Desencuentro

4979 Words
Tuvo una noche tranquila sin sueños o pesadillas, el frio del lugar y el aroma a bosque la calmaban. Despertó temprano en la mañana, Cher seguía dormida acurrucada con un gran peluche, que reconoció de su quinto cumpleaños entre sus brazos. Una sonrisa se extendió por su rostro, su amiga podría ser bastante madura y en ocasiones ruda, pero solo ella había logrado ver ese lado tierno de niña pequeña que tenía. Se levantó con cuidado de no despertarla, tomó su toalla y su ropa, antes de abrir la puerta y salir al pasillo. La casa estaba en silencio, seguro su madre aún no se levantaba. Tomó una larga ducha de agua tibia, disfrutando de aquella sensación de soledad y quietud. Antes de salir, dejó que el agua fría recorra su piel despertándola del letargo del sueño. Si había algo que Ady amaba mucho de su cuerpo, eran aquellas escamas que ahora brillaban doradas a los costados. Hace ya algunos años había descubierto que al exponer su piel al agua fría, estas escamas dejaban su habitual tono rosáceo para cambiar a un brillante dorado con toques verdosos. Al contrario que con sus cuernos, estás eran bienvenidas. Salió del baño ya vestida con su cabello goteando sobre sus hombros. La puerta de la habitación de su madre estaba abierta y la luz del sol se filtraba por las ventanas, Ady sonrió, cuando su madre despertaba, todo el mundo parecía despertar con ella. Regresó a su habitación donde, al instante que cruzó el umbral de la puerta, unos brazos se enroscaron en su cuello casi empujándola contra la pared, una gran mata roja de cabello la abordó. — Feliz, Feliz cumpleaños ahora si eres una anciana, un año más vieja, Sus brazos acogieron a su amiga que saltaba y amenazaba con hacerla caer, eran esos arrebatos de emociones que convertían a esa pelirroja en la persona más expresiva por unos minutos. La felicitación fue interrumpida por el llamado de su madre anunciando el desayuno. Ambas bajaron corriendo, en caso de Cher, fue saltando. Monik recibió a su hija en la escalera con los brazos abiertos, a pesar de ser notablemente más baja que ella, se las arregló para besar la mejilla de su hija. El desayuno estuvo lleno de las frutas favoritas de Ady, fresas y moras eran lo que más había, un plato lleno de galletas y un pequeño pastel donde una vela esperaba ser encendida. —Debes pedir un deseo y soplar la vela. Indicó su madre como cada año mientras sujetaba una vieja cámara de fotos, Ady había dejado de creer en ello hace ya mucho tiempo, pero no se atrevía a confesarlo viendo a su madre tan feliz con aquella tradición. Cerró los ojos con fuerza, sentía frente a su nariz el calor de la llama, esta vez ya no pidió que su padre volviera, lo había pedido tantas veces que ya no importaba. Abrió los ojos y sopló, la llama anaranjada tembló antes de desaparecer, vio la columna de humo subir hacia el techo y por un instante este pareció tomar la forma de un ojo que desapareció en el viento. Ady fue sorprendida por su amiga cuando le embarró un poco de la crema del pastel en la nariz. – Es buena suerte – Dijo ella mientras Monik servía a cada una un pedazo del pastel de moras. A pesar del buen humor, el clima no estaba dispuesto a cooperar con ambas jóvenes, las cuales se vieron obligadas a quedarse en casa por la lluvia. Con un poco más de pastel, retornaron a la habitación donde fueron sacando libro tras libro de los estantes, los miraban y hojeaban. Ady recordaba cada uno que había leído, su gusto por los libros de aventuras la convertían en un ávida devoradora de libros. Cher por su parte prefería más los libros de misterio, así que al encontrar tantos libros de fantasía entre las cosas de su amiga, la motivaron a coger uno y sentarse a leer. Ady fue limpiando cada libro y regresándolo a su lugar, tenía muchos recuerdos con cada uno de ellos, habían sido su refugio, su pañuelo de lágrimas y sus mejores amigos en los tiempos que su alma