Mundo de cabeza

3991 Words
Sus sueños estuvieron plagados de árboles, señoras con amuletos, y estrellas. Nada tuvo sentido hasta que desembocó en el mismo sueño de siempre con la excepción de que ahora estaba en un gran salón y sentía alguien más a su lado, intentaba ver su rostro pero no podía. Su sueño la trasladaba hasta unos jardines, oía el mar y la suave risa de una mujer, estaba con alguien y traía un vestido, al mirar a su costado veía a una mujer que portaba una espada y un escudo, parecía no tener rostro. La figura de la joven se le fue acercando hasta casi sentir su aliento, de pronto su rostro se deformó y abriendo una deforme boca soltó un terrible grito de dolor. Despertó agitada, su corazón golpeaba su pecho con fuerza, pateó las mantas en un intento de levantarse pero solo logró caer de bruces al frio piso de madera. El golpe terminó de despertarla, miró su habitación y los ojos somnolientos de su amiga que se asomaban entre las mantas intentando contener la risa. Maldijo en voz baja levantándose adolorida. No podría sacar esa imagen de su mente, lo sabía. Aquellos ojos llenos de venas se habían fijado en los suyos, había visto tanto dolor en ellos; y el grito, ese grito que le partió el alma aún resonaba en sus oídos. Ambas jóvenes bajaron a desayunar sin comentar lo sucedido, la música de los Beattles sonaba del pequeño estéreo del salón, su madre cantaba en susurros mientras terminaba de servir la comida. Después de informar a su madre de sus planes para ese día, y preparar algunos bocadillos para llevar, salieron dispuestas a aprovechar el sol que se lucía radiante. Vestidas con playeras sin mangas y bañadas en bloqueador, emprendieron su marcha hacia los acantilados. Un sombrero de ala ancha se encargaba de cubrir los cuernos de Ady. El sendero por el que iban estaba desolado, según lo que Ady le había contado, era un antiguo camino por dónde se movían los campistas, que desde luego fue abandonado por supuestas historias de monstruos y ovnis. Conforme avanzaban el camino se hizo más angosto hasta dividirse en dos. Cher sabía que uno de ellos las llevaría a los acantilados, el otro en cambio las guiaría hacia aquel bosque que tanto temía. Ady se detuvo viendo la bifurcación, su amiga sabiendo lo que venía comenzó a negar con la cabeza antes de que inicie a hablar. —Deja de hacer eso, pareces loca —Pareceré loca pero yo no soy la que quiere entrar a ese horrible lugar Se sentía algo culpable de poner a su amiga en esa situación, Cher no era la exploradora más avezada del universo, ni siquiera de la ciudad. Es más, correr riesgos que tengan que ver con la naturaleza no era algo que gustara hacer, ella respetaba mucho a la madre naturaleza, porque, como ella decía “la naturaleza tiene la capacidad de destruirnos” por ello no tentaba mucho a su suerte en bosques o playas. —Cher — Dijo suplicante — Será rápido solo quiero mostrarte el lugar que vi, hay sol así que será aún más fácil ubicarnos -Pero ese hombre puede estar ahí, nos podría atacar ¡Puede ser un psicópata o quien sabe! Ady negó en medio de un suspiro. Admitía que aunque sonara exagerado, todo lo que decía entraba dentro de las posibilidades. Aun así el pesimismo era el peor enemigo de un explorador. —Vengo preparada, traigo una linterna y algunas cosas para defendernos, como gas pimienta. Si lo pensaba un gas pimienta no era una buena arma contra un hombre cuyo porte era parecido al de un oso. Miró el bosque sintiéndose derrotada, volvió los ojos a su amiga quien había comenzado a morder nerviosa sus labios. —¿Será rápido? — Dijo al final con la voz queda y temblorosa. —Lo prometo. La emoción iba creciendo en el pecho de Ady, quien llevaba a