Llevé mis pertenencias al vestidor y antes de terminar de dejar todo, me di cuenta que las chicas ya estaban perdidas. Georgina era siempre la primera en irse junto a Estefi, conseguían con facilidad que alguien las sacara a bailar antes de mínimamente sentarse y compartir un trago entre amigas, pero como estábamos acostumbradas, Rita y yo buscamos un lugar para sentarnos a esperar que tuviéramos ganas de bailar o alguien nos sacara a hacerlo. A pesar de tener novio, no me negaba a bailar con alguien que me invitara, por supuesto que los obligaba a tener respeto, nunca dejé que nadie me besara o me tocara de más. Yo sólo quería divertirme y sabía hacerlo sin la necesidad de volver reales las acusaciones de Leo.
La verdadera fiesta para mí, empezó a las dos de la mañana, cuando nos encontramos todas y nos pusimos a bailar como locas riéndonos de nosotras mismas por los pasos que hacíamos. Estefi esperó a que terminara la canción que más gritamos y me pidió que la acompañara a la barra, pero sin que pudiese seguirla, se dejó llevar por un chico que la sacó a bailar cuando la música explotó con otro tema igual de icónico que el anterior, su amigo quiso hacerlo conmigo pero me negué para poder volver al reservado y alejarme de todo el barullo por un rato.
Mi razón volvió a caer en cuenta pero Joaquín no aparecía hasta el momento, aunque fue un llamado casi telepático porque antes de acercarme a las escaleras, lo vi y su sonrisa arrogante cuando me identificó también hizo que se me tensara el cuerpo, mis piernas flaquearon y sólo pude quedarme quieta hasta que se acercó.
—Hey.
—Hola. —sonreí y nos saludamos con un beso en la mejilla, no me aparté demasiado para hablarle al oído pero así no lo hubiese hecho, él tampoco se alejó mucho. — ¿Esto significaba que eras libre hoy?
—Claro, pero tranquila que me porto bien.
—Espero. —No tenía idea qué comprendía esa declaración para él, pero si estaba declinada a su situación con su novia, me parecía acertado que se portara bien.
— ¿Hace mucho estás acá?
—Desde la apertura, ¿vos?
—Hace un rato llegamos, estamos tomando algo, ¿te sumas? —me preguntó indicándome con la cabeza la barra detrás de mí, dudé un segundo pero antes de que la idea me llegara, mi cabeza ya estaba asintiendo.
—Seguro.
Me guió poniendo su mano discretamente en mi cintura, y antes que pudiera alejarme o protestar por el gesto indecente que no hizo más que estremecerse, la sacó para afirmarse en la barra, al lado de tres chicos que estaban en un círculo.
—Estos son mis amigos, Ale, Edu y Nacho. Chicos ella es Jazmín. —me los presentó hablándome muy cerca del oído por la fuerte música, tragué para aclararme y no sentirme afectada por esa cercanía y sonreí hacia sus amigos. Los tres chicos se turnaron para saludarme con un beso en la mejilla.
— ¿Cómo estás?
—Bien, ¿ustedes?
—Bien, disfrutando un poco. —dijo Nacho. Joaquín me dio una botella de cerveza después de pedírsela al barman y por alguna extraña razón, presentí que los chicos iban a irse.
—Vamos a bailar. —les dijo Nacho a los otros dos y ellos asintieron, me saludaron de palabra y se fueron palmeándole el brazo a Joaquín, lo que me hizo sonreír pero preferí no prestarle atención cuando él se puso frente a mí, sin alejarse demasiado para que pudiera escucharlo por encima de la música.
— ¿Trabajaste hasta tarde?
—Sí, hasta un rato antes de venir. —dije apoyándome en la barra, queriendo tocar algo real para no perder la noción de espacio y tiempo a pesar de lo mucho que me inquietaba su cercanía, sobrepasando todos los límites de distancia profesional mínima que debíamos tener.
—Pareces cansada.
—Lo estoy.
—Me imagino que no debe ser fácil escuchar los problemas de los demás. —dijo y yo me encogí de hombros dándole un sorbo a mi botella. —aunque imagino que sabés cómo lidiar con ellos.
—Sí, bueno, se maneja con el tiempo, pero después de todo no son míos, los problemas son de ustedes.
— ¿Lo mío está considerado "problema"?
—Todavía no sé qué es lo tuyo, pero ya vas a aprender a manejar "el estrés" —hice comillas con los dedos y él se rió, lo que fue muy amable de su parte ya que cualquier otro correría a tratarse con una psicóloga seria y no una que tomando alcohol le hacía un chiste sobre su motivo para asistir a terapia.
—Espero, para eso voy.
