El efecto en ella fue instantáneo y aterrador. Se le aceleró el pulso y sintió un extraño escalofrío en lo más profundo del estómago. Era inconfundible: reconocería esa melodía evocadora en cualquier lugar, en cualquier momento. Agarrando con fuerza el manillar, Silvia Sepúlveda avanzó lentamente en la bicicleta, en dirección a la música. Al pasar junto a un trepador infantil de madera, abrió los ojos de par en par, confirmando sus esperanzas y temores. Al final de un sendero, bloqueado por un grupo de árboles, se encontraba el carrusel del Festival. Pero ¿qué hacía allí? El Festival había terminado un año más. No tenía sentido. ¿Y dónde estaban el resto de las atracciones? Silvia se quedó mirando perpleja. Para su asombro y confusión, vio a niños y familias haciendo fila para subir a la