dolía. Abstraída en sus cosas no se percató cuando su amiga cayó dormida con el libro sobre el rostro. Al acabar de ordenar fue cuando notó el suave ronquido, tomando su celular sacó una foto antes de tomar una manta y cubrirla. Miró la habitación en busca de algo más en lo que entretenerse, pero sus ojos volvieron a posarse en el bosque que la observaba por su ventana, aún era temprano así que podría aprovechar en dar una vuelta por el lugar. Decidida tomó una sudadera azul desteñida que cargaba desde su adolescencia y sus viejas zapatillas desteñidas de tantas caminatas. Miró su reflejo en el espejo, un par de oscuros cuernos ocupaban gran parte de la imagen, suspiró y tomando sus llaves salió de la habitación. Bajó en silencio las escaleras, su madre no parecía estar por ahí, al salir se percató de la ausencia del auto, seguro había ido al pueblo. Sin nada que la detenga, ocultó sus cuernos en la gorra de la sudadera y bajo la garúa emprendió su marcha hacia el bosque. *** El golpe seco de sus pies contra el piso lustroso de la sala de estar arrancó un grito a su madre, la mujer volteó mirándolo fijamente con los ojos entrecerrados que bien ya se sabía era una advertencia de “O te comportas o lo lamentas” El joven, captando el mensaje, levantó las manos sonriendo inocente. — ¿A dónde vas? – Preguntó la mujer al percatarse de la vieja mochila marrón en la espalda de su hijo. Dejó el plato que sujetaba a un lado, y lo siguió secando sus manos en su delantal. — Voy a salir a dar una vuelta, volveré a tiempo para la celebración lo prometo. El chico hablaba mientras buscaba su llave sobre la chimenea, la mujer lo seguía sin saber que decir, se preocupaba mucho por él. —No olvides que tu padre fue a recoger a la familia a la parada de autobús…abrígate está lloviendo…¡Raff!! Escúchame - La mujer seguía a su hijo por la sala intentando, como cada día, que se quede en casa. —Te escucho mamá tranquila sé cuidarme. Confiado se detuvo y besó la frente de su madre angustiada, guardó las llaves en su bolsillo y salió de la casa. La mujer lo siguió de cerca, Raff bajó los escalones sin percatarse del agua reunida en el último escalón, su zapato resbaló y cayó sentado encima del húmedo charco. — Si, me doy cuenta que sabes cuidarte – Murmuró la mujer bromeando mientras se acercaba a levantar a su hijo. — Malditos zapatos – Gruñó sacudiendo sus mojados pantalones, la suave garua impregnaba su cabello con pequeñas gotas – Si sé cuidarme, pero estos zapatos me odian. — Raff… — Ya lo sé, no enojarme con mi condición – Repitió mirando los ojos verdosos de su madre, le regaló una sonrisa y tomó su bicicleta recostada en la verja de su casa – Volveré temprano no tardaré. Se alejó de la casa pedaleando con fuerza, las gotas mojaban su rostro y el viento las congelaba, gustaba de aquella sensación. Su mochila sonaba con cada sacudida que daba la bicicleta en los pequeños desniveles del camino terroso. No tardó mucho en llegar al límite del bosque que acostumbraba explorar desde sus diez años. Ocultó su bicicleta en un gran arbusto al lado de un viejo y reseco pino, se quitó los zapatos y los guardó a la mochila; los zapatos no le eran muy cómodos para explorar, lo hacían más torpe y lento. Estiró sus patas y las clavo en el pasto sintiendo la húmeda tierra meterse entre sus dedos, una vez que aseguró la mochila a su espalda, inició su travesía. Sus patas se movían ágiles sobre el camino húmedo plagado de raíces y musgo resbaladizo, conocía bien dónde pisar para evitar caer en alguna de sus propias trampas, en ocasiones se detenía a revisarlas para asegurarse de que estaban activas y no tenía alguna presa. *** Ady amaba ese bosque desde la primera vez que llegó a ese lugar. Había tenido pocas oportunidades para adentrarse, y nunca lo había hecho más allá de unos metros, temía perderse. En esta ocasión nada la detuvo, ni aquella voz que siempre solía decirle que cosas eran correctas, solo