—Descuida, no tienes nada que temer, el cargo es prácticamente tuyo, no tengo ni la más mínima duda. —siguió Alexander, ajeno a todo lo que pasaba por mi cabeza en ese momento... afortunadamente.
—Pues yo… —Me callé, porque en ese momento la puerta se abrió y Rachel entró a la oficina.
—Buen día, Alexander, aquí… ¡Oh! Disculpa; no sabía que estabas ocupado —dijo la mujer al verme por un microsegundo, y luego hacer como si me hubiese hecho transparente.
—Descuida, pasa… ¿Trajiste las carpetas que te pedí? —preguntó él.
—Sí, acá están… Todo organizado con fecha, hora, y nivel de prioridad, como me lo pediste, aunque no sé por qué tanto apuro.
—Gracias, Rachel. ¿Podrías llamar a la compañía de entregas y comunicarme con el gerente?... Si no te molesta. —Me pareció graciosa su forma de hablarle; a veces sentía que solo yo entendía el sarcasmo disfrazado del hombre.
—En seguida —respondió ella con diligencia, dándome una miradita de superioridad antes de darse la vuelta, dispuesta a marcharse, sin siquiera darme un gesto de despedida.
«Grandísima hija de… ».
—¿Por qué la odias? —preguntó Alexander de pronto, y al voltear hacia él vi que me miraba con curiosidad; empecé a preguntarme si había expresado mis pensamientos en voz alta.
—No la odio —me apresuré a decir, pero él arqueó una ceja. No podía mentirle cuando me miraba así—. Bueno, está bien, está bien... Quizás la odio un poco, lo que pasa es que se cree mejor que yo porque tiene ropa más bonita… Es una perra.
Eso último lo había dicho en un susurro tenso hacia la puerta, pero por la risa que soltó... supe que él lo había escuchado sin problemas.
—La verdad es que Rachel se cree superior a todos, incluso se cree más lista que yo… Algunas veces. —Se encogió de hombros con indiferencia—. Es su defecto, pero todos tenemos uno, ¿no? Soy consciente de que no es “Miss Simpatía”; sin embargo, eso no parece molestarle a nadie tanto como a ti. ¿Por qué no la ignoras como todos los demás?
—No sé, supongo que odio tener casi treinta y seguir siendo víctima de la chica bonita y popular que cree que tiene el futuro asegurado, solo porque de verdad tiene el futuro asegurado… ¡Perra! —susurré una vez más, haciéndole reír de nuevo.
—¿En serio ya tienes treinta?
Decidí tomar su tono de sorpresa como un cumplido.
—En enero, pero no me lo recuerdes, ¿vale? Que entró en depresión.
—¡Oh, vamos! No es para tanto, y eres igual de bonita que ella, quizás más… Pero no lo oíste de mí, ¿de acuerdo? No quiero problemas —se apresuró a decir con falso gesto preocupado.
—Gracias.
Decidí fingir que reía por lo bajo para ocultar el hecho de que su cumplido me había hecho sonrojar, pero él siguió como si no hubiese notado nada.
—Y si lo que te molesta es la ropa… Pues cómprate ropa bonita y ya, ¿por qué amargarse?
—¿Dices que mi ropa no es bonita? —repliqué, dolida y ofendida.
—No, no, no… —Negó con su índice y se inclinó un poco sobre el escritorio—. Yo no digo que tu ropa tenga algo de malo… Tú lo haces, al decir que la suya es más bonita. —Torcí los labios al entender su punto—. Mi padre me enseñó que los problemas no se contemplan con mal humor, se solucionan, si crees que eso es un problema… Soluciónalo.
—Podría comprar toneladas de ropa y seguiría siendo lo mismo, como dice Mónica… GAP no puede competir con Chanel, ¿entiendes? Ella se cree caviar y dice que yo soy una simple tostada, y lo peor es que tal vez tenga razón.
—¿Por qué las mujeres son tan complicadas? ¿Por qué no pueden ser como los hombres en esto?… Yo he perdido algunas chicas contra otros sujetos en mi vida, pero jamás he dicho que soy una sardina y ellos un salmón.
—No, por supuesto que jamás has dicho eso… Porque tú eres el jodido salmón que cuesta miles de dólares, aquí y en la China, de ese que te mata si no lo cortan bien. Nunca eres la sardina. Jamás has sido la sardina… No inviertas los papeles —exclamé exasperada por su ridículo argumento.
—Creo que te refieres al pez globo, no al salmón.
—¡Lo que sea! Entendiste mi punto.
Resoplé luego al verle reír y me encantó ver un poco de rubor en sus mejillas, pero eso seguramente fue mi imaginación.
