El loco de las trampas

3022 Words
Cher se acercó más a su amiga, los tres miraban a todos lados esperando ubicar el origen del sonido, finalmente fueron conscientes de un par de ojos brillantes que los observaba detrás de un árbol. La oscuridad que lo cubría no dejaba ver bien al dueño de aquella risa. No parecía detenerse, sea quien sea se burlaba de ellos, por un segundo Ady vio, algo que parecían unas orejas moverse en la cabeza del individuo. Parecía un oso. Raff se había acercado unos pasos intentando verlo mejor, en eso, el blanco de unos colmillos resaltó de la boca de su observador, no fue necesario nada más. Raff salió corriendo al instante y las dos amigas lo siguieron. Cher corría detrás de su amiga sin saber la razón de su pánico, oía más pisadas por el bosque atrás de ellas, dio por hecho que el chico también buscaba una forma de huir. El corazón golpeaba su pecho rogando encontrar la salida, Ady; apretaba el agarre en la muñeca de Cher mientras rogaba en silencio lograr salir pronto de ahí. Corría confiando en su instinto porque no se estaba deteniendo para corroborar que el camino que estaba tomando la llevaría a la salida. El peso de tener a su amiga ahí con ella todo por su insistencia la estaban torturando, Cher estaba ahí solo por su culpa, porque ella quería internarse en aquel bosque, si algo malo le llegara a pasar, nunca se perdonaría. Las primeras en salir del bosque fueron ambas jóvenes, saltaron la última hilera de raíces cayendo de bruces en la tierra seca. El sudor perlaba la frente de ambas, Ady vio el rostro de su amiga que casi ya tomaba el color de su cabello, ambas agitadas y temblorosas. Estaban a salvo, aun así se encogieron cuando vieron otra figura salir de entre las ramas y caer al lado de ellas. Cher lanzó un pequeño grito cuando vio al chico salir como una sombra negra de entre los árboles. —Maldita sea casi me matas del susto salvaje — Gritó al chico que también tenía las mejillas rosadas y el sudor en su rostro. — ¿Por qué corrieron? Cher casi gritaba las preguntas, estaba nerviosa y era una forma de calmarse o al menos intentarlo. —Cher cálmate, ya pasó – Ady se había acercado a ella intentando que baje la voz — Iremos a casa lo prometo, solo deja que me encargue de esto. —¿No te das cuenta que casi morimos? Esa cosa nos miraba desde la oscuridad, tú me aseguraste que el lugar era seguro —El lugar es seguro, eso que pasó allá solo fue algo extraño — Confirmó Raff mirando el bosque algo confuso o molesto Ady no sabía. Pero de algo estaban seguro los dos, que era la primera vez que se topaban con algo así en el lugar. —¡¿Seguro?! Habla el loco de las trampas que cuelga a todos de cabeza. —Cher ya basta – Ady se plantó al frente de su amiga, miró fijamente a sus ojos, sabía que se calmaría, podía ser muy persuasiva sin decir ni una sola palabra — Todos estamos asustados y si, sé lo que dije, y pues lo que pasó — Miró a Raff en busca de una respuesta pero él se veía tan perdido como ella — No sé lo que pasó pero no quiero…no quiero saberlo. —Dejé mi mochila Cher había abierto los labios lista para responder, pero las palabras de Raff la obligaron a callar, ambas lo miraron como si estuviera loco. Nadie en su sano juicio volvería ahí, y menos con esa bestia, o lo que fuera, rondando. Ady agradecía que su amiga no pudiera ver en la oscuridad o definitivamente no dejaría de gritar. Sus ojos lobunos eran mejores para observar en la oscuridad, así que ella había visto con suma claridad esos colmillos asomarse en la negrura. —No creo que pienses volver, si eres listo no lo harás – Los ojos lobunos se juntaron con los ojos grises de Raff, aquello era solo una advertencia, ella no planeaba disuadirlo en caso de que el chico tuviera alguna obsesión con el peligro. El ambiente era muy tenso y pesado, Ady podía sentirlo en sus hombros, además claro, del peso que Cher significaba ya que se sostenía de su brazo. No dudaba que si se alejaba de ella su amiga se desplomaría como un títere. El chico pasó su peso de una pierna a otra como si sopesara la idea, ellas estaban listas a marcharse. Cher se