su amiga de la mano. Mantenía su brazo tenso sintiendo algo de resistencia aun en la pelirroja. Cher miraba con espanto aquellos árboles, odiaba mostrarse tan débil y quejica, pero nunca había mencionado la fobia que sentía a los bosques, incluso ella misma negaba tenerla y decía que solo era una simple tensión. Ahora frente aquella masa verdosa que se extendía en todas direcciones, sintió sus piernas más débiles. Antes de entrar Ady sacó de su mochila un par de casacas grises, guardó su sombrero en la mochila y le indicó el camino. Cher al principio no entendió para que se abrigaban, el sol brillaban enorme sobre ellas y el bochorno se sentía incluso en cada respiración. La siguió de cerca ajustándose la casaca, ponía atención al camino para evitar caer, a pesar de sus esfuerzo por moverse rápido notaba que fácilmente quedaba varios metros atrás de ella. Adentro los rayos solares no lograban tocar el piso, las copas tupidas de los árboles convertían todo en un techo verdoso y frío. Ady se tenía que recordar constantemente el detenerse para esperar a su amiga, la sujeto varias veces del brazo evitando que besara la tierra. —Estamos cerca, esa luz que ves allá es la del claro. Cher dio un salto al pasar una raíz, bajo sus pies se escuchó el discurrir del agua al ser aplastada, miró abajo viendo sus pies hundidos en una gran y mullida capa de musgo, se veía tan suave como para una siesta, aunque el sonido del agua fuera molesto. Levantó la vista logrando ver aquel punto de luz que se suponía era su salvación, se preguntó si así se sentiría llegar al paraíso. —¿Cómo estás tan segura? La ceja arqueada y aquella característica sonrisa ladina de su amiga iluminó su rostro, su dedo índice dio unos golpecitos en el tronco de un árbol que estaba a su lado, luego de ello giró sobre sus talones y continuó el camino. Confusa, Cher miró el tronco más de cerca, fue ahí donde se fijó que oculta por las sombras de las ramas, había un gran tajo que había separado la corteza, la huella de un cuerno. Limpiando el sudor de su frente, la pelirroja llegó exhausta al pequeño claro, su amiga ya la esperaba con una botella de agua en mano, se veía tranquila, ni siquiera su respiración había variado. Bebió el agua en un solo trago que pareció devolverle la vida. El lugar no era gran cosa, tenía una forma de un huevo, el pasto de amarillo verdoso parecía mal cuidado. Sus ojos pasearon hasta posarse en aquella repentina interrupción del paisaje, ese cuerpo rocoso se alzaba de la tierra y exhibía su entrada como una invitación al infierno. Seguro si hubiera tenido agua en la boca la habría escupido. —Te lo dije es raro así que hoy seremos aventureras ¿Lista para entrar? Cher comenzaba a dudar de las facultades mentales de su amiga, la vio guardar su botella de agua y sacar un par de linternas de la mochila, le entregó una de ellas mientras se acomodaba la mochila de nuevo. Cher miró la linterna en su mano, podía sentir en su pecho el cosquilleo de la adrenalina que comenzaba a rodear todo su cuerpo, no percibía el aire en sus pulmones, tenía miedo de encontrar algún cuerpo dentro pero también la emoción de lo desconocido. Ady dio el primer paso seguida por Cher. *** Raff metió su última bolsa de monedas en la vieja mochila negra, su madre había insistido en lavar su mochila marrón pues aseguraba que no era su color original, y en efecto había tenido razón pues ahora colgaba una mochila crema en el patio trasero. Salió de casa con las llaves girando en su mano, cualquiera que no lo conociera hubiera jurado que se trataba de un ladrón, por su forma de vestir era difícil no asustarse, guantes negros, sudadera negra, mochila con contenido desconocido y