siguió su instinto, caminó cada vez más adentro, esquivó ramas y saltó algunas raíces. Sus pasos eran cuidadosos y algo torpes a causa de sus tenis que resbalaban constantemente por el musgo. Las copas de los árboles se juntaban de tal manera que formaban un techo verdoso que dejaban pasar muy poca luz. Con las manos llenas de tierra y el rostro sudoroso llegó a un pequeño claro que se abría en medio de los árboles. Ahí, no había un lago o flores, solo había una gran formación rocosa, parecía un grano de la tierra. Las rocas grisáceas se conformaban de manera tal que parecían una puerta, Ady se acercó lentamente con creciente curiosidad. La oscuridad la invitaba a entrar pero el miedo la mantenía aún fuera. Se fue aproximando hasta que sus manos pudieron tocar las rocas de la entrada, percatándose que aquella formación no solo parecía, sino que era una puerta de acceso a un pasillo que se adentraba en la tierra. El piso del lugar parecía tener baldosas negras pero al fijarse bien, pudo confirmar que eran rocas talladas con motivos que seguramente decían algo. Definitivamente aquel lugar no era una formación natural, aquellos tallados y la forma en la que el pasillo se abría, delataban una participación de alguna fuerza externa. Pasado ya un rato mirando a la oscuridad y preguntándose a que cultura antigua habrá pertenecido dicho lugar, decidió entrar. Buscó su celular para poder alumbrar su camino, en eso, el ruido de unas ramas rotas cerca de su posición la alertaron. Miro a todos lados buscando el origen del sonido, vio el movimiento de unas ramas al lado sur, no esperaría a ver quién era, cubriendo nuevamente sus cuernos corrió en la dirección opuesta hasta ocultarse detrás de un enorme tronco caído. Fue entonces que vio aparecer en el claro a un joven, no lograba ver su rostro, pero se percató de las delicadas curvas que tomaba sus cabellos en las puntas, era alto, un arbusto frente a ella evitaba que lo viera con claridad. El muchacho sacó de su mochila una linterna antes de entrar por el pasillo de roca. Ady no estaba dispuesta a quedarse a averiguar que hacia ese chico ahí, dando un último vistazo al claro se alejó tratando de rehacer el camino por el que había llegado. No tardó mucho en salir del bosque mirando su celular, ya casi eran tres horas desde que haba salido de casa, había perdido recepción por los árboles, mientras se alejaba los mensajes fueron llegando uno tras otro: de su madre, de su amiga, solo preguntando por su paradero. No respondió los mensajes, en lugar de eso aceleró el paso. No tardó mucho en llegar a casa, conforme se acercaba a la propiedad, veía en la puerta una preocupada Cher que se mordía las uñas y a su madre que un poco más calmada mirando su celular a la espera de una respuesta, supuso Ady. —¡Maldita sea Ady! ¿Por qué te desapareces así? - Exclamó la pelirroja al verla aproximarse por el sendero a casa - Te llamé muchas veces y tampoco te dignaste a responder mis mensajes creí que te había pasado algo. Su amiga finalizó con una vocecita más aguda y un golpe en su hombro con su puño, había dicho todo con un solo respiro, tosió un poco en lo que recuperaba el aire y volvió a fijar su mirada furiosa en su amiga. Ady miro a su madre en busca de una explicación, los ojos de la mujer solo le dijeron una cosa “ten paciencia” Su madre estaba acostumbrada a su repentinas desapariciones, desde pequeña le había sido difícil de controlar, siempre buscaba aventurarse y no le parecía bien limitar su espíritu, por ello solo existía una regla. Nunca desaparecer más de dos horas sin avisar el lugar donde estará. —Perdón, supongo que debí avisarte que saldría. Esas palabras no suavizaban la mirada de perro rabioso que tenía su amiga, suspiró al verla y contuvo sus ganas de reír al ver su cabello casi como la melena de un león. —Cher, sé que es difícil pero, suelo salir así en pequeños paseos, lamento no haberte avisado – Levantó sus