— ¿Estás enojada?
— ¡Obvio que estoy enojada! —le dije alterada y enervada porque aún tenía el tupé de preguntármelo. — ¡Sos un egoísta de mierda!
—Estamos llegando tarde, no puedo retrasarme Jaz, pero te juro...
—No, ni se te ocurra, no quiero nada tuyo ya.
—Bueno cambiá la cara, que después vienen los rumores. —dijo siendo muy capaz de ser más sinvergüenza y yo bufé cruzándome de brazos con la ira recorriéndome la sangre. Odiaba que me dejara siempre pagando, él sí había tenido su orgasmo, ¿pero yo? No, yo no podía, porque claro, nos estábamos retrasando y mi liberación no se acercaba como la suya, dado que ni siquiera podía calentarme lo suficiente para tenerme ni al mísero límite. —Dale no te enojes. —me quiso agarrar la mano pero se la saqué de encima casi con brusquedad. —teníamos poco tiempo.
—En menos de cinco minutos me podés hacer llegar y ni siquiera lo haces, no se justifica, sos un egoísta de mierda.
—Ya te pedí perdón, ¿vamos a discutir por algo tan estúpido?
—No es la razón, ¡Es tu actitud, es tu machismo! —grité con la bronca sin poder apaciguarse porque al contrario de calmarme, cada palabra que salía de su boca era como si le tirara leña al fuego que para peor, ni siquiera era de deseo. Él bufó. —y no es la primera vez que me lo haces, siempre vos primero y ya está ¿no? ni cerca estuve, Leo.
—Bueno pero vos sos bastante lenta...
— ¡¿Me estás cargando?! ¡Sos vos el que me tiene que hacer llegar, es tu problema hacerle llegar a tu novia un puto orgasmo, parece que ni coger sabés!
— ¡Bueno ya está, cortala! —me dijo elevando la voz, reaccionado solamente cuando hería su estúpido ego machista. — ¡No voy a discutir por una estupidez, y cambiá la cara porque me vas a hacer enojar peor!
Negué incrédula, incapaz de soportar que fuera el ofendido. Bufé y miré por la ventana, la autopista estaba calmada a diferencia de cómo me sentía yo, porque sí, me molestaba muchísimo no haber tenido un orgasmo, no recordaba cuando fue la última vez que mi novio me hizo llegar a uno, era tan estúpido que lo mínimo que podía hacer para complacerme, no podía ni lograrlo, y aunque pudiera por mí misma ¿qué sentido tenía compartir la cama con él? La frustración era inmensa, porque tampoco pude dármelo yo, ya que me apuró de tal forma que apenas acabó me negó el tiempo que pude haber disfrutado del mínimo encuentro que propuso, que al fin y al cabo fue solo para su placer.
Los papás de Leo tenían buena posición económica, por ende él lo intentaba con su propia carrera, era abogado y había ganado bien en los tres años que ejerció muy buenos casos, pero no llegábamos a ser como ellos. Su papá era dueño de una fábrica de galletitas muy conocidas que lo hacían ser un hombre de poder, su mamá sólo era la que se gastaba la plata y ni siquiera había criado a sus hijos ya que no hacía nada, los chicos tuvieron niñeras desde siempre y aunque ellos la amaran, era una mujer muy soberbia, yo no la soportaba. Ellos vivían en un country privado a las afueras del partido de San Isidro, no estábamos tan lejos y aún así no los visitábamos muy seguido, eso no significa que no se vieran como familia, una vez al mes los hermanos se juntaban a comer con sus papás en un restauran muy caro de la ciudad, a su casa sólo iban de a uno a cenar con sus parejas y esta vez nos tocó a nosotros.
Héctor me caía bien, no es que tenía mucha relación con él pero no era un mal hombre, estaba atento a mí siempre y era muy educado, Jona su hermano también me agradaba, pero no estaba y ese era el motivo de que me simpatizara, ¿pero qué decir de su mamá? Con su sonrisa hipócrita y tirándome indirectas cada dos segundos, incluso en la mesa, la señora se daba el lujo de acariciar y besar a su hijo como si fuese que no lo veía hace un montón, haciendo hincapié a que yo se lo había robado y lo tenía prisionero para que no lo viera, pero estaba acostumbrada, no me afectaba.
Desde que empecé a salir con Leo, nunca nos agradamos, si bien al principio intenté por él ser más amable de lo que se merecía, ya no sentía que valía la pena, dijera lo que dijera estaba mal, no era justa o no lo entendía lo suficiente, así que simplemente no insistía en lo que era evidente, su mamá y yo nos odiábamos pero éramos lo suficientemente correctas para no gritarnos frente al sensible de su bebé.
—Voy al baño. —le avisé a Leo y él asintió, me levanté con sutileza y me dirigí hacia el baño del pasillo para despejarme un poco de la tensa e innecesaria conversación acerca de lo chiquito que era nuestro departamento según su mamá. Mi teléfono sonó pero lo ignoré al entrar, lo puse sobre el lavabo y mientras me lavaba las manos y refrescaba la nuca, visé el número emisor, no lo tenía agenda y fue raro, por lo que abrí el mensaje mojando un poco mi pantalla.