había calmado y mantenía la mirada fija al piso, Ady sentía el sudor rodar por su frente y bajar por su cuello, odiaba esa sensación, dejaría que el chico se matara si deseaba. Limpió un poco su ropa del polvo de la caída y tomó la mano de su amiga ya para marcharse. —Qué bueno que aún no los perdí, no acostumbro correr por estos bosques. La ronca voz de alguien les llegó desde la arboleda, como un acto reflejo Ady se plantó delante de su amiga, quien ahogó un gritito y se ocultó detrás de ella. ¿Sollozaba? Ady no planeaba voltear a comprobarlo, eso sería darle oportunidad para que quien sea que los viera pudiera atacar. Raff a unos metros de ellas había sacado una navaja que ahora brillaba en su mano, la voz se cayó de improviso. Silencio. La criatura sabía que debía ir con cuidado al tratar con ellos, a pesar de que sabía que ambos no contaban con alguna formación en lucha, no pudo evitar temblar al ver la mirada del chico con aquella arma en su mano. Los ojos de ambos mostraban un leve fantasma de sus pasados. Verlos dolía, era un recordatorio de todo el sufrimiento que habían pasado luego de aquella noche. —No voy a lastimarlos — Aquello no sonó creíble, el gruñido del final lo hacía dudoso, la criatura maldijo para si — Solo quiero hablar con ustedes…os juro que no haré nada. El silencio volvía a estar presente, Cher había sacado sus ojos curiosos por un lado del cuerpo de su amiga, había escuchado las palabras de su observador, ambas se miraron y casi como algo planeado, Raff y Ady intercambiaron una mirada volviendo al frente. —Estoy desarmado, no tengo forma de lastimar a ninguno — Su voz se fue haciendo algo aguda, más como una súplica — Los estaba observando, es de suma importancia que me escuchen. Claro, un extraño del bosque tenía un mensaje muy importante. Pensó Ady poniendo los ojos en blanco, Cher daba tirones a su brazo que solo significaba una cosa “Hay que marcharnos”. Esta vez no dudo, ya había metido en aquel embrollo a su amiga y no cometería el error dos veces. Bufó en tono de despedida, y giró sobre sus talones alejándose del lugar. Raff la vio irse aún sin bajar el arma que por ahora implicaba su única seguridad, no pasó mucho antes de que se acercara a su bicicleta sin dejar de ver los dos puntos brillantes que suponía eran los ojos del que le hablaba. —Atius por favor. Fue lo último que escuchó antes de alejarse lo más rápido que podía, tendría que inventar una buena excusa para explicar que volvía a casa sin su mochila. Ahora no quería pensar, la cabeza le dolía a tal punto de casi nublar su vista. El sol se ocultó tras unas oscuras nubes, la lluvia sonó distante antes de caerle encima. Al llegar a los acantilados, ambas chicas habían enviado todo el tema del bosque al rincón más alejado de su mente, disfrutaron del poco sol y la gran lluvia que finalmente las había empapado y enviado a casa. Pero ahora en la noche, sometidas al silencio del mundo y con la mente activa, los recuerdos regresaban con fuerza y ensombrecía sus rostros. Ady dejó su taza de té vacía a un lado de su cama, ambas estaban envueltas en sus pijamas, Cher seguía mirando al vacío con ambas manos sujetando la taza aún llena. Ady miró unos raspones en el cuello de su amiga y sintió un pinchazo en el pecho, aquello había sido su culpa. — Cher - la llamó — Humm. Fue la única respuesta que obtuvo, sus ojos tampoco se fijaron en ella, respiró profundo antes de continuar. —Cher…lamento lo de hoy, no debí insistir para ir así, no creía que pasaría algo, la curiosidad me llevó a eso y pues veo que fue un error. Cuando fui todo estaba calmado y luego el apareció. Sé que estas furiosa y que seguramente quieres golpearme, puedes hacerlo pero perdóname yo… La mano de su amiga se levantó deteniendo su verborrea, Ady calló. Los ojos verdosos de su amiga la miraron, en ese momento se sintió tan pequeña ante ese brillo verde. Parecía una madre mirando a su hijo que acababa de romper un jarrón muy valioso. Alejó la taza de sus labios y la sujetó entre sus piernas, por un momento no dijo nada, parecía estar buscando las palabras correctas para