Bitácora de Villa Quien.
01/12
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El Día Uno del plan “Conquistando al guapísimo e inalcanzable jefe antes de año nuevo” comenzó bastante bien.
La alarma sonó temprano esa mañana y me desperté llena de energía y con gran entusiasmo. Muy segura de que mi plan no solo era posible, sino altamente probable, podía sentirlo en el aire.
Tengo una muy buena estrategia, y soy una chica persistente... ¿Qué puede salir mal?
Oficialmente es diciembre, el mes favorito de Alexander Clark.
Diciembre es lo suyo, y todo siempre parece salirle bien para él esos días, y con algo de suerte, también se convertirá en mi mes, ese en el que finalmente alcanzaré lo que tanto he deseado, a él. En mi cama, en mi vida, en mi futuro... ¡Claro que sí!
Como buena chica madrugadora, a la que Dios debe ayudar (Por favor, Dios, ayúdame), me apresuré en poner en marcha todo. Fui directo a la ducha y luego me preparé un desayuno de campeones, bueno… si es que a una banana y un tazón de cereal integral con poco menos de medio vaso de leche se le puede llamar así.
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Nota: Debo empezar a comprar comida de verdad, porque si realmente pretendo ser asistente de Alexander, necesitaré alimentarme bien para poder sobrellevar los largos días de trabajo y las potencialmente extenuantes jornadas de sexo (Por favor, Dios, que sea bueno en la cama).
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P.D.: Anexar a la lista de compra algunas barras energéticas y dulces (de algún modo debo controlar la tensión s****l unilateral que tendré que soportar este mes hasta que finalmente lo conquiste).
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Un rato después, luego de un par de intentos fallidos con uno de esos jodidos tutoriales en internet, de esos en donde una chica se esforzaba por hacerle creer a sus seguidoras que era “super fácil” hacerse esos malditos peinados con trenzas que ella se hacía en dos segundos, sin entender que no todas tenemos una cabellera de comercial de champú, decidí dejarme el cabello suelto y adornarlo solo con un prendedor de mariposas. Quería causar una buena impresión con un lindo peinado, pero sentí que terminaría convirtiéndome en una detractora de la pobre chica si seguía intentándolo.
Me puse el outfit que escogí meticulosamente durante dos horas la noche anterior, y consideré que no me quedaba tan mal.
Un pantalón n***o semi ajustado, un suéter básico en el mismo color y mis bailarinas favoritas… También en n***o. De acuerdo, no era un look particularmente navideño... ni llamativo, pero le agregué un toque de color con un abrigo vinotinto, y ¡Viola! Me veía fabulosa.
Este día el objetivo no era tanto verme atractiva para Alexander, sino verme bien para la junta que tendríamos en la mañana, y al verme al espejo, consideré que había logrado hacer media taza de limonada con los pocos limones secos que tenía a la mano.
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NOTA: Es hora de ir de compras también, abuela. Con este estilo de antaño no conseguirás al papacito de Alexander.
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Estuve caminando por la Avenida Madison una media hora después. Aún no cae la primera nevada; estamos en esa intensa transición del otoño al invierno, siendo diariamente azotados por los fuertes y fríos vientos que te dicen, sin que te quede la menor duda, que el invierno se acerca. Normalmente, en esta época suelo caminar maldiciendo al universo, ya que siempre que salgo de casa, termino con una maraña de cabello difícil de desenredar, pero esta mañana me sentí diferente. Hoy caminé con más seguridad, sintiendo que protagonizaba una escena de alguna romántica película navideña, mientras el “All I Want for Christmas Is You” de Mariah Carey sonaba de fondo y marcándome el paso... Sonreí como idiota todo el camino de ida.
Sin embargo, cuando llegué a la oficina, fue como si hubiesen desconectado los altavoces de un jalón y todo cayó de inmediato. En primer lugar, porque terminé con la misma maraña de todos los días en la cabeza, y en segundo lugar, porque tan pronto entré a C-Styles me topé con Rachel, que pasaba por el salón central justo en el momento en que yo salí del elevador.
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La mujer me miró de arriba a abajo con ofensiva lentitud y soltó una risita antes de seguir su camino.
—Estúpida hija de su grandísima… —Empecé a refunfuñar enojada.
