Ellie estaba en llamas.
Literalmente. El celular voló de su mano como si tuviera fuego.
—¡Mierda, mierda, mierda! —gritó, más roja que un tomate.
Seguro ya lo vio. ¿Por qué rayos abrió esa foto? Su cerebro hizo una pausa dramática.
¿Se puede estar más avergonzada en la vida?
Miró el móvil que yacía en el suelo, recuperándolo con cuidado.
—¿No lo habrá notado? —murmuró esperanzada, aunque su corazón le golpeaba las costillas.
Después de muchos pensamientos paranoicos, el cansancio le ganó la batalla y se quedó dormida.
*
La mañana siguiente no fue mucho mejor.
Caminando como zombie, Ellie entró en la oficina que compartía con Daniel, su compañero de trabajo.
—¡Buenos días, Ellie! —la saludó él, escribiendo en la computadora.
—Buenos días… —respondió, con la voz arrastrada y el pelo en rebelión.
Daniel, con su humor habitual, le lanzó una pulla:
—Uff, alguien es un monstruo mañanero, ¿eh?
Ellie lo fulminó con una mirada que pretendía ser seria, pero el bostezo que vino después la delató. Ambos soltaron una carcajada.
—Voy a por café. ¿Te traigo uno? —le ofreció, colgándose la chaqueta.
—Por favor, Ellie, ¡sálvame la vida! —bromeó él.
La cocina del pasillo parecía un refugio. Ellie esperó a que la cafetera hiciera su magia, tamborileando los dedos sobre la encimera.
Sacó la leche de la nevera y sirvió el café en dos tazas.
De repente, una mano desconocida atrapó una de ellas.
—Gracias.
Una voz grave, tan cercana que le erizó la piel, resonó en su oído.
Se quedó petrificada. Lentamente, giró la cabeza para descubrir quién osaba invadir su espacio personal.
Ahí estaba. Un par de ojos oscuros y penetrantes la miraban con intensidad fría, pero hipnotizante.
—Si quieres mis fotos, solo pídelo —le susurró él, tan cerca que podía sentir su aliento—. Te puedo dar una para que no tengas que buscarlas en sitios...
Ellie abrió la boca, pero no salió ni un sonido. ¿Fotos? ¡¿Qué fotos?!
—No… no… no entiendo de qué hablas… —jadeó, sintiendo su cara explotar en llamas.
Él solo sonrió, un gesto tan provocador como peligroso, y salió de la cocina con la taza de ella en la mano.
—¡Ese era mi café! —susurró con frustración, pero no se atrevió a decirlo en voz alta.
*
La tarde fue un caos más normal.
Daniel terminó su jornada y le ofreció acompañarla:
—¿Te espero?
—No hace falta. Nos vemos en el bar —respondió Ellie, acomodando su escritorio.
—Vale, no tardes.
Unos minutos después, Ellie seguía trabajando, perdida entre papeles. Pero entonces, la voz del jefe retumbó como un trueno:
—Señorita Morgan, ¿piensa ignorarme todo el día?
Levantó la cabeza de golpe. En la puerta estaba el señor Castellano, el mismo ladrón de cafés. Y maldito sea, qué bien se veía.
—¿Eh? ¿Perdón? —balbuceó, totalmente confundida.
—Le pregunté si puede encargarse de estos documentos —dijo él, con voz firme y mirada que no aceptaba excusas.
Ellie echó un vistazo al reloj. ¡Era casi hora de salir!
—Es que… ya estoy por terminar mi turno. Tengo una cita —intentó explicarse, lo más educada que pudo.
Los ojos del jefe brillaron como si hubiera mencionado una palabra prohibida.
—Pues cancélala. Te quedas aquí.
Y con eso, Castellano desapareció por el pasillo, dejando a Ellie boquiabierta y con ganas de tirar algo por la ventana.
—¿Es en serio? —susurró, agarrando el móvil y escribiendo a Daniel: “No hay reunión, mi jefe decidió arruinarme el día.”
Después de acabar el trabajo, no tuvo más remedio que ir a buscarlo. Con pasos nerviosos y un nudo en el estómago, llegó a su despacho. Golpeó la puerta con suavidad.
—Adelante.
Al entrar, el despacho la intimidó. Era grande, elegante y lleno de detalles que gritaban poder. Castellano estaba de pie, observándola como si pudiera leer su mente.
—Aquí están los documentos —dijo, acercándose con pasos calculados.
Ellie intentó recogerlos sin temblar, pero el ligero roce de sus dedos con los de él la hizo saltar por dentro.
—Cuando termines, vuelve —ordenó él, tan tranquilo.
Ellie asintió y salió casi corriendo, sintiendo que la mirada de su jefe le taladraba los hombros.
Ese hombre era un peligro.
*
Las horas caían como plomo.
Ellie sentía que el tiempo avanzaba en cámara lenta mientras su pila de documentos parecía burlarse de ella. Dos horas extras y apenas había despachado la mitad.
—¡No más! —murmuró, lanzando su pluma sobre el escritorio. Mañana será otro día.
Con una determinación, recogió los papeles y marchó hacia el despacho del jefe con pasos firmes. Esta vez no iba a temblarle la voz ni el pulso. Golpeó la puerta con autoridad y, cuando escuchó el maldito “pase”, entró como quien está lista para pelear.
—¿Lista, señorita Morgan? —preguntó él, arqueando una ceja con fastidio.
—No. —Su voz salió firme y sin titubeos—. Terminé la mitad. Solo vengo a avisarle que continuaré mañana. Hoy ya di suficiente.
El silencio que siguió fue tan denso que Ellie casi sintió ganas de dar un paso atrás. Pero no lo hizo. Su jefe la miraba. De pronto, su expresión se endureció, y las venas de sus manos se marcaron al cerrarlas en puños.
—¿Qué? —murmuró Ellie para sí, inquieta.
Antes de que pudiera procesarlo, Castellano se levantó de un golpe tan brusco que la silla rodó por el suelo. El ruido le provocó un escalofrío, pero se obligó a mantenerse firme. No iba a ceder.
Él cruzó la distancia que los separaba con pasos largos y decididos. Se detuvo justo frente a ella, invadiendo su espacio personal de una manera tan descarada que Ellie sintió el calor irradiar de su cuerpo.
—Señorita Morgan —su voz grave sonó como una amenaza—, parece que no leyó las cláusulas de su contrato. Debe estar disponible siempre.
Ellie soltó una risa irónica.
—Claro que lo leí —respondió, con un deje desafiante mientras alzaba el mentón—. Pero hoy ya di dos horas extra, señor Castellano. Es suficiente.
Sin esperar un “permiso”, giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta. Apenas tocó el picaporte, sintió un tirón. La puerta se cerró de golpe con un estruendo que le hizo dar un respingo.
—¿Qué carajos…?
Antes de que pudiera moverse, su jefe estaba pegado a ella, bloqueándole el paso con su cuerpo firme como una pared. Ellie se quedó inmóvil, sintiendo cómo el calor de él la envolvía y cómo su respiración se volvía un desastre.
—Quédate aquí… conmigo solamente—susurró Castellano, con una voz tan suave.
—¿Estás loco o qu…? —intentó decir Ellie, pero su voz apenas salió en un murmullo.
En un movimiento que no vio venir, Castellano la giró con firmeza hasta que sus miradas quedaron enfrentadas. Ellie abrió la boca para protestar, pero no le dio tiempo.
Sus labios atraparon los de ella en un beso que no tenía nada de suave. Era firme, intenso, demasiado. La mente de Ellie quedó en blanco. Solo podía sentir el roce de su boca, el latido frenético en su pecho.