—Tranquilo, sé hacer mi trabajo. —sonreí muy descarada con la poca profesionalidad que me quedaba y volví a acercar la botella a mi boca, le atribuiría mi insolencia a todo al alcohol más tarde. Antes de poder tomar, él me acercó la suya para hacer un brindis.
—Por eso entonces.
—Por eso. —dije y chocamos nuestras cervezas, con la mirada de él demasiado fija en la mía como para ponerme incómoda y buscar un tema aleatorio del que hablar. — ¿Hasta qué hora te pensas quedar, chico libre?
—No sé, depende mi ánimo.
— ¿Tu novia sabe qué estás acá? —pregunté y él negó desinteresado. —cuidado.
— ¿Por qué?
—Vos sabrás. Una persona que intenta salvar su relación, no le oculta a su novia que viene a bailar.
—Te conté que a ella no le importa, aparte no vine a hacer algo malo.
— ¿Y qué viniste a hacer?
—Ya te dije, a verte bailar. —sonrió desvergonzado y yo también. Esto me iba a costar caro, debía derivarlo urgente, pensé. Negué con la cabeza mirando hacia otro lado para romper el contacto visual, él me sacó la cerveza de la mano y la puso en la barra. —Mostráme un poco.
—No tengo ganas de bailar, estoy cansada.
—Vas a ver cómo enseguida se te va el cansancio. —dijo y agarrándome de la mano sin que hiciera mucho esfuerzo para que cooperara, me llevó a la pista. Me reí cuando nos metimos entre la gente y él empezó a bailar demasiado bien, con actitud y sobre todo probándome para que lo siguiera, no podía perderme del buen compañero que era, así que lo seguí.
Cuando una canción de Rodrigo empezó, todos gritaron inclusive nosotros. Creo que cualquier argentino llevaba el cuarteto del rey del género musical y los pasos en la sangre, es por eso que enseguida nos pusimos a bailar, él me demostró ser un excelente bailarín, me llevaba perfecto y cantaba la canción como yo, como si los dos nos complementáramos en el baile. Definitivamente eso me gustaba del hombre, que supiera bailar y sobre todo llevar a la mujer, Leo ni siquiera sabía moverse en una pista, pero Joaquín era perfecto y tenía tanta actitud para moverse que me hacía reír como una loca. Cabía destacar que, fue muy respetuoso en tocarme el cuerpo, lo justo y necesario y sin ningún rastro de aprovecharse, simplemente pasamos un buen momento con las siguientes cinco canciones que siguieron.
Me ofreció otra cerveza cuando volvimos a la barra y acepté, estaba muy cansada y los pies ya ni los sentía, el dolor parecía normal, pero quería sacármelos de inmediato y ya era hora de volver a casa, me preocupaba exceder mi confianza con él y Leo comenzaba a aparecer en mi cabeza junto a sus reclamos, los cuales no estarían errados si seguía comportándome así de atrevida con un paciente, el cual no podía olvidar que lo era y lo que estábamos haciendo no era normal, de mi parte era demasiado imprudente.
—Joaquín...
—No exactamente tenés que decirme Joaquín.
— ¿Ah no? —levanté una ceja divertida, evidentemente ignorando todos los pensamientos cuerdos de hacía un momento. Él negó con una sonrisa ladeada.
—No, decime Joaco, o como quieras.
— ¿Buen bailarín entra en las opciones?
—Es mi segundo nombre. —refutó y los dos nos reímos. Volví a caer en cuenta de la imprudencia de la situación y comencé a despedirme.
—Bueno, buen bailarín, voy a buscar a mis amigas porque ya me voy a ir pero...
—No molestes a tus amigos, yo te llevo.
—No, no hace falta, gracias.
—En serio, dale, traje el auto. —insistió y se dirigió a la salida haciéndome seguirlo. Yo suspiré analizándolo rápidamente y accedí, no se comparaba un viaje en auto con él a solas con un viajo en taxi sin saber quién podría ser el galán de nuestra noche.
—Bueno esperá que les aviso, tengo que ir a buscar al ropero mis cosas.
—Dame el papel y te retiro las cosas, te espero ahí.
—Ok, gracias. —saqué de mi bolsillo el papel y se lo di. Fui a los reservados esperando encontrarme por lo menos a Rita, mi búsqueda fue exitosa y le mentí con mi cansancio, también con el encuentro con una amiga y que ella iba a llevarme, ya que Leo me había enviado un mensaje para que volviera, por supuesto me creyó y se lamentó por mí, pero yo no creía que era una lástima mi huida del boliche, por lo que la saludé y me fui al encuentro con Joaco donde me esperaba con mi cartera para salir.
