Metió el bloqueador en su vieja bolsa verde y tomó su sombrero azul de ala ancha. La voz de su madre la apremiaba para poder salir. Nunca se había quedado dormida sabiendo que al día siguiente haría algo emocionante. Debía estar muy cansada como para no haber escuchado ni siquiera el despertador del celular. Ya no recordaba casi nada de lo sucedido el día anterior, su vida tenía el ritmo de siempre. Repasó mentalmente las cosas que llevaba para no olvidar nada. Ady tenia la mala costumbre, o mala suerte, de que a pesar de que planeaba las cosas con antelación, solía olvidar algo de suma importancia. Esta vez rogaba que no fuera así.
—Audrey, ¿bajas o te bajo a la fuerza? — La voz de Cher resonó por toda la casa, Ady bajó saltando de dos en dos los escalones y se lanzó a través del pórtico con cuidado de no golpearse los cuernos.
—Perdón es solo que no encontraba el bloqueador, ahora si vámonos. Cher sabía que Ady no podía vivir sin bloqueador, era la persona más frágil al sol que había conocido. Nunca la había visto con una quemadura de sol o bronceada, pero siempre cargaba el bloqueador con ella.
Con su amiga poniendo los ojos en blanco, subieron al auto. Monik, disfrutaba de ver a su hija más alegre, pero no dejaba de pensar en los últimos días y lo inusual de su comportamiento; la veía mas abstraída, solía quedarse en silencio pensando más de lo usual. Además Ady era constante con sus paseos y horas de llegada, más esas vacaciones algo parecía estar alterando todo ello, sus paseos eran más largos, llegaba más pálida y taciturna. No le había pasado desapercibido las notables ojeras que cargaba ahora y de su repentino distanciamiento con su mejor amiga. Algo ocupaba la mente de su hija y quería saber que era. Por un momento Monik pensó en que quizá su hija abría conocido un chico, esa idea le alegraba y aterrorizaba de igual manera. Nunca había oído a su hija hablar de algún chico antes, es más, dudaba que alguna vez le hubiera interesado uno. Pero si era así, se preguntaba cómo haría su hija para ocultar sus cuernos del chico que le gustaba.
Las nubes se habían replegado del cielo dejando ver el suave celeste brillar con el sol, era un buen clima como para un paseo. Monik condujo por casi una hora. Ir a la playa era siempre un dilema, debían buscar algún lugar donde la presencia de bañistas fuera escaza o nula, así Ady podía estar más tranquila sin necesidad de estar ocultándose. Ambas mujeres se habían esforzado todos esos años por pasar desapercibidas en un mundo lleno de cámaras y tecnología. Muchas veces habían tenido que desistir de acudir a ciertos lugares, para no poner en peligro la identidad de Ady.
—¿Aún te duele la cabeza?
Los ojos de su madre se centraron por breves segundos en ella a través del retrovisor, Ady asintió en respuesta. No creía poder mentir de tal manera a su madre mirándola a los ojos.
—Eso no es bueno -comentó en un suspiro, su hija no solía tener dolores de cabeza y si las tenía era o por los cuernos o porque algo pasaría pronto. Era un extraño oráculo difícil de entender — estamos cerca de llegar, así que señoritas estén listas.
El mar, era el amor secreto de Ady, aunque la pusiera melancólica, también la llenaba de paz. Habían llegado a un espacio recóndito de la costa, protegidas por unos acantilados que se erguían al cielo y las escondía de cualquier mirada curiosa. Rocas enormes se aglomeraban en la base de estas conformando una cama perfecta para quien sea que osara saltar. Cuántas almas sin salida habrán sido acogidas en el calor de aquellas rocas, pensó la joven un momento.
—Eso es macabro Audrey — respondió Cher siguiendo la mirada de su amiga, Ady giró confusa creyendo que había dicho aquel pensamiento en voz alta — No, no lo dijiste pero cada que vez cosas así relacionada con suicidios se te da por sacar tu lado emo y hoy el sol está muy brillante como para eso — con dos palmaditas a su hombre Cher pasó por su lado poniéndose su sombrero de ala ancha. Ady solo pudo sonreír ante aquella acertada respuesta de la pelirroja.
Las tres mujeres se acomodaron en la arena. Sombrillas y toallas fueron plantadas en la arena que ya se calentaba. Sin perder el tiempo Cher se despojó del vestido azulado que traía, quedándose solo en un bañador que hacia contraste con su cabello. Ady siempre había odiado los trajes de dos piezas, pero con el tiempo aprendió a aceptar que su odio provenía de una envidia, pues no sería capaz de usar un traje similar por el complejo secreto que tenía con su cuerpo. Quizá no lo decía en voz alta, pero no le gustaba mostrar las escamas que la cubrían de manera asimétrica su cuerpo, sabía que ante el mundo era una abominación. Su amiga al contrario, lucía esos trajes con gran naturalidad. Ella, enfundada en su largo vestido gris tejido, se sentó en la arena a contemplar el paisaje. Cher se bañaba a unos metros de la orilla, las olas la levantaban regresándola a la costa y ella volvía a adentrarse hasta que el agua cubriera su cintura. Ady observó aquel ritual de su amiga recordando la noche que le había contado sobre su casi ahogamiento. Cher tenía solo catorce años cuando el mar la llevó aguas adentro, si no hubiera sido por su padre, que era un ex marinero, ella se hubiera ahogado; desde ese día Cher iba al mar a realizar ese juego de entrada y salida del agua, su miedo evitaba que fuera más adentro a pesar de saber nadar. Sus brazos son fuertes y se aferran a ti como si fueras un pequeño tesoro que quiere conservar, y hagas lo que hagas solo busca aplastarte. Ady recordó la frase que su amiga le dijo al final de su historia.
