Ellie despertó de golpe. Su corazón tamborileaba con fuerza y sentía la piel caliente.
—¡No, no, no! —masculló mentalmente mientras sus manos volaban a empujar un pecho sólido y musculoso.
Ese hombre no se movió ni un milímetro. Al contrario, sus labios seguían pegados a los de Ellie, suaves pero firmes.
—¿Quién carajos se cree? —pensó enfurecida.
La rabia estalló como una bomba. Sin pensar, Ellie le mordió el labio inferior con toda la furia de una leona acorralada. Él siseó de dolor y retrocedió un par de pasos, tocándose la boca. La sangre manchaba sus dedos y su expresión era de sorpresa y desconcierto.
Ellie, con las piernas temblorosas y el estómago revuelto, se limpió la boca con el dorso de la mano, como si pudiera borrar aquel contacto.
—¿¡Qué rayos haces, eh!? —rugió él, los ojos chispeando como si fueran brasas encendidas.
—¿¡Que qué hago yo!? ¿Qué haces tú, besándome así como así? —gritó Ellie, moviendo las manos en un intento de explicar.
El hombre, con la cara dura y la mirada glacial, se recompuso. Un aire de superioridad emanaba de él.
—Señorita Morgan, lo que pasó aquí no significa nada. Fue un error, un malentendido insignificante. Pero si alguien se entera… —la miró con ojos de acero y apretó su mandíbula como si quisiera romperla—. Créame, se quedará sin trabajo.
Dicho eso, la empujó ligeramente a un lado y salió de la oficina sin mirar atrás.
*
Ellie llegó a casa: agitada, agotada y sin una lágrima en los ojos. El beso la había marcado como una quemadura en la piel, un recuerdo que no podía borrar. Y claro, encima el muy infeliz la había amenazado con despedirla.
—Maldito Marco. Ni porque sea el hijo del jefe puede hacer lo que se le antoje —gruñó, pateando sus zapatos al otro lado de la habitación.
Se metió directo a la ducha, frotándose la piel como si estuviera intentando arrancar algo más profundo que el sudor. El agua fría calmó su mente, pero no pudo quitarle la sensación de aquellos labios suaves y cálidos.
Al día siguiente, Ellie se levantó con la firme decisión de no permitir que aquel tipo arrogante le arruinara el día. Su cita con Daniel no se vería afectada por el “show” de Marco Castellano.
—Vamos Ellie, que hoy te pones divina —se dijo frente al espejo.
Se alisó el cabello y se enfundó un vestido blanco que abrazaba sus curvas con descaro. Camino a la oficina, iba mentalmente preparada para ignorar cualquier tontería de su jefe.
Cuando llegó, Daniel fue el primero en notarla.
—¡Wow, Ellie, te ves genial! —sonrió con una chispa de cariño en los ojos.
Ellie le devolvió el saludo con un abrazo. Pero justo cuando se sentía cómoda, un portazo rompió el momento.
Ahí estaba él. Marco Castellano, con su ceño fruncido y ese aire de “soy el dueño del mundo” que la sacaba de quicio.
—Señorita Morgan, aquí se viene a trabajar, no a desfilar —escupió las palabras.
Ellie se limitó a alzar una ceja con sorna.
—¡Claro que sí, jefe! —respondió burlona, mientras tomaba asiento con una calma exagerada.
Marco le lanzó una mirada fulminante y golpeó un montón de archivos sobre su escritorio antes de marcharse.
—¿Qué le pasa a ese tipo? —preguntó Daniel con cara de confusión.
—Ni idea —respondió Ellie, encogiéndose de hombros con una sonrisa fingida.
*
Horas después, cuando el trabajo por fin terminó, Ellie se preparó para salir con Daniel. Pero justo antes de irse, algo llamó su atención: su bolso aún estaba en la oficina. Al entrar para recogerlo, se encontró a Marco cómodamente instalado en su silla, balanceándose como si fuera el rey.
—¿Se te perdió algo, Marco? —preguntó Ellie con voz burlona, ignorando por completo que era su jefe.
Él soltó una carcajada baja, pero fría. La miró con una intensidad que la hizo estremecerse de pies a cabeza.
—Sí, Ellie. Tú te me perdiste.
Ellie lo miró sin comprender, pero no iba a dejar que él tuviera la última palabra.
—Ay, Marco, qué pena, pero no soy de las que se dejan encontrar tan fácil —respondió con una sonrisa falsa, ladeando la cabeza con desafío.
Marco se inclinó un poco más hacia ella, sus ojos brillaban peligrosamente.
—No juegues conmigo, Morgan.
—¿Y quién te dijo que estoy jugando? —respondió Ellie, mirándolo con la misma intensidad.
La tensión en el aire era palpable.
Ellie se plantó firme frente a Marco, aunque por dentro sentía el corazón brincando como si quisiera salir de su pecho. No iba a darle el gusto de verla temblar.
—Si me disculpas, Marco, tengo una cita pendiente que bien podría adelantar a hoy —dijo con una sonrisa tan dulce.
Con toda la calma del mundo, dio un paso hacia adelante, acercándose lo suficiente para tomar su bolso que reposaba en el escritorio. Cada movimiento era calculado, pero notaba cómo los ojos de Marco seguían cada centímetro de su cuerpo. La mirada oscura y penetrante de él parecía envolverla.
Cuando Ellie inclinó ligeramente el torso para recoger el bolso, sintió el tirón repentino en el brazo. Marco la agarró con una fuerza que le robó el aliento, y el mareo le golpeó.
—Soy tu jefe. Así que te quedas aquí y me escuchas —gruñó él, con una sonrisa tan arrogante.
Ellie levantó la cabeza de golpe y le miró directamente a los ojos, odiando con cada centímetro de su ser el efecto que ese hombre tenía sobre ella. Sus labios temblaron, pero no de miedo, sino de rabia contenida.
—Tienes un problema grave, Marco. Parece que confundiste los roles aquí —dijo, su voz cargada de firmeza—. Yo firmé un contrato con tu padre, no contigo. Tú no eres mi superior, y no tienes derecho a darme órdenes.
Se sacudió con fuerza y logró zafarse del agarre de Marco, quien apenas tuvo tiempo de reaccionar. Ellie tomó su bolso con un movimiento veloz y comenzó a caminar hacia la salida con pasos decididos, el ruido de sus tacones resonando con furia en el suelo.
Al llegar al ascensor, el destino pareció estar de su lado. La puerta metálica ya estaba abierta, como si estuviera esperándola. Ellie entró sin dudarlo y pulsó rápidamente el botón. El mecanismo comenzó a cerrarse, pero antes de que la puerta se juntara, un grito atronador rompió el aire.
—¡Ellie! —bramó Marco desde el otro extremo del pasillo.
La puerta se cerró justo a tiempo, bloqueando la imagen de Marco y su mirada encendida. Ellie dejó escapar un suspiro, apoyando la cabeza en la pared del ascensor. Aún sentía la presión de los dedos de Marco en su brazo, pero eso no importaba.
—No voy a dejar que me doblegues, Castellano —murmuró para sí misma, con un fuego nuevo ardiendo en el pecho.