Respiré el aire fresco y purifiqué mis pulmones apenas estuvimos afuera.
—Dejé el auto a una cuadra.
—Uh, bueno, esperá entonces porque no los aguanto más. —le dije por mis zapatos y me agarré de su brazo, haciéndolo parar así podía equilibrarme y sacármelos, hice un jadeo orgásmico enseguida mis pies tocaron el suelo y él se rió.
—No podés estar haciendo eso en serio, te vas a cortar con algo.
—No siento nada, desde las seis de la mañana que tengo tacos, no puedo más.
—Sí pero te vas a cortar. Esperá. —dijo y antes que pudiera pensarlo más, se afirmó contra la pared para apoyarse y sacarse las zapatillas. Levanté ambas cejas incrédula cuando me las ofreció. —Tomá.
— ¡¿Qué haces?! ¡No, no, no las necesito! —le dije y quise reírme de la sorpresa, pero la ternura no me permitía exagerar.
—Por favor, yo tengo medias al menos, dale ponéte, juro que están libres de olores. —insistió y los dos estallamos en carcajadas, pero riendo me ayudó a ponérmelas y por supuesto que eran más grandes que mis pies, pero se sintió genial, además me quedaban geniales.
De camino al auto, no conseguíamos dejar de reírnos de la gente que pasaba y lo miraba raro por estar descalzo, yo no podía creer lo que había hecho por mí y detrás de toda la risa, el corazón me estaba por salir del pecho de lo desenfrenado que iba. Era todo un caballero, e involuntariamente me tenía que morder el labio y resistir la sonrisa estúpida para que no me delatara, pero que me abriera la puerta del auto también era un sinónimo de perfección para su listado.
—Te las regalaría si no te quedaran grandes.
—Me quedan geniales, es suficiente. —le dije devolviéndole las zapatillas y él sonrió aceptándolas. —muchas gracias.
—No hay de qué, vamos. —me cerró la puerta y dio toda la vuelta para subirse del otro lado mientras se ponía de nuevo sus zapatillas. Sonreí para mí y suspiré más relajada, había sido un amor, muy tierno de su parte darme sus zapatillas, Leo nunca haría eso.
— ¿A dónde vivís?
—San Isidro.
—Ok, espero que no te moleste. —dijo y encendió el estéreo, cuando resonó la banda Callejeros, abrí los ojos de par en par.
— ¡¿Qué?! ¡Por Dios amo Callejeros! —le dije exaltada y chocamos los cinco riendo.
—La mejor banda de la historia.
—No hay otra igual, los amo. —chillé como loca y él se rió mientras arrancaba.
No recordaba haber tenido un viaje tan divertido a casa, cantamos las canciones casi gritándolas y haciendo un gran lío en el auto, parecíamos dos locos desquiciados cantando y simulando tocar la guitarra o las trompetas. Realmente fue un buen viaje, no creía que me podía divertir tanto, aunque una sensación estúpida como la amargura me agarró cuando le tuve que indicar cómo llegar a mi casa, aún así no dejamos de cantar,
—Esperá, no es necesario que me dejes en la puerta...
— ¿Por qué no? Te dejo ahí.
—Novio. —le advertí y bajó la velocidad haciendo una mueca.
—Cierto.
—Dejame acá, es en la otra cuadra. —suspiré y asintió. Llegó a la esquina y me desabroché el cinturón, al mismo tiempo que él bajaba la música. —gracias por traerme.
—No hay de qué.
Iba a abrir la puerta, pero antes me acerqué y le di un beso en la mejilla, me sorprendí de mi misma y antes que él pudiera darse cuenta de lo que acababa de hacer, le hablé con franqueza.
—Gracias, y... mirá Joaco entiendo y recibo perfecto la buena onda, va igual, pero no sólo que sos mi paciente, sino que también los dos estamos de novios.
—Va con buena onda, tranquila. —me dijo haciendo un ademán despreocupado y yo asentí con una sonrisa, confiando en que estábamos bien en entendernos. Me acerqué de nuevo a la puerta para abrirla y antes de bajar, volvió a hablar acaparando mi atención en el proceso que hacía de poner los pies en la vereda. —igual eso no quiere decir que no me parezcas hermosa.
El corazón me quedó en la garganta, tragué y busqué mi voz rápidamente.
—Nos vemos el viernes. —musité con una pequeña sonrisa, me guiñó el ojo y cuando estuve afuera, morderme el labio fue inevitable.
Me di cuenta que no se fue hasta que entré y fue un alivio porque no había nadie y tenía un poco de miedo. Leo no estaba pero era mejor, yo tenía una imborrable sonrisa en la cara y ningún esfuerzo era suficiente para quitarla de mi cara.