—Deberías entrar un rato con ella, el agua no muerde —Su madre siempre bromista se dejó caer a su lado con los pies y las pantorrillas llenas de arena. La había sacado de sus pensamientos. Le limpio un poco la arena de sus pies usando sus dedos antes de responder.
—Tú solo te mojas los pies y yo no digo nada
—Muy lista señorita, pero sabes que no sé nadar y mi cuerpo ya no está como para esos trajes que usan ustedes los jóvenes - su risa rompió con el sonido de la brisa - De joven yo lucía mis curvas en trajes coloridos, ahora prefiero verlas divertirse
La paz en la voz de su madre parecía algo que nunca fuera a cambiar, sus bromas y enojos siempre eran hechos en aquel tono que parecía una caricia dada con su voz. Miró una vez más a su amiga en el agua. Estaban solas en aquel lugar, respirando profundo y antes de arrepentirse, se despojó del vestido quedando en una playera azul sin mangas y algún short que había hecho de un pantalón viejo de mezclilla.
—¿Dónde está tu bañador?
Escucho a su madre ya a medio camino del agua, sabía que le reñiría por no usar el que le había regalado en navidad.
—No lo encontré, juro que lo usare en otra ocasión — No pensaba usarlo, era muy descubierto para ella, pero prefirió decir esa pequeña mentira y correr al agua junto a la pelirroja que tenía ya el cabello como una melena.
Pasaron el resto de la mañana y gran parte de la tarde jugando en el agua, el sol fue describiendo su camino hacia el horizonte y las brillantes escamas de Ady se tiñeron de rojo. Miraban el mar envueltas en mantas y vestidas, el viento frio las hacía temblar. Y ahí, frente al dorado de un sol tardío que se asemejaba a una antorcha, su mente volvió a viajar al mellom verdens, miro a su madre de reojo que posaba su cabeza sobre su hombro. Amaba demasiado a esa mujer, aquella visión de su perfil la llenó de melancolía. El viento repentino que agitó las aguas pareció también agitar a su madre quien se puso de pie y se alejó hacia la orilla. Cher no se movió, al contrario, se acurrucó más a su lado.
—¿Puedo preguntarte algo?
Ady, insegura dibujaba sus escamas sobre su piel fría, su amiga solo asintió. Al principio no estaba segura de lo que diría pero necesitaba con urgencia una segunda opinión. O al menos decir su dilema en voz alta, de lo contrario sentía que podía explotar.
—¿Tú, dejarías a tu familia? — Cher se irguió para verla mejor, la confusión era notable en sus ojos — o sea no me mal entiendas. Si existiera alguna razón, mmm no sé digamos misión en tu vida que debes cumplir y para ello debes dejar a tu familia. ¿Lo harías? — Ady se mordía los labios por dentro, quería gritar, huir, simplemente fingir que nada de eso había pasado y seguir con su vida. Pero entonces se preguntaba ¿Seguir con qué vida? No tenia planes ni nada, solo sabía esconderse, era lo que había hecho gran parte de su vida.
Por un instante Cher pensó que quizá su amiga ya sabía su problema familiar, quizá había hablado en sueños y esa era la forma de decírselo. Pero mirando bien su rostro, parecía más perdida y sola que nunca. Pensó en aquel monstruo del bosque y el extraño chico de las trampas, quizá ellos eran los causantes de esa pregunta. Habían muchos quizá a esa altura de su vida, y ese era un dato curioso de ella, odiaba los quizá.
Durante todos los años de amistad que ambas tenían, habían aprendido a leerse con miradas, a veces solo bastaba un guiño o una sonrisa para saber a qué se referían, Cher sabía que era un libro abierto para Ady, más de una vez se lo había mencionado, y Ady también era un libro abierto para ella, o al menos lo era hasta hace unos años. No eran muchos, pero Cher recordaba bien el momento desde el cual su amiga parecía alejarse más de ella y haga lo que haga se cerraba más al mundo. Ady se convertía en un dulce y doloroso acertijo.