manos para no ser interrumpida por una nueva ola de reclamos — Si, lo sé fui una tonta y no contesté tus mensajes o llamadas porque donde estaba la cobertura no llegaba. —¿Acaso te fuiste al centro de la tierra? Espetó ya algo más suave, por un momento pensó en aquel pasillo que se hundía en la tierra, quizá llevaba al centro de la tierra tal y como su amiga decía. —No, fui a dar una visita al bosque, me relaja caminar por ahí — Los ojos de su amiga se abrieron más de solo oír aquellas palabras —¡Pudiste perderte! – Agregó mientras su labio inferior comenzaba a sobresalir de manera inconsciente, ahora si Ady no pudo contener la risa — No te burles, me preocupaste. —No me burlo es solo que luces tierna así. Tranquila tengo un gran sentido de orientación, mi madre puede decírtelo. Señaló con la cabeza a la puerta de la casa donde su mamá volvía a aparecer con unos vasos de limonada. —Es cierto – Afirmó la mujer entregando los vasos a cada una como si hubiera escuchado toda la conversación — Desde pequeña siempre supo ubicarse, es como una pequeña brújula. Cansada de aquella lucha, y aún afectada por la desaparición, el jugo logró calmar a las tres mujeres que pronto volvieron a bromear sobre el clima. La noche cayó y el momento de celebrar llegó, ambas tomaron el auto y se despidieron de su madre con la promesa de volver temprano. Ady condujo el coche hacia el pueblo. El pueblo no era gran cosa, había un viejo cine que de alguna manera se las arreglaba para tener los estrenos a tiempo, varias discos, unos cuantos mini markets y florerías; pero lo que más abundaba en el lugar eran las cafeterías y las tiendas de magia. Aparcaron el auto cerca a la plaza central, una vez de que se aseguraron que no las multarían iniciaron la caminata. Ady mantenía la cabeza cubierta con una capucha para ocultar sus cuernos. El primer lugar que visitaron fue un mini market en busca de dulces y algo de beber, salieron con unas latas de soda y cerveza. La segunda parada fue una vieja tienda de discos que parecía tener más comics que discos musicales. Mientras paseaban buscando el cine, una iluminada tienda de color azul verdoso y fuerte aroma a incienso las detuvo. “Magia de bolsillo” se leía en la parte superior del local, en la perilla un letrero indicaba “empuje” y una mala imitación de campanita, señalaba la inscripción. —¿Quieres entrar? Preguntó su amiga con una mirada cómplice, aunque el lugar no se veía muy confiable, decidieron entrar. El tintineo de una campana anunció a las dos amigas. Adentro, el lugar era más grande de lo que parecía, había varios estantes como si se tratara de una biblioteca, salvo porque en aquella tienda no solo habían libros de nombres extraños, en los estantes se veían: collares, crucifijos, símbolos extraños, ojos en botellas. Ady esperaba que aquello fuera de utilería, algunos símbolos podía jurar que pertenecían a los celtas pero muchos otros no. Pequeñas muñecas de trapo sin rostro colgaban de unos hilos del techo. Cada estante tenía dos o tres varillas de incienso encendidas, el humo impregnaba el lugar como si fuera la entrada al averno. Al fondo de la estancia, una mujer alta y delgada las observaba en silencio, un escalofrió recorrió la espalda de Ady cuando la vio, tenía un espantoso parecido con la bruja del libro de Coraline, incluso temiendo de que fuera real, miró sus ojos para asegurarse que no tuviera botones. —¿Buscan algo en especial pequeñas? La voz dulce no coincidía para nada con su aspecto, era aquella voz que tiene una abuela mientras pregunta a sus nietos si quieren más dulces. — No, solo observamos… gracias — Cher siempre fue más suelta al hablar con extraños, así que Ady no se molestó ni en intentar responder a la pregunta. Siguieron mirando los estantes, la mayoría de cosas ahí parecían diseñadas para algún tipo de ritual satánico, a excepción de un objeto que llamó su atención. Tres esferas blanquecinas unidas por un