabeza.
—¡Argh! —gruñó, frustrada, girándose otra vez y terminando por sentarse en la cama.
Un minuto después, Ellie hizo lo que juró nunca hacer: stalkear a su jefe. Agarró el celular y empezó su búsqueda. ¿Cuántos Castellano pueden existir? Resultó que no muchos, porque en menos de cinco minutos su perfil apareció.
—Ajá, lo tenemos... —susurró con una emoción.
Por pura suerte, o desgracia, su cuenta estaba abierta. Y allí estaba: el señor Castellano, dueño de trajes perfectos y un rostro hecho a mano por los dioses. Fotos tras fotos, poses tan naturales que parecía sacadas de una revista.
—¿Es modelo o qué? —murmuró, deslizando con un dedo más rápido.
Pero entonces vio algo que le quitó la respiración. Una foto en particular: él sonriendo junto a una mujer espectacular. La imagen estaba tomada de perfil, pero la perfección de la chica era imposible de ignorar. Solo ver una parte de su rostro ya daba rabia.
—¿Y esta quién es? —soltó sin darse cuenta, sintiendo un pequeño nudo en el estómago.
Y justo cuando su dedo se acercó para ampliar la foto, pasó la tragedia: le dio like.
—¡NOOO! —gritó Ellie, tirando el móvil en la cama como si le quemara las manos.
Un sudor frío le recorrió la espalda. Su corazón latía tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho.
—¡¿Y ahora qué hago?! —se lamentó, revolviéndose entre las sábanas—. ¡Por idiota!
El daño ya estaba hecho. El señor Castellano Jr. probablemente ya tenía una notificación de su "fan número uno".
—Tierra, trágame... —murmuró, escondiendo la cara en la almohada y deseando que todo fuera una pesadilla.