un pasamontaña colgando del asiento de su bicicleta. —Raff, oye — una mujer regordeta bajaba corriendo las escaleras, su vestido anaranjado brillante contrastaba con la despintada fachada amarilla — ¿Ya te vas? Me preocupa que salgas y no sepa dónde irás, además mírate lo delgado que estas, la gente pensara que no te alimento. Su risa no se hizo esperar, Raff conocía bien a su atolondrada madre. No pudo evitar mirarse, era bastante alto y fornido gracias a todas las tardes de exploración que hacía desde sus doce años cuando su padre le regalo un pequeño detector de metales. Desde aquella vez que se lanzó a las orillas del mar en busca de tesoros, su madre ya no pudo frenar su espíritu aventurero. —Tranquila mamá, te aseguro que no estoy en nada ilegal…o al menos eso creo, supongo que si me detienen lo averiguare — El ceño fruncido de su madre motivó más su risa — Y no estoy delgado, soy emm lo que se diría atlético. —Claro atlético — Gruñó mientras buscaba algo más en su hijo para comentar —¿Y ese pasamontañas? —Es solo para añadir emoción, confía en mí. Volvió a despeinarse más su castaño cabello mientras se apoyaba en el asiento de la bicicleta. Notando aún las dudas de su madre, liberó sus orejas de las torturantes horquillas y se puso el pasamontañas sin cubrir su rostro. —Así evito lastimarme más, anoche ya me dolió mucho estas cosas. Dejó caer las horquillas en las manos de su madre y besó su frente. Vivian miró los ojos grisáceos de su hijo, delineó su mentón contemplándolo. Añoraba los tiempos en el que era un bebé y podía tenerlo entre sus brazos. Sus dedos dibujaron la pequeña cicatriz hundida bajo su mentón, un eterno recordatorio de que casi lo había perdido. Raff posiblemente no recordaba ese día, aún era muy pequeño, esa mañana lo había llevado a la ciudad para comprarle algo de ropa. Mientras salían de una farmacia el sonido de un disparo la puso alerta, todo pasó lento, un vidrio explotó y luego vio a su pequeño llorando bañado en sangre. Luego de una visita al hospital y unos puntos en el mentón del pequeño, Vivian juró jamás dejar que lo lastimen. — Cuídate y trata de no volver tan sucio como ayer por favor, ten compasión de la pobre alfombra. — Es solo una exploración casual nada de qué preocuparse. — No es casual cuando mi hijo explora luciendo como un delincuente – Murmuró la mujer mientras colocaba una bolsa de papel dentro de la mochila del muchacho — Y por si te lo preguntas, sí, hay una manzana y bolitas de tocino…sufrirás un infarto de tanto comerlas. Subió a su bicicleta riendo, su madre lo vio alejarse hasta que lo perdió de vista. El clima era perfecto para un paseo, o para ocultar sus tesoros. Su mochila golpeaba su espalda a un ritmo constante, lo hacía sentir acompañado. Finalmente había encontrado el escondite perfecto para todos sus descubrimientos, pedaleó con más fuerza, algo le decía que ese día le guardaba muchas sorpresas. *** Al momento que dieron un paso dentro del oscuro pasillo, unos pequeños puntos dorados comenzaron a brillar alrededor de ellas, ambas se quedaron petrificadas mirando aquellas luces que se adentraban en el lugar como un pequeño ejército. Poco a poco las luces se fueron acercando a los costados del pasillo, y la luz fue surgiendo e iluminando el lugar. Grandes antorchas que colgaban de las paredes se fueron encendiendo y bañándolas en dorado. Ambas chicas intercambiaron una mirada, eso se estaba poniendo muy extraño. Ady se acercó a una de las antorchas con temor de quemarse, pero el supuesto fuego que brillaba solo era un domo de cristal que dentro contenía a un grupo de luciérnagas revoloteando. Contuvo una expresión de asombro, ¿Cómo se habían metido en esa