Labios prohibidos

1584 Words
Ellie andaba más callada de lo normal, algo que no pasó desapercibido para Daniel. —¿Qué pasa? Te noto súper desconectada —le dijo él, con un gesto de preocupación en la cara. Ellie se esforzó en esbozar una sonrisa y negó con la cabeza, intentando que no se notara la pesadez en sus pensamientos. —Nah, todo tranqui. Nomás estoy cansada —le respondió, lanzando la típica excusa que uno da cuando no quiere entrar en detalles. Daniel frunció el ceño, pero decidió seguirle la corriente. —Pues claro, si el señor Castellano te trae a las corridas todo el día. A todo esto, ¿por qué siempre terminas haciendo horas extras? —insistió, con genuina curiosidad. —Ni idea, la verdad —respondió Ellie con sinceridad. Un suspiro de alivio le salió cuando vio que la comida ya estaba lista. Un respiro entre tanta tormenta interna. La charla durante la cena fue más ligera, repleta de risas y anécdotas del pasado. Daniel no tardó en soltar uno de esos cuentos que siempre acababan con una risa contagiosa. —En serio, mis papás terminaron consolando a la niñera porque no me aguantaba —concluyó Daniel, riendo como si aún lo disfrutara. Ellie soltó una carcajada, secándose una lágrima. —O sea que eras tremendo, ¿no? Un verdadero terremoto —le picó ella, con tono burlón. —¿Yo? Nah, sólo era... interesante —respondió Daniel, inflando el pecho con falsa seriedad, aunque no tardó en soltar la risa también. Pero de pronto, el ambiente cambió cuando Daniel lanzó una pregunta al aire: —Oye, ¿qué pasó en el despacho antes? Saliste como si hubieras visto a un monstruo. Ellie sintió cómo la tensión volvía a subirle por el cuerpo. Tragó saliva, intentando sonar despreocupada. —¿De qué hablas? Todo bien, Daniel —respondió, quitándole importancia. Daniel no se tragó del todo la historia. Señaló con el mentón la luz que aún brillaba en el despacho de la planta baja. —No es por nada, pero todavía se ve encendida esa luz. Aunque estés en el piso veinte, ahí había alguien, ¿no? Ellie lo miró de reojo y soltó una mentira a medias: —Pues claro que había gente. Entra y sale un montón de compañeros de otras plantas. Siempre queda una luz encendida —se justificó, manteniendo la calma como pudo. Daniel pareció dudar, pero al final dejó el tema ahí. Ellie suspiró con alivio y cambió rápidamente el tema. Lo último que quería era hablar de ese grito. Más tarde, mientras la noche avanzaba, Daniel sugirió: —Oye, ¿y si nos vamos a bailar? No quiero cine, mejor algo más movido. Hay antros buenísimos por aquí cerca. Ellie se quedó pensativa por un momento, pero terminó aceptando entre risas. —Va, hace mucho que no salgo a bailar. A ver si todavía me acuerdo cómo se hace. Al llegar al club, Ellie miró con escepticismo la larga fila de gente esperando entrar. —Daniel, ni de chiste pasamos. Hay demasiada gente —comentó, con dudas en la voz. —Tranqui, Ellie. Nos colamos con algún grupo de borrachos. Así funciona esto —respondió él, con tanta naturalidad que parecía que lo hacía a diario. Contra todo pronóstico, lograron entrar, y Ellie no pudo evitar reírse mientras chocaban las copas. —No puedo creer que lo logramos —le dijo ella, aún sorprendida. —Te lo dije. Hay que saber cómo moverse —respondió Daniel, con una sonrisa pícara. La noche estaba en su punto. El club estaba lleno, las luces parpadeaban al ritmo de la música, y la pista estaba repleta de gente moviéndose al son del DJ. Ellie tomó un sorbo de su bebida y miró a su alrededor, tratando de perderse un poco entre el gentío. —¿Y? ¿Ya viste a alguien interesante? —preguntó Daniel con curiosidad, dándole un trago a su vaso. —Nop, cero —respondió Ellie, encogiéndose de hombros—. ¿Y tú? —Sí, vi a una doña encantadora hace rato —bromeó él, guiñándole un ojo. Ellie soltó una carcajada. —Entonces, ¿qué haces aquí todavía? Ve a buscarla y bájate a la pista —le animó, divertida. La sonrisa de Daniel se borró un poco. De repente, se veía más melancólico. —Es que... tú sabes lo de Madison. Estoy loco por ella. Pero no sé... cada vez que miro a alguien más, siento que la traiciono. Aunque ni estamos juntos. Ellie le dio un abrazo reconfortante. —Daniel, no te cierres. A veces la vida te tiene preparada otra cosa, algo mucho mejor. Ábrete a las posibilidades, ¿va? Daniel suspiró, pero sonrió agradecido. —Gracias, Ellie. Me hacía falta escucharlo. De repente, se levantó con dramatismo y le guiñó