pedazo de metal, alrededor de estas, un círculo tejido de ramas y forrado con hojas sujetaban pequeñas espinas que colgaban alrededor de todo ese tejido. —Disculpe… podría decirme ¿Qué es esto? Cher miro a su amiga y se acercó para ver la razón de su pregunta, la mujer también se acercó al instante a su potencial clienta, miró el objeto y lo tomó en mano sonriendo como si llevara algún diamante en sus manos. —Esto mi pequeña — Comenzó — Es un amuleto quimérico, los antiguos pobladores de aquí aseguraban que estas criaturas se mostraban solo frente aquellas almas limpias que las invocaban — La forma en que acariciaba el objeto con sus largas uñas era macabra — Se dice que con estas espinas te hacías un pequeño pinchazo, luego cubrías con tu sangre estas tres esferas y solo esperabas hasta que la quimera se hiciera presente. La mirada de las amigas iba del amuleto a la mujer y de nuevo al amuleto. Los ojos de Ady se encontraron con los de su amiga con una pregunta silenciosa “¿Debemos escapar?” La vendedora seguía acariciando el amuleto y había comenzado a reír, sus hombros temblaban con esa risa medio ahogada. —Vaaaya… Eso es mágico… Emm definitivamente volveremos por ese amuleto. Ady fue retrocediendo unos pasos indicando a su amiga que también saliera, la mujer desvió su atención a las dos jóvenes. —Si pero primero…debemos…ir…al banco, eso por dinero – Cher había entendido el mensaje. Ambas sonrieron a la mujer que había comenzado a asentir, a tientas, las manos de las dos se atropellaron buscando el picaporte que abría la puerta y se lanzaron a la calle tosiendo por el aire limpio. Aún podían saborear el incienso en su boca, Ady dio un último vistazo a la tienda antes de que su amiga la jalara calle abajo. —Esa mujer da mucho miedo, pásame un dulce siento como si tuviera hielo corriendo por mis venas, aquí existen tiendas muy extrañas — La pelirroja recibió un gusano de goma que al instante atrapó entre sus labios. Bajaron a la plaza comiendo los dulces entre risas, se sentaron en una banca frente al auto y sacaron las latas de cerveza bebiendo un poco, el licor llenó de un calor repentino sus cuerpos. Ady seguía mirando por la calle como si esperara ver a la mujer buscándolas junto al amuleto. El sabor amargo de la cerveza era reconfortante, su amiga parloteaba de algo pero aunque intentara concentrarse en lo que decía simplemente su mente seguía dando vueltas a la mujer y el amuleto. —En definitiva ese lugar es muy tétrico, aunque la historia que nos contó es interesante ¿no crees? — Movió una mano delante de sus ojos lobunos – Ady no me asustes tú también. —Perdón…si, es interesante - Afirmó la joven volviendo a posar su atención en su amiga, por un instante pareció volver a perderse en sus pensamientos hasta que finalmente volvió a hablar - ¿Crees que en serio una quimera aparecería si lo intentamos? —¿Piensas volver y comprar ese raro objeto? – Arqueó una ceja metiéndose a la boca otro gusano de goma esta vez de color verde – yo no necesito eso para ver una quimera, te tengo a ti. —¿Yo? No entiendo como encajo en todo esto. —¿En serio? Cher, impaciente dejó la lata de cerveza en la banca, mirando a cada lado de la calle como si buscara a alguien. La lluvia ya había calmado hace horas dando paso al frío, pocas personas estaban por el lugar, unos chicos fumaban bajo la luz de un poste sin darles mayor importancia. Cher dio leves golpes a la cabeza de Ady, donde sabia ocultaba sus cuernos. —Las quimeras son criaturas de la mitología que son definidas, en palabras simples, como criaturas que tienen características zoomorfas en su anatomía. —Oh, ya entendí… entonces ¿Yo sería una quimera? —Exacto, a menos que ahora te pongas de especial y decidas que debo llamarte con ese tonto amuleto Ambas rieron ante la idea. La palabra quimera sonaba tan fantástica en la mente de Ady, pero si trataba de definirse debía admitir que aquello sería la mejor denominación