burbuja? Pensó. Apagaron las linternas una vez que se aseguraron que nadie se aproximaba al lugar y siguieron adentrándose por el pasillo. Al llegar al centro, la luz dorada era muy intensa, con algo de esfuerzo sus ojos se fueron adaptando al brillo. Habían llegado a un salón circular de techos bajos excavado en roca viva, el piso parecía haber sido pulido. A un costado de la estancia, una delgada fisura se abría paso en la pared, de donde emergía un delgado chorro de agua cristalino que iba a parar a tres pequeños estanques que había a un costado. Los pasos de ambas resonaban en el vacío rocoso mientras se movían en busca de algo más, algo que quizá había pasado desapercibido a primera vista. Ady se detuvo frente a un pequeño agujero en la roca donde un brillo peculiar llamó su atención. Aprovechando la distracción de su amiga, metió la mano y sacó una brillante caracola y un par de monedas doradas, su mente al instante recordó al chico de la tarde pasada, volvió a guardar los objetos y siguió su camino, prefería que su amiga no supiera ello. Ady sabía que aquel bosque ocultaba maravillosos secretos, siempre que exploraba algún lugar lo hacía siguiendo a su corazón, por tonto que parezca, si sentía su corazón acelerarse entonces iba por el camino correcto. De esa manera había descubierto: estanques ocultos que parecían encerrar las estrellas en sus aguas, sauces llorones, cubiertos totalmente de flores blancas, zonas tan oscuras en los bosques donde las luciérnagas brillaban sin descanso y flores que se ocultaban ante el más mínimo ruido; Pero aquel lugar había sobrepasado todo ello, esa caverna parecía de otro mundo, como si estuviera vivo y por sus paredes se pudiera sentir el palpitar de un enorme corazón. — Creo que acabamos de descubrir una civilización perdida. El eco de la voz de la pelirroja reverberó en las paredes, los dedos de Ady que discurrían por las paredes, se detuvieron al oírla. Miró a su amiga con una gran sonrisa. La idea de haber descubierto alguna civilización era de locos, pero no podía negar que pensar en nombrar aquel lugar con el nombre de ambas causaba un hormigueo de satisfacción. — ¿Civilización Cherdy? — Continuó. Cherdy, pensó Ady, no sonaba mal, es más tenia ritmo, denotaba actitud. Cher corrió al medio del lugar y con las manos a la cintura miró al techo, haciendo la típica pose de súper héroe. — Seremos famosas y por fin podremos ir al maestro Tark y decirle ¡Ja! En su cara, si pudimos descubrir una civilización La mención de ese nombre, abrió la puerta de los recuerdos de Ady. Cuanto odiaba a ese profesor, a pesar de que intentara llevarse bien con él, ese hombre parecía esforzarse para caer mal a todos. Jamás olvidaría la tarde en la que la fuerte mano callosa del profesor Tark, se estrelló contra su mesa y la despertó. Miró esos ojos marrones donde pudo ver una Ady somnolienta que esperaba su condena — ¿Ya sabes quien descubrió América? — Había preguntado el hombre agudizando su voz al final, ella no había dormido bien hace ya dos noches por terribles dolores de cabeza, en ese tiempo supuso eran migrañas, más adelanto supo que eran producto de sus cuernos. — Su descubridor – Respondió con la voz pastosa del sueño aún en sus labios. La risa de sus compañeros y la mueca de disgusto de su maestro, era algo que no olvidaría — Jamás podrían descubrir algo aunque lo tuvieran al frente – Gruñó mientras se alejaba de su sitio hacia el pizarrón. Cher había sido la única que no rio ante su humillación, la tomó de la mano y le puso un dulce entre ellas. Desde aquel momento ella juró odiarlo siempre, y comprendió de que con Cher a su lado, no estaría sola. *** Mordiendo una bolita de tocino, finalmente