un ojo. —Bueno, si me disculpas, voy a desafiar a mi destino —soltó, y sin más, se lanzó a la pista. Ellie lo miró con una sonrisa y dio otro sorbo a su bebida. La música seguía sonando y las luces destellaban mientras observaba a la multitud entregada al ritmo. —Hola, preciosa. Soy Derek —dijo una voz grave a su lado. Ellie giró la cabeza y se encontró con un tipo alto, rubio, con una sonrisa confiada y ojos que brillaban como si estuviera acostumbrado a que nadie le dijera que no. —Hola, soy Ellie —respondió ella, tratando de sonar amable, pero con una sonrisa que parecía de compromiso. —¿Quieres bailar? —le preguntó Derek, sin rodeos. Ellie se quedó pensando un segundo. ¿Qué podía perder? * La música vibraba en cada rincón del club, y Derek no perdió el tiempo en jalarla hacia la pista de baile. —¡Vamos, Ellie, déjate llevar! —gritó él, moviéndose al ritmo de los bajos retumbantes. El cuerpo de Ellie no tardó en entrar en sintonía con la música. Los graves hacían temblar el suelo y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía bloquear todos los pensamientos que la atormentaban. Solo era ella y la música. Punto. Entre giros y movimientos, una hora se fue volando. De pronto, Derek la jaló un poco más cerca y le gritó al oído: —¿Qué dices? ¿Nos tomamos una copa? Ellie asintió, agradecida por el respiro. Mientras caminaban hacia la barra, el calor del baile empezaba a pasarle factura. Sus pies dolían, y una ola de cansancio comenzaba a filtrarse en sus músculos. —¡Salud! —dijo Derek con una sonrisa amplia, brindando con ella. Ellie levantó su vaso con una sonrisa fugaz y bebió un trago. El frescor de la bebida fue como un alivio en medio del caos de luces y cuerpos sudorosos. Aunque el agotamiento ya se asomaba, algo en ella reconocía que esa noche había sido buena para desconectarse. —¿Otra ronda de baile? —sugirió Derek, terminándose su trago con rapidez. —Nah, estoy tomando un descanso —respondió Ellie, sonriendo cansada. Derek se encogió de hombros, como si no le sorprendiera. —Vale, Ellie, un gusto conocerte. ¡Nos vemos por ahí! —dijo con ligereza antes de perderse de nuevo en la pista. Ellie lo observó por un momento y después dejó vagar su mirada por el lugar. Sus pies la guiaron en un paseo distraído, hasta que divisó una escalera que conducía a la zona VIP en la segunda planta. Curiosa, echó un vistazo rápido, a punto de dar la vuelta y buscar a Daniel cuando, de repente, lo sintió. Unos ojos intensamente la observaban desde arriba, y su corazón se detuvo en seco. Su pecho se apretó, su respiración se volvió errática, y un escalofrío le recorrió la espalda. Ahí estaba él. De pie, impecable con un traje perfectamente ajustado que parecía hecho a medida, Marco, su jefe, la miraba desde la altura con una expresión dura e impenetrable. Parecía estar analizando cada movimiento que ella había hecho esa noche, cada paso de baile. ¿La había visto desde arriba todo este tiempo? Su mirada vagó brevemente por la pista, pero regresó inmediatamente a ella, intensa y cargada. Un nudo se formó en su estómago cuando vio a una mujer acercarse a Marco. Era alta, esbelta, una belleza de piel bronceada y cabellera oscura. La mujer lo abrazó con confianza, inclinándose para susurrarle algo al oído. Pero él no reaccionó, no apartó los ojos de Ellie, como si aquella mujer fuera completamente invisible. Ellie sintió el pulso martilleándole en las sienes. Su cuerpo estaba tenso, atrapado en ese momento congelado, hasta que una voz familiar rompió el hechizo. —¿Nos vamos? —preguntó Daniel, apareciendo de la nada a su lado. Ellie se estremeció y parpadeó rápidamente, intentando regresar a la realidad. Asintió con la cabeza, incapaz de hablar, y dejó que Daniel le pasara un brazo por los hombros. Mientras él la guiaba hacia la salida, Ellie no pudo evitar mirar una vez más hacia arriba. Marco seguía ahí, con la mandíbula tensa y los hombros rígidos, observándola mientras se alejaba. Pero entonces lo vio moverse. Lentamente, Marco enderezó su postura y, sin apartar los ojos de ella, giró hacia la mujer. La tomó con firmeza por la cintura y, con un gesto deliberado, presionó sus labios contra los de ella. Fue un golpe directo al estómago de Ellie. Su pecho dolió como si alguien le hubiera dado un puñetazo y, aunque intentó ignorarlo, esa imagen quedó grabada en su mente.
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