Hola soy Joaquín, tu secretaria me dio tu número, sólo quería agradecerte por la sesión de hoy, beso.
¿Qué? Confundida y con un discurso en mente para que Pau se replanteara su profesionalidad, me sequé rápidamente las manos y agarré el teléfono para contestar con los nervios de punta.
Hola, no hacía falta pero me alegro de que te haya agradado, un beso.
No había razones para que Paulina le diera mi número, y debería quejarme porque no accedía a darlo hasta tenerle confianza al paciente y que sea muy necesario llamarme a cualquier hora por alguna urgencia, pero al escuchar cómo se elevaba la voz de mi suegra en el comedor, decidí que no me iba a enojar con mi secretaria, porque me gustó recibir el mensaje de mi paciente, fue agradable que se tomara la molestia de agradecerme por la sesión, lo que en efecto, no era nada profesional pero por el momento podía dejarlo pasar. Sin embargo no me quedó opción de borrarlo cuando salí y lo vi a Leo acercarse, mis nervios me jugaron en contra y su número desapareció de mi lista de últimos chats.
— ¿Ya estás?
— ¿Qué?
—Si ya terminaste. —dijo y yo asentí un poco confundida guardando el teléfono lejos de su vista. La tensión era absurda pero la sentía, no se suponía que fuera normal que me buscara en el baño a menos que quisiera irse y me esperancé por un momento, pero no amagó a decir nada.
—Fui a hacer pis, tardé dos minutos nada más.
—Lo sé, vine a buscarte.
—Conozco el camino.
—Estabas tardando. —murmuró y yo rodé los ojos. En realidad hasta él se sentía incómodo con las críticas de su mamá, pero era tan cobarde que no la podía callar ni respetuosamente y prefería quedar como un tarado que buscaba a su novia en el baño.
— ¿Y entonces Jaz, cómo va ese consultorio? —me preguntó mi suegro cuando ambos volvimos a la mesa y la señora que se encargaba de la cocina nos estaba poniendo el postre, le agradecí con una sonrisa amable y miré a Héctor para responderle.
—Va muy bien por suerte, un poco agotador pero estoy cómoda y me gusta.
—Me alegro mucho, ¿para cuándo unas cena con tus padres?
—Cuando ustedes quieran. —le sonreí antes de empezar con mi helado. Deseando no lo quisieran nunca, porque esas reuniones que, por suerte se daban una vez al año, me dejaban con ganas de exiliarme del país y no verlos nunca más en la vida.
—Ay Leo pareces un caníbal, ¿hace cuánto no comés así hijo? —se rió su mamá, yo la ignoré porque sabía lo que seguía, las indirectas, que a veces eran directas pero ya nada me sorprendía de su parte así que simplemente me enfoqué en mi postre.
—Todos los días como bien ma, pero estaba con hambre.
— ¿Estás seguro? ¿Qué le haces de comer a mi hijito? —me preguntó con voz de p**o y yo la miré intentando no levantar una ceja incrédula. Leo contestó por mí y muy internamente se lo agradecí, no quería dirigirle la palabra a esa víbora.
—Jaz hace buenas comidas mamá, pero los dos siempre preferimos el delivery, ¿no amor?
—Ajá.
—Pero eso es comida chatarra, vos necesitas nutrientes y hortalizas, estás delgado bebé.
—A su hijo no le gustan, yo me las preparo de todas maneras y aún así no las come, es muy caprichoso y mañoso el bebé. —dije entre dientes mirándolo para que intercediera pero no se defendió y ante él, no me molesté en no rodar los ojos.
—Deberías probar recetas más divertidas, sin que él se dé cuenta.
—No tengo cinco años, y no me gustaban antes ni ahora, prefiero la pizza.
—Pero eso no es saludable, tu mujer te tiene que cocinar sano bebé.
—Y cocino. —dije mirándola para callarla, pero nunca se iba a quedar con la última palabra así que agregué. —que no quiera comer el muy malcriado, es otra cosa.
—Entonces no le gusta lo que le hacés, pero bueno es normal, es hasta que se desacostumbren un poco de la comida de mami. —le sonrió ella y Leo asintió. Exhalé mirando mi postre y me propuse no volver a abrir la boca, esperar callada aguantándome las ganas de irme y de no saltar a arrancarle la yugular.
No obstante, a Leo lo mataba mi silencio, sabía que podía ser igual de cínica que su mamá más tarde cuando nos fuéramos, pero su preocupación principal se basaba en que no pensaran que entre nosotros las cosas estaban mal, las cuales no se esmeraba en mejorar demasiado para que yo no tuviera que hacerle el favor de fingir, porque ya me había acostumbrado a que él prefiriera aguantarme a mí después, a que su mamá lo notara en crisis. Yo intuía que se debía a que nunca quiso que se fuera a vivir conmigo, así que demostrar que estaba perfecto siendo independiente en su vida plena con su novia profesional como él, era más importante que hacerme feliz realmente.