para ella. Si ella existía, significaba que muchas cosas de la mitología podrían ser ciertas. —Si yo existo, entonces no sería la única ¿O sí? —Claro que no, baja de tu nube – La pelirroja agitó su mano en negativa mientras mordía otro gusano de color rosado – Hace ya muchos años que se reportan nacimientos así, obviamente la mayoría de infantes mueren pues son desordenes genéticos. Leí de casos donde infantes nacían con cuernos, otros nacían con colas o pezuñas. Así que no, no eres el único caso, hay más como tú que viven una vida normal y creo que mitológicamente se les podría definir como quimeras. En ocasiones como esa lograba ver el gran espíritu científico que se ocultaba bajo esa mata pelirroja, la ciencia de los genes era algo que le interesaba mucho a ella. Cher habló por largo rato acerca de los genes, su evolución y como estos se heredaban de padres a hijos. Cuando la clase de biología acabó, las bromas y recuerdos afloraron motivados por la bebida y el frio. Las horas avanzaron, las calles se vaciaron y finalmente con los dientes castañeando regresaron a casa. *** Ignorando los golpes y risas en la puerta, Raff miró su reflejo cansado en el espejo del baño. Ese día parecía de nunca acabar, había llegado tarde a casa, intentó entrar a escondidas por la puerta trasera pero su madre como buen radar lo esperaba en la puerta. Miró a su hijo sucio sudado y con las patas llenas de lodo, negando se las arregló para que subiera a su habitación sin ser visto por toda la familia ahí reunida. Después de un corto baño se vistió y, ocultando sus orejas con las típicas horquillas, bajó a saludar a todos. Amaba a su familia pero le molestaba tener que mentirles, solo sus padres sabían de sus peculiaridades. La música sonaba fuerte en el salón y oía los pies de sus primos correr por toda la casa, eran casi siete años menores así que tenían energía de sobra. Miró sus orejas lastimadas por tenerlas presionadas con las horquillas, mojando sus manos y mordiendo sus labios volvió a esconderlas tragándose el dolor que le causaba hacerlo. Salió alborotando su cabello volviendo a sentarse con sus tías que lo abrazaban y llenaban de besos cada que podían. —Que jovencito tan apuesto te convertiste, afortunada la novia – Su tía lo codeó riendo, Raff atinó solo a sonreír y beber un poco de ponche. La última novia que había tenido era casi hace tres años, la joven había terminado con él porque pensaba que la engañaba con otra y por ese motivo no quería pasar ni una noche a su lado. —Deja al pobre chico, no lo avergüences – Agradeció en silencio a su otra tía, ambas mujeres eran polos opuestos, una tenía una chispa de locura y la otra de calma, verlas juntas era una combinación bastante divertida, y más si había bebida de por medio Después de más cotilleos y suposiciones sobre su vida amorosa, dejaron en paz al cumpleañero, el tema de conversación se trasladó a la novela que acababan de estrenar en algún canal que él no conocía pero extrañamente su padre si. Aprovechó ese instante para escabullirse a la cocina donde su madre terminaba de lavar los platos. —Hola mamá – Dejó el vaso a un lado mientras robaba unas uvas del frutero, las frotó en su camisa azul y se las llevó a la boca —No hagas eso, te hará daño niño tonto – Raff rio y guiñó un ojo a la mujer, el rostro de su madre se suavizó mientras secaba sus manos en el delantal negando ante su hijo- ¿Te diviertes? —Sí, mis tías son…especiales – Murmuró mirando la puerta de la cocina, las voces de las mencionadas llegaban desde el salón acompañadas de risas y gritos de los primos. —Te noto desanimado. Su madre además de ser un buen radar que sabía cuándo hacia algo malo, también tenía una gran habilidad para saber cómo se encontraban sus emociones. Comió otra uva y con la mano libre señaló su cabeza. —Me lastimé al esconderlas y me provoca un terrible dolor de cabeza solo eso. Encogiéndose de hombros, sus ojos verdes lo examinaron