Silvia suspiró y dudó un instante cuando, sin que nadie se lo pidiera, la imagen de unos intensos ojos oscuros cruzó vívidamente por su mente. Negando con la cabeza para disiparla, pensó brevemente en Kenji, el buen chico que le había regalado la paloma enjaulada. ¿Tenía sentido hablarle de él a Ingrid? Era improbable que volviera a verlo, si ya estaba en la universidad. —No —respondió ella—. Lamento decepcionarte. Ingrid hizo un puchero con tristeza. —Sabes, de verdad que no lo entiendo. Silvia la miró. —¿Entender qué? —No entiendo cómo sigues soltera. Es una injusticia total. Un escándalo. ¿Qué les pasa a los chicos hoy en día? —No es para tanto, Ingrid —dijo Silvia, poniendo los ojos en blanco ante las melodramáticas palabras de su amiga—. Además —señaló—, tú también estás soltera.