Raff había llegado a su escondite, limpio sus dedos en sus pantalones y se cubrió el rostro para evitar quedar con todo el rostro bañado en telarañas. Ya en la primera ocasión le había pasado, bastó dar un paso dentro del lugar para percibir que algo había cambiado. Vio las antorchas encendidas y un aroma distinto flotaba por el lugar. Olfateaba el aire conforme se adentraba con cautela. Ambas chicas, cansadas de jugar y celebrar su descubrimiento, salieron dispuestas a comunicar al mundo su hallazgo, fue ahí donde al doblar por el pasillo, la figura alta de un hombre encapuchado las detuvo en seco. Cher gritó dándose ya por muertas, Ady no estaba dispuesta a morir sin luchar, sus manos se aferraron a una de las antorchas que arrancó de la pared y la dejó caer sobre la cabeza del hombre. La antorcha cayó al suelo con un ruido metálico, el cristal se rompió y las luciérnagas escaparon, el hombre había caído. Ady empujó a su amiga para salir del lugar, sabía que el hombre aún estaba consciente por sus quejidos, y posiblemente gracias a ella furioso. Una vez fuera del lugar, tomo la muñeca de su amiga jalándola al bosque, debían escapar. Sentía el calor del miedo invadir su cuerpo subiendo por sus mejillas y orejas, escuchaba pasos a su tras, rápidos y precisos, seguro él las perseguía. Raff se había levantado aún mareado por el golpe y había visto a las dos chicas alejarse del lugar, notablemente furioso, sacudió la cabeza y las siguió. El dolor del golpe había pasado, pero la ira no, eso hacía que su velocidad aumentara, ellas no serían rival para él en su bosque. Podía oír cada paso que daban, sus respiraciones… su olor. La culpa iba naciendo con más fuerza en su pecho, Ady trataba de orientarse a través del pánico, debía sacar a Cher de ahí, ella no tenía la culpa, estaban ahí porque había insistido con ver el lugar, no podía imaginarla herida por causa suya. Por primera vez se sintió atrapada, no reconocía el lugar, seguía avanzando solo con la idea de que un objetivo en movimiento es más difícil de atrapar. Se abrió paso a través de la maleza, Cher se le adelantó en un momento que creyó reconocer el árbol marcado. Sus pies al caer con fuerza a la tierra, desencadenaron un sonido que heló la sangre a las dos. No tuvieron ni una fracción de segundo para reaccionar, cuando Ady se percató, Cher colgaba de cabeza de un árbol, una de sus piernas estaba atada a una cuerda mientras la otra se agitaba tratando de soltarse. —¡Desátame! Quiero irme, él nos atrapara. La voz suplicante de su amiga la ponían más ansiosa, tiró de la cuerda intentando romperla pero esta no cedió ni un milímetro. Oía los pasos de alguien acercándose, sus manos temblaban y las ganas de vomitar apretaban su estómago. La paranoia no la ayudaba a encontrar una salida, fue muy tarde cuando el hombre hizo su aparición a un lado de ellas. Cher gritó con todas sus fuerzas y Ady la secundó, el hombre se agarró la cabeza encogiéndose. —¡Cállense par de gritonas! – Exclamó y en su voz se notó una leve amenaza, Ady se obligó a callar mientras sus ojos paseaban por el lugar en busca de un arma, a su tras encontró una rama caída la cual sujetó con fuerza. Raff levantó la vista una vez que se callaron, vio a la chica colgada que sollozaba y a la joven de su lado que sujetaba la rama – Baja eso también, ni pienses en golpearme. Ady lo miraba fijo, aquella voz no sonaba como la de algún preso o asesino, aunque claro, tampoco sabía cómo debía sonar la voz de un criminal. No soltó la rama mientras buscaba algo que decir. —Vaya…eres una chica – Murmuró el chico más como para convencerse así mismo, miró la forma en que la jóvenes lucían asustadas intentando no