como un radar, en silencio asintió y arreglando sus cabellos volvió a sonreír. Tomó la mano de su hijo y juntos salieron de regreso al salón donde su padre bailaba con una de sus hermanas. Faltando minutos para que ese día acabe, toda la familia salió al jardín trasero donde su padre ya tenía preparado todo un cargamento de fuegos artificiales. Todos sacaron sus sillas listos para ver el espectáculo. Como cada año, Raff encendió el primer cohete, este se alzó por los aires explotando en chispas de colores. Así uno a uno fueron llenando el cielo de luces de colores, esa era la parte que más le gustaba de su cumpleaños. Raff amaba el brillo de aquellas luces y al oírlas tenia una extraña sensación de familiaridad y melancolía. *** La casa estaba a oscuras cuando ambas chicas llegaron, entraron intentando no hacer ruido y subieron a su habitación, por la ventana se veía un grupo de luces que brillaba en el cielo, cada explosión liberaba chispas de distinto color y hacían saltar del susto a Ady. —Parece que alguien más celebra a lo grande. Encendiendo la luz, Cher se dejó caer en la cama dejando salir todo el aire de sus pulmones. En todo el camino de regreso Ady se había debatido la idea de contarle acerca de su pequeña excursión en el bosque. Pensativa se dejó caer sobre su cama disfrutando del sobresalto que le provocaba cada explosión. El profundo silencio de la habitación la hizo creer que su amiga se había dormido, pero la repentina voz le indicó que seguía despierta. —¿Sueles ir siempre a ese bosque? La pelirroja se había acomodado como indiecito sobre la cama, miraba a su amiga mientras con un peine intentaba desenredar sus risos. —Sí, desde que soy pequeña, antes mi madre me acompañaba a recolectar ramitas o semillas que se me hacían bonitas, pero nunca voy más allá de unos metros confesó, le parecía tonto el no poder mirar a la cara a su amiga, no estaba confesando un crimen. Aún así sus ojos se rehusaban a quedarse en ella. —Pero esta vez fuiste más allá ¿cierto? Tú mamá dijo que tienes una gran orientación ¿Eso es desde que exploras ese bosque? Cher moría de curiosidad por saber más de su mejor amiga, había descubierto una faceta que jamás le había contado. Se sintió algo triste por ello, pero le restó importancia, estaba decidida a obtener más respuestas. —No, en realidad mi sentido de la orientación mejoro desde que mis cuernos comenzaron a crecer, son como una brújula de alguna manera logro ubicarme y si, estás en lo cierto, esta vez fui más allá. Tomó un gran respiro antes de continuar. —Mientras exploraba encontré un lugar extraño — Agarrando valor se sentó en la cama — Verás es como un claro pero ahí hay como una especie de... cueva, no sé como definirla pero, parece adentrarse en la tierra. Planeaba entrar pero escuche un ruido así que me oculte y luego vi aparecer a un chico. No sé su edad no pude ver su rostro, en fin, él si entró en ese lugar y la verdad me dio miedo seguirlo pero tengo curiosidad por saber que hay ahí dentro. Esperó a que Cher termine de vestirse, sabía que estaba procesando toda la historia pero le desesperaba su silencio. —Bueno fuiste inteligente al no seguir a ese hombre, pero está muy extraño todo lo que dices, ¿Qué hacía un chico ahí? ¿El cargaba algo? ¿Una bolsa? ¿Un cuerpo? —Una mochila, pero no creo que sea un asesino…puede ser un ladrón. —Pues si yo fuera un ladrón y alguien me sigue a mi escondite me convertiría en asesino. Miró seria a su amiga, así como podía ser positiva, también era muy negativa cuando se lo proponía. La voz en su cabeza le indicaba que aunque sonara feo, aquellas posibilidades no quedaban descartadas. El sueño no le llegó hasta casi las tres de la mañana, seguía repasando cada detalle de su aventura, debía volver, quería saber que escondía aquel hombre en ese lugar, pero no podía volver sin al menos llevar algo con que defenderse.
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