Rachel Adams se creía que, por llevar sus tonificadas y largas piernas envueltas en medias negras como una femme fatale, caminar sobre quince centímetros de tacón de aguja, cual zanquera profesional, y llevar una segunda piel en lugar de un vestido… Era mejor que las demás, mejor que yo.
—¡Woah! Empezamos el día con las mejores vibras. Me gusta —comentó Mónica entre risas, acercándose a mí mientras yo aún despotricaba contra la mujer—. ¿Qué ocurre ahora?
—Rachel… Siempre que puede se burla de mí. No entiendo cuál es su problema conmigo —respondí caminando hacia mi escritorio.
—¿La operada? —Mi amiga miró sobre su hombro hacia Rachel y chifló con burla—. ¿Quieres ponerle tachuelas en el asiento a ver cómo se le explotan las siliconas? —reí al escucharla y tomé asiento.
—Vamos, Mónica. Por mucho que me gustaría decir que es silicona lo que lleva ahí… Tú y yo sabemos que ese culo es natural. Es deprimente para mí, pero así es.
—Lo sé. Esa perra afortunada se sacó la lotería del físico —refunfuñó mi compañera, haciendo un puchero antes de erguirse otra vez, alzando un dedo y sonriendo maquiavélicamente, como si algo brillante se le hubiese ocurrido—. Tengo medio frasco de laxante en mi bolso, y ya no voy a usarlo… ¿Quieres echar mano de eso?
—¿Por qué diablos traes un laxante a medio consumir en tu bolso?
Mónica chasqueó la lengua otra vez y se reclinó de su asiento.
—Bueno… Aquí donde me ves. Rozagante, productiva, y con muy buena actitud… Tenía dos semanas sin defecar.
—Oh, Mónica… —susurré, ocultando el rostro entre mis manos. Riendo. ¿Qué más podía hacer? Mi amiga era todo un personaje y cuando estaba enojada se volvía más ocurrente.
—Creí que moriría, de verdad, pero no quiero hablar de eso, Savannah. Es un traumático capítulo de mi vida que preferiría olvidar. ¿Quieres el laxante o no?
—¿No crees que sería demasiado? —Me mordí el labio con nerviosismo; no iba a negar que ganas no me faltaban.
—Nah… Es su último día aquí. No pasará nada —dijo chasqueando la lengua otra vez al ver la reprensión en mis ojos—. Sí, tal vez la gente hablará de esto por años, pero ella no estará aquí para sufrirlo, ¿o sí? No es bullying si no se hace en su cara, eso todo el mundo lo sabe. Le ponemos un poco en la bebida y en un minutos estaremos cantando "Ding, dong, la bruja ha muerto".
—No, no… nada de laxantes. Solo estoy enfadada con ella, no quiero arruinar su vida.
—Ay, vamos. Que no morirá de verdad... —Insistió dándome un empujón por el hombro, y no voy a negarlo, la idea me tentó, pero sacudí la cabeza con energía.
—No.
—Como tú digas, pero ¿qué fue lo que te dijo ahora?
—Nada realmente, es su actitud. Me mira y sé que me desprecia. Siempre se ha creído mejor por tener ropa bonita.
—Bueno, creo que los Jimmy Choo y su colección personal de vestidos Chanel sí que le dan para presumir un poco. Sabes que sí. Además, es una ricachona hija de mami y papi a la que le gusta trabajar; eso la pone en una categoría distinta a nosotras. Porque es un hecho que si yo tuviera un papi millonario, no estaría trabajando de nueve a cinco en el Emmet, ¿tú sí?
—Sí, supongo que tienes razón, aunque eso no me hace odiarla menos.
—Pues mi oferta sigue en pie. Apostaría todos mis ahorros a que lo presumida se le quitaría si durante el último día de trabajo se cagara sus bonitas pantaletas... Yo solo digo. —Ambas reímos ante aquella cómica imagen.
—Seguramente, pero no voy a dejar que me haga sentir poca cosa. ¡A la mierda sus vestidos caros! Estos pantalones son de GAP y están más que bien —comenté alzando una pierna sobre el escritorio.
—Vamos, Savannah… ¿GAP? Nadie presume eso.
—¿No? —pregunté mordiéndome el labio inferior.