—Bueno, gracias por eso. Pero como sea… Lo que intento decir es que… ¿Crees que un abrigo Chanel te hará sentir mejor? ¡Cómpratelo! ¿Cuál es el problema? —Esta vez fue mi turno de alzar las cejas y poner los brazos en jarra, pero él entornó los ojos y empezó a sacudir la cabeza otra vez—. Oh, vamos, Savannah… Que te pago bien, te puedes dar ese lujo si quieres.
—Exacto, es un lujo, y yo crecí en Jamestown con tres hermanos… No usaba ropa usada porque, por suerte, yo era la mayor; pero no pisé una boutique sino hasta que fui una veinteañera recién llegada a Nueva York, y me fui de inmediato antes de que me echaran, porque me sentí como en esa escena de "Mujer Bonita" donde la echan de la tienda por vestir como prostituta.
—¿Vestías como prostituta a los veinte? —preguntó torciendo el gesto; era obvio que estaba pasándola en grande a mi costa.
—No, llevaba sudadera y zapatillas deportivas, lo cual, de algún modo, lo hizo peor.
Alexander rio e inclinándose hacia atrás en su silla.
—No sé de dónde sacas tantas tonterías, Savannah. Pero mi punto es que ya no eres la chiquilla en sudadera; puedes darte un lujo de vez en cuando, eres independiente, trabajas, no tienes hijos y no estás obligada a mantener a tus hermanos. —Se encogió de hombros una vez más—. Repito: Si crees que eso te hará sentir más segura de ti misma… ¡Hazlo!
—Lo pensaré —murmuré ya incómoda de estar evaluando mi vestimenta; terminar así no fue lo que esperé cuando me vestí esa mañana.
—De acuerdo, ten esto… —Me ofreció las carpetas que le había entregado Rachel—, y memoriza su contenido. Dale prioridad a la carpeta naranja; son los temas que se tocarán mañana.
—¿Qué es esto?
—El itinerario de diciembre; los espacios en blanco son las reuniones y eventos que aún no se han confirmado, eso lo iremos trabajando en el camino.
—Pero… ¿Y la junta? Estos eventos son para los altos cargos o sus representantes, y aún no me dan el cargo.
—Pero lo harán, olvídate de eso y haz lo que te pido. ¡Ah! Y ¿por qué no demuestras tu clase ante todos, y aprovechas de darle una lección de humildad a Rachel, organizando una despedida para ella esta noche?
—Oh, vamos… —Dejé caer los hombros y lo miré suplicante.
—Lo sé, lo sé… Soy un terrible jefe. Recibiré una demanda un día de estos —comentó entre risas al ver mi expresión—. Pero ya había pensado en pedírtelo desde ayer. No sabía que hoy ibas a llegar acomplejada por el costo del salmón.
Nos mantuvimos en silencio, en un improvisado duelo de miradas; él conteniendo una sonrisa y yo procurando tragarme el insulto que colgaba de mi lengua... nada apropiado para decirle a tu jefe.
—¿Quieres llamarme idiota?
—Nooop.
—Bien, entonces asegúrate de que sea una despedida cálida y emotiva... Se nos va una gran amiga —siguió provocándome y empezando a fallar en eso de no reír, pero yo seguí tragándome los insultos.
—De acuerdo, veré qué puedo hacer. —Me puse de pie y caminé hacia la puerta, pero su llamado me detuvo.
—Savannah, no sé qué tan en serio te estés tomando todo el asunto con Rachel, pero deberías saber que algunas personas vomitan al probar el caviar, pero es difícil encontrar a alguien al que no le gusten las tostadas.
Mi corazón se aceleró al ver la seriedad de su mirada, pero luego no pude controlar la risa ante lo absurdo de sus palabras.
—Ese debe ser el cumplido más extraño que he oído en mi vida.
—Sin duda es el más extraño que yo he hecho, pero ¿sí entiendes mi punto?
—Sí, lo tomaré en cuenta, gracias.
Él se limitó a asentir en silencio y yo me apresuré a salir de la oficina antes de sonrojarme otra vez. Regresé sonriendo, pero justo cuando iba llegando a mi cubículo, Rachel se acercó con un lote de carpetas en las manos, que dejó sobre la pila que yo llevaba, y sin decirme una sola palabra, siguió su camino hacia la oficina de Alexander.
—¿Y a esta bruja qué? —preguntó Mónica, presenciando todo.
«Cálida y emotiva mis nalgas», pensé, dejando caer todas las carpetas con furia en mi escritorio.
—¿De verdad tienes esos laxantes? —pregunté y Mónica asintió sonriendo—. Excelente, creo que los vamos a necesitar.