perdonarla, o condenarla. —Debería enredarte los cuernos en las campanas de viento de abajo – Dijo finalmente seguido por un suspiro – Mira la verdad no hay nada para perdonar, no sabías que algo así sucedería, me dices que ya explorabas ese lugar y pues supongo nunca sucedió algo como lo de hoy. En cuanto al loco de las trampas pues… — Se encogió de hombros — Tampoco es que tú lo hayas llamado. Solo, tranquila fueron muchas cosas, malas coincidencias en un espacio muy pequeño. Ady seguía mirando los rasguños, Cher pudo notar la dirección de sus pensamientos y llevó su mano a su cuello, negando los cubrió con su ropa. —Esto tampoco es tu culpa, soy torpe en la naturaleza sabes que no me llevo bien con ella, además son solo rasguños, no moriré por ellos. Había escuchado todo con atención, quería sentirse bien por sus palabras pero volvía a verla colgada de cabeza y con los ojos llorosos. Asintió cuando terminó de hablar, no quería decir más, tampoco sabía que decir. —¿Ady? — Musitó su amiga luego de un rato, ella levantó la mirada — Hay algo más que quiero decirte de esa aventura — Se acercó un poco más — ¿Viste quién era el que te hablaba a ti y a ese chico? Por su puesto que lo había visto, bueno solo había visto el movimiento de una oreja que claramente no parecía humana, y los colmillos. Aquello no lo había mencionado a su amiga para no alertarla. Frunció el ceño ante esas palabras mientras negaba. —Bueno, no estoy segura de lo que diré pero me es necesario decirlo para saber que no es un sueño. Quizá fuera el miedo o no lo sé pero a la segunda vez que habló, cuando ya estábamos fuera del bosque pude ver algo de él. — Miró hacia la puerta como si esperara que de la nada Monik abriera la puerta y les preguntara más sobre su aventura. Al llegar, Monik les había preguntado por su día y ambas como buenas mentirosas, le inventaron maravillas de su caminata por los acantilados y la preciosa vista que había desde ahí. Ady sabía que era mejor ello, su madre se preocuparía mucho y posiblemente las castigaría a las dos si supiera que habían estado a poco de morir a manos de un desconocido. —El que nos hablaba tenia colmillos…Así como un oso o un perro no lo sé, pero sí sé que eran colmillos, además de eso vi que no tenía piernas — Cerró los ojos y sacudió la cabeza como si intentara ordenar ideas — O sea si tenía pero, no eran humanas…no sé cómo decirlo …parecían las patas de un cocodrilo. La sensación de calma la había invadido al saber que aquella oreja que había visto posiblemente no era culpa de su activa imaginación. Pero duró poco, si ambas habían visto algo que indicaba que la criatura que les había hablado no era humano, entonces ¿Qué era? —Quimera — Aquel susurro abandono sus labios incluso antes de que Ady se percatara, a su mente vino la mujer de la tienda y el amuleto, quizá su historia no era tan descabellada después de todo. —¿Crees que nos chocamos con otra quimera? Cher sorbió el agua haciendo ruido como una niña pequeña, sus grandes ojos no parpadeaban, habían pasado de un día de susto a estar trabajando en lo que parecía un misterio. Si es que aquel encuentro había sido con otra quimera como decía su amiga. ¿Por qué nunca antes lo había visto? —Pero nosotras no lo llamamos, además él decía unas cosas algo sobre… —Que quería hablar con ustedes — Culminó Cher – Y eso lo hacía más raro pareciera que los hubiera estado esperando o como si los conociera ya desde hace mucho. Porque tú no te diriges así a alguien si no lo has visto en otra ocasión. Aquello sonaba escalofriante, si lo analizaba, Cher tenía mucha razón, las palabras que la criatura había dicho daban a entender que los esperaba ya desde hace mucho, y más aún sabía quiénes eran. La idea de haber estado vigilada por alguien con colmillos y patas de cocodrilo, era terrorífica. En ese momento volvió a su mente la imagen del chico y se preguntó si habría ido por su mochila o se habría marchado. *** Raff había llegado a casa totalmente mojado y con los pantalones bañados de lodo por los charcos que le habían salpicado. En medio de su huida no se había detenido a