—Nh, nh… Uno internaliza su pobreza y muere en silencio. Con los económicos pantalones de GAP, sí, pero con dignidad. Pero en fin, Rachel es una arpía, todos lo sabemos, y nos alegramos de que se marche. Deberías enfocarte en eso, pero tampoco puedes negar que la mujer representaba muy bien a Alexander. Vamos, que si ella es lo primero que ven los empresarios... obvio que van a querer cerrar el trato.
—Sí, supongo que sí —murmuré con derrota.
Encendí el monitor y empecé a organizar mi escritorio para la jornada del día mientras todo el buen humor con el que había despertado se esfumaba… y aún no eran ni las nueve de la mañana. La cosa empezaba a no pintar tan bien.
Por suerte no tuve mucho tiempo de pensar en eso, porque justo en ese momento la campanilla del elevador sonó y Alexander entró al piso, saludando a todo el mundo como era lo usual.
Algunas veces podía jurar que esa condenada campana sonaba con más volumen cuando se trataba de él, o quizás era solo yo romantizando cada jodido detalle que lo involucrara.
Contuve un suspiro risueño cuando se quitó las gafas de sol al acercarse a nosotras y nos dedicó un guiño amistoso, para luego decir la frase que me devolvería el entusiasmo en un santiamén.
—Buen día, señoritas… Te quiero en mi oficina ahora, Savannah. —Asentí al verle seguir de largo.
Miré a Mónica con una sonrisa de complicidad adornando mi rostro y luego corrí tras sus pasos.
Al entrar al despacho, se quitó el abrigo color canela que llevaba, dejando a la vista su suéter n***o de cuello alto y pantalón a juego. Era una completa tontería, pero me encantó ver que habíamos coincidido en la paleta de colores ese día. Además, si prestaba atención, podía ver cada músculo de su espalda tonificada marcándose bajo la tela, y en cuestión de unos segundos terminé acalorada, porque eso fue justo lo que hice mientras él buscaba algo en la cajonera al fondo de la oficina.
Pero yo no pude evitarlo, jamás podía. El hombre no solo tenía la anatomía de un Dios griego, sino que vestía como si fuese la jodida cara actual de Armani. Era como un bombón de chocolate cubierto de caramelo; un caramelo firme y crocante… Un manjar de...
—¿Quieres probar un poco? —preguntó en una desafortunada coincidencia de pensamientos.
—Hm… Quiero probar más que un poco, en realidad… Firme y crocante papacito —susurré gustosa y sonriente.
—¿Crocante qué? ¿De qué hablas, Savannah? Es solo café —preguntó en tono divertido.
Abrí los ojos de par en par y noté entonces que me miraba con esa expresión... ¡Esa! Con sus ojos brillando y su sonrisa torcida que me debilitaba las rodillas.
—¿Ah? ¿Qué dijiste? —decidí hacerme la tonta. Lo usual; cosa que le hizo más gracia.
—Que si quieres un poco de ca-fé —respondió con énfasis, alzando su vaso y agitándolo ante mí—. Es de esos que aderezan con especias navideñas.
—Ah, no, no… No me gustan las espesas… ¡Las especias! Gracias. —Sentí cómo las mejillas se me encendían de la vergüenza.
—¿Te sientes bien? Estás más rara que de costumbre hoy —preguntó unos segundos después, mirándome con suspicacia.
—Sí, todo de maravilla. Es solo que… Ya sabes... Estoy algo nerviosa por lo del cargo. La junta y… Todo eso. Pero estoy bien, no te preocupes.
Sonreí y crucé mis manos sobre mis rodillas, tratando de no hacer evidente lo vergonzoso que me resultaba la situación.
¿Firme y crocante papacito? ¡¿En qué estaba pesando?!
Debía aprender a controlar mejor mi estupidez si iba a pasar más tiempo a su alrededor, o las cosas empezarían a volverse muy incómodas, y en lugar de conquistarlo, solo recibiría una sanción de Recursos Humanos por acoso s****l. Respiré profundo y traté de enfocarme, mi futuro profesional y romántico dependía de que hiciera bien las cosas; sin embargo, pronto descubriría que Alexander no me pondría las cosas nada fáciles. Así como yo estaba decidida a conquistarlo, él parecía decidido a pasárselo en grande a mi costa.