De camino a casa, comencé a pensar en ello, en lo acostumbrados que estábamos siendo infelices, en lo igual que mi pareja era a la de mi paciente más reciente, al que se suponía que yo debía darle consejo y encaminarlo a salvar algo que, por cómo relataba y yo lo vivía en mi vida personal, estaba lejos de poder tener la voluntad adecuada para sobrevivir, lo que me convertía en una hipócrita y me cansaba de la misma forma, porque me agotaba dar hasta lo mínimo de mí en contradecirlo con tal de ni escucharlo.
Para mi suerte, en todo el camino estuvo de acuerdo en mantener el silencio, y por un momento me ilusioné en que había entendido varias cosas, pero derribó esa teoría esperanzadora e ilusa apenas llegamos a casa.
—Tenés que dejarla hablar, no le des tanta atención.
—Le doy atención porque me lo dice con toda la intención Leo, si tan delgado te ve que te venga a cocinar ella o vas vos, a mí me simplificarías la existencia.
—Tampoco es que te esmeras mucho en hacerme comer hortalizas. —dijo por lo bajo dándome el pase primera para entrar al departamento, yo entrecerré los ojos al verlo y quise reírme, pero lejos estaba de ser un chiste. Su sentido del humor fue carente desde que nos conocimos y extrañamente eso no me había desagradado.
— ¿Vos de verdad te pensas que soy tu mami que te tiene que hacer la comida? No querido, estás equivocado, suficiente que a veces hago la cena.
—Y parece que con otra cosa no me puedo conformar.
—Y no, hace dos años vivís conmigo, sino te gusta ahí está la puerta. —se la indiqué y él rodó los ojos. Me saqué los zapatos tirándolos en el living y Patty se despertó ladrando, hasta que nos vio y logró identificarnos. Sonreí al recibirla y la acaricié cuando se puso en dos patas sobre mis piernas. —hola bonita.
— ¿Es necesario qué dejes todo tirado?
—No empieces Leo, por favor te lo pido.
—Bueno entonces vos no empieces a tirar todo, por Dios. —refunfuñó. Lo ignoré de camino al cuarto, no tenía ganas de escucharlo y menos de discutir por un tema que ya era irremediable, no sabía qué pretendía, de un día al otro no iba a cambiar mi forma de ser, podía ceder a algunas cosas pero cambiar era imposible cuando él tampoco tenía las ganas de hacerlo con las cosas que me molestaban a mí, así que así estábamos.
Me acosté con un libro para seguir leyendo y mi teléfono sonó antes de que lo agarrara con un mensaje de mi amiga Rita, quería salir pero estaba segura que a Leo no le iba a gustar mucho la idea, había salido el fin de semana pasado y cuando volví estaba totalmente borracha, sin contar que eran las cinco de la mañana y apenas pude llegar. Él se enojó muchísimo por eso y le juré que no lo había engañado cuando me hizo prometerlo, realmente no lo había hecho pero su inseguridad estaba a flor de piel, por más hombres que estuvieran detrás de mí, mi objetivo cuando salía con mis amigas era divertirme, no engañarlo.
No, no puedo, Leo no va a querer y aparte estoy cansada, el que viene.
Abrí el libro y me puse a leer, me moría por salir a bailar y disfrutar con mis amigas, pero tener novio celoso e inseguro era lo peor para el caso. Ellas me decían que era gobernada, pero no lo era, normalmente era lo contrario, solamente sentía que le debía un respeto a la relación, y eso no significaba que yo accediera a todo lo que pedía.
— ¿Me dejas recompensarte? —preguntó después de un rato sentándose a mi lado cuando salió de bañarse, me quiso sacar el libro pero no se lo permití.
—Sos lo más patético que hay, eso no se pregunta, en todo caso aceptá la derrota Leo.
—Bueno pero ya te conozco, mi ego es frágil, ya sé que estás enojada y alterada, pero no te la agarres conmigo.
—Es que vos sos la razón principal, ¿con quién me las agarraría? A tu mamá no puedo mandarla a la mierda tan fácil.
—Calmate, ya pasó eso. —se acercó a besarme y lo seguí sólo un poco, no tenía ganas, me las había sacado todas él y su mamá. Igualmente, se arrodilló en la cama sin dejar de besarme y me levantó el vestido de pijama corto para ir hacia el elástico de la tanga que tenía puesta.
—No pará, no tengo ganas. —le corrí la cara sacándole la mano, pero siguió besándome pese a mi desgano.
—Dale no te hagas la difícil, te prometo que esto va a ser todo tuyo. —prometió pero eso no me ilusionó tampoco, básicamente porque ni siquiera estaba excitada, aunque no servía de nada negarme y no darle la oportunidad de hacerlo, así que respiré hondo y se lo permití, quería ver cuán persistente era para poder darme un orgasmo a pesar de mi decepción.