pensar en su aspecto o si es que lo seguían, quería volver a casa, a su aroma familia, a su seguridad. Al llegar había encontrado su casa vacía, eso le había dado tiempo de limpiar sus huellas de lodo en las baldosas grises del salón, meter su ropa sucia a la lavadora y tomar un largo baño caliente. Una hora más tarde su madre le había llamado avisando que llegarían algo tarde y que no se preocupara. Después de colgar la llamada se fijó en el rostro pálido que le devolvía la mirada desde el espejo de cuerpo completo. El color morado teñía su costado derecho y la cabeza le dolía cerca de la frente, seguro producto de la caída y el golpe. Fuera de eso, estaba en perfectas condiciones. Se tomó el tiempo de pasear por su casa, adoraba los momentos en que se quedaba solo porque podía pasear semi desnudo sin algún grito de su madre. Bajó a la cocina preparándose una gran taza de té y tomando algunas galletas, buscó algunas pastillas para el dolor de cabeza y regresó a su habitación. Miró el reloj esperando haber perdido bastante tiempo, pero solo había transcurrido veinte minutos desde que su madre había llamado. Tenía mucho tiempo para pensar, algo que no quería, la cabeza ya no le dolía tanto, pero el molesto martilleo seguía ahí constante. Quería borrar los recuerdos de ese día, la sensación de sentirse fuera de control era algo que odiaba. Resignado, tomo un papel y un lápiz, si el tema no iba dejarlo en paz, entonces lo mínimo que podía hacer era entenderlo. Anotó incluso el detalle más mínimo de todo ese día: Las palabras de su observador, los hechos, e incluso las chicas. Dio vueltas y vueltas al tema intentando encontrar algún sentido, parecía un conspiracionista, pensó, y la idea le causó un poco de gracia. Arrugó un nuevo papel tirándolo a la gran alfombra de papel arrugado que ya se había formado bajo sus pies. Volvió a leer las palabras que la criatura les había dicho, lo escribió en una hoja aparte, varias veces como si fuera un hechizo. La idea de que era un vil secuestrador o estafador habría sonado agradable y convincente de no ser porque él sabía que no era humano. Al principio dentro del bosque no lo había podido ver, pero cuando se acercó a tomar su bicicleta se había acercado lo suficiente como para notar que las palabras habían sido mencionadas por alguien cuya cabeza era la de un oso o al menos parecía uno, puesto que no tenía el hocico tal y como un oso debería tenerlo. Pero ahí no había acabado, su mirada fue bajando por su torso humano desnudo y se posó finalmente en sus fuertes y gruesas patas de cocodrilo. Con esa visión grabada en su mente había huido del lugar. Ahora seguía dando vueltas a todo, no entendía como el parecía conocerlos, Raff no recordaba haber visto nunca a las dos gritonas con quienes se había chocado ese día, y claro las que también lo habían golpeado. Intrigado aun así, sacó su viejo anuario de la escuela esperando encontrar sus rostros en alguna de las paginas, pero simplemente no aparecían. Eso ya le daba una pista, las dos chicas seguramente acababan de mudarse. Y si era así, no podrían conocerse. Dejó caer su cabeza a la mesa, cerró los ojos recordando sutilmente a la pelirroja que había visto esa tarde, no muy alta, cabello esponjoso y extrañamente sin pecas. La segunda era un caso totalmente aparte, a ella la recordaba a detalle, como no hacerlo si había sentido que miraba a un lobo. Evocó la mirada de aquella chica y lo extraña que lucía, a pesar del calor nunca se quitó la chaqueta ni tampoco la capucha que cubría su cabeza, pero qué podía esconder una chica como ella, o mejor dicho, cuanto podía ocultar. Aquella imagen lo siguió incluso en sus sueños, la vio, escuchó su voz, pero más importante, escucho aquel nombre que había dicho la criatura. Atius. Aquel nombre era pronunciado por los labios de la joven que en su sueño traía un hermoso vestido dorado que ocultaba sus pies, ella cargaba una enorme espada y de la nada su pecho se bañaba en sangre y desaparecía. Asustado por aquella pesadilla, esa noche prefirió no dormir.
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