Silvia rió y volvió a colocar su osito de peluche favorito en el sofá. —Gracias por el baile —le guiñó un ojo. Deliciosos aromas llegaban de la cocina, indicándole que su comida estaba lista. Un vistazo rápido al reloj reveló que eran casi las diez y media. No estaba segura de cómo iba a levantarse por la mañana. Dando un paso hacia la cocina, Silvia se detuvo al oír el timbre. No sabía cómo lo había oído con la música a todo volumen. —Tan tumultuoso como el viento, ¿es tu amor por mí? ¿Cómo puedo esperar domarlo? ¿Cuándo haces que mi corazón tiemble tanto? —Pero dime tu deseo y haré todo lo posible por concedértelo —cantaba Silvia mientras se dirigía a la puerta principal. ¿Quién podría ser, llamando a estas horas de la noche?, se preguntó. Asomándose por la pequeña mirilla, frun