temblar – Veo que el karma existe, se lo merecen por golpearme. Audrey había sentido el miedo crecer cuando se vio atrapada, vio al hombre acercarse y mirarla de regreso, no lograba ver su rostro por el pasamontaña que lo cubría, pero parecía disfrutar la escena, su miedo pronto se convirtió en ira. —¿Nos lo merecemos? Tú eres el que nos perseguía como un maldito loco — Afirmó con fuerza en un intento, muy exitosos, de no titubear. —Tú me golpeaste primero ¿Acaso vas golpeando a todos por la calle? – Raff respondió relajado mientras se recargaba en un árbol, estaba disfrutando de aquel juego, siempre es divertido causar miedo. —Pues me asustaste, pareces un maldito violador así vestido — La cabeza comenzaba a dolerle por todo lo que sucedía y no le importaba quien fuera aquel tipo solo que le irritaba su actitud. Al parecer no era un criminal, puesto que hasta el momento no había intentado matarlas. Arriesgándose a equivocarse lanzó la pregunta — ¿No piensas ayudarnos? —¿Perdón? Me golpeas y encima quieres que las ayude – Soltó una carcajada sonora que pareció extenderse a gran parte del bosque —No niñas, ayúdense solas seguro si te ayudo a bajarla — Miró a Cher- volverás a golpearme. —¿Quién eres? – Preguntó y detestó que un leve temblor al final de la pregunta delatara su miedo - ¿Por qué nos persigues? —Espera, golpeas a un inocente y luego preguntas ¿Quién soy y porqué te sigo? – Su risa sonó ahogada, cruzó sus brazos como si sopesara su respuesta — Yo debería preguntar eso, así que comienza hablar. Cher seguía temblando y sintiendo ya los estragos de la sangre reunida en su cabeza, Ady la miró y luego al chico. —¿Esto es tuyo? — Señaló la soga que ataba a su amiga —Sí y debo admitir que es la presa más ruidosa que capturé, ¿Entro a los Récord Guinness por eso? —Maldito idiota — Murmuró Ady por lo bajo — Entonces libérala —No le hables así a un asesino — Exclamó su amiga que giraba como un pequeño juguete. —No soy un asesino ¿Por qué piensan eso? —Tienes un pasamontañas — Replicó Cher como si aquello fuera lo más obvio — Y no es por ser mala pero tu tamaño no te hace confiable. Ady miro a su amiga, ella media casi lo mismo que aquel chico. Raff bufó por esa respuesta y levantó el pasamontañas descubriendo su rostro. Al instante Ady se fijó en sus ojos, aquel color no era común. —Puedes liberarla ¿Sí o no? — Raff miró a la joven con la rama aún con desconfianza, ella notando la dirección de sus pensamientos continuó- no te golpeare a menos que intentes atacarnos. Para muestra de ello, dio un paso a un lado, Raff sin despegar los ojos de ella, se acercó hasta el árbol donde se ataba la soga, retiró unos arbustos y soltó la atadura. La soga se liberó del troco con un ruido siseante y Cher cayó al instante. —¡Auch! — Cayó como un peso muerto, Ady saltó a su ayuda deseando con todas su fuerzas, golpear con esa rama al odioso que tenían a su lado. Raff ignoro las miradas asesinas de ambas, aun así escuchaba los murmullos que compartían, fingía que volvía a instalar su trampa, ignorando las críticas y deseos de golpearlo que ambas afirmaban tener. Por un segundo creyó escuchar algo más, pero ellas no lo dejaban oír bien. —¡Cállense! — Ordenó tratando de oír de nuevo, ambas lo miraron mal pero obedecieron al notar la tensión de su cuerpo. Ady volvió a sujetar su rama mirando a todos lados intentando ubicar algún atacante, la espalda del chico estaba tensa, se había erguido alcanzando toda su altura. Algo sucedía lo sabía. Una rama se rompió, y aquello si lo escuchó. Tomó a su amiga de la muñeca lista para huir, a la rama rota le siguió algo todavía más desesperante. Una risa.
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