Con un jadeo desesperado, Silvia abrió los ojos de golpe y se encontró con la mirada atormentada de su madre. Su corazón latía con fuerza y, por unos segundos, no pudo hablar. Las manos de su madre sobre sus hombros se relajaron, pero no la soltaron. Sus ojos color miel, oscurecidos por la preocupación, la observaban en silencio, atentamente. —¿Mamá? —Silvia finalmente logró articular, aturdida. Le dolía la cabeza y tenía muchísima sed. Su madre pareció percibir su necesidad de agua —como siempre parecía saber cuándo su hija necesitaba algo— y cogió el vaso que estaba junto a la mesita de noche. Al incorporarse lentamente y aceptarlo agradecida, Silvia se dio cuenta de que estaba de vuelta en su habitación. Se quedaron sentadas en silencio mientras ella bebía el líquido fresco que le devo