— No suelen haber misiones en mi vida, salvo el de ir a la tienda por comestibles. — Al ver que su amiga no reaccionó a su mal chiste, supo que iba en serio. Era evidente que las bromas no encajaban ahí — Perdón es…me dices algo muy complicado Ady, pero en realidad creo que la decisión lo tiene uno. Me explico, no sé a qué tipo de misión te refieres pero todos tenemos una meta en nuestra vida, que es nuestra misión personal, y para cumplirla a veces es necesario dejar las cosas conocidas, salir de nuestra zona de confort, tragarnos el miedo, las dudas y avanzar. Al crecer nos volvemos más independientes y comprendemos que nuestra vida depende solo de nosotros, el terminar bien o mal, depende de nosotros — Cayó un momento antes de continuar — Lo que quiero decir es que, Dentro de nuestro camino, siempre tendremos muchísimas opciones para tomar y nos invadirá el miedo de saber si es lo correcto o no, pero elijas bien o mal, el resultado te habrá enseñado algo y lo mejor de todo es que habrás sido tú la que decidió y no alguien más.
La mirada de ambas se perdía en el horizonte de fuego, Ady no se sentía más reconfortada, no quería decidir. No tenía ninguna unión en especial con Baldwyn y mucho menos con aquel pueblo que el tanto mencionaba, ella era Audrey hija de Monik, la niña de los cuernos, la chica fenómeno. Pero dentro de sí había una razón que emitía gritos inentendibles, que la obligaban a poner en decisión aquel nuevo futuro. Se encogió más al pensar en ello y abrazó sus rodillas, ¿Qué futuro tenia ella en esa vida humana? solo veía el circo como su única opción de trabajo, el lugar perfecto para una chica con cuernos. —Puedes operarte — Farfulló su voz interior. Tenía razón, podía operarse, pero hacía falta el dinero suficiente para poder pensar en esa opción. Cavilando todo ello, su futuro no se veía prometedor, solo problemático. Aunque el futuro que ofrecía el oso tampoco era algo muy bueno que digamos, de aceptar su propuesta abriría los brazos a una guerra que no era suya, que si por algún motivo el oso estaba en lo correcto, era de su antiguo yo.
— Pero esa es una misión que te trazas tu misma, que hay si alguien viene y te dice que eso es tu misión y debes cumplirla. Imagínate que yo te dijera que tu misión en la vida es ser bailarina y debes serlo.
— No lo haría. Que lo haga o no, no afecta a nadie mi decisión — Suspiró como si sopesara sus palabras — ahora si me dijeran que mi misión es sacar adelante a mis hermanos y para eso debo dejar mis sueños, pues si lo haría, no sería fácil pero lo haría.
Era obvia la respuesta, pero aun así no aclaraba su dilema. Miró a su madre caminar distraída por la orilla, el agua acariciaba sus cansinos pies, aún era una mujer joven, podía ella rehacer su vida con alguien. Pensar en dejarla, en ya no verla más, no volver a tomar su mano o verla sonreír le partía el corazón. Por otro lado el pensar en dejar aquel pequeño rayo de luz que podría darle respuesta a todas las cosas que vivió desde pequeña, se sentía como una traición a sí misma.
***
Pequeñas gotas se estrellaban en la ventana mientras regresaban, pronto lo que fue una garúa se convirtió en un aguacero, Monik aminoró la velocidad ya que era casi imposible ver más allá del auto incluso con las farolas encendidas. El corazón de Ady iba rápido, miraba por la ventana como si buscara algo, además aquella extraña lluvia la estaba asustando, el sonido ensordecedor parecía anunciar malos tiempos. Estaba nerviosa mirando las gotas gordas explotar en el vidrio y dibujar riachuelos que bajaban por la luna, en el auto hacía calor por la calefacción pero sentía mucho frío dentro de ella, estaba paranoica mirando a todos lados como si de entre la cortina de agua fuera a salir algún monstruo a atacarlas.
—Si no te conociera diría que le tienes miedo al agua — comentó su amiga al ver como agitaba inquieta la pierna, Ady soltó una risa nerviosa pero su ansiedad no parecía acabar.
— Es solo que no me agrada estar cegada por el agua
— Calmen chicas, es solo una tormenta, es usual en esta zona, lo sabes Ady - su madre habló para calmarlas mientras llevaba el viejo por donde creía estaba la carretera — Además con el sol que hizo todo el día, habría sido muy raro que no lloviera.
— Exactamente señora M — exclamó la pelirroja — Es ciencia básica Ady, si hay calor habrá lluvia.
— ¿Desde cuando le dices señora M? — cuestionó Ady conteniendo la risa de aquel sobrenombre, el decirlo sonaba como la de un rapero o algo por el estilo. Cher simplemente se encogió de hombros.
— Yo le di permiso Ady - interrumpió su madre nuevamente — Se me hacía raro que dijera mi nombre tantas veces al día, así que me parece una acotación aceptable — mirándolas por el retrovisor les guiñó el ojo — tu madre aún no es tan anticuada.
Fue un alivio para las tres mujeres cuando la columna de agua aminoró dejando ver el camino, estaban ya cerca de casa. Ady se había estirado desde el asiento trasero para encender la música en un intento desesperado de calmar el golpeteo de su ansioso corazón que amenazaba con salir corriendo por su boca.
— Ady ¿Qué vas a hacer? — Su madre miraba a su hija que tenia medio cuerpo en la parte delantera del coche — Dudo que la radio capte algo con este clima.
— No pondré la radio, tenemos nuestra propia música recuerda — Su madre pasaba la mirada de su hija, al camino tratando de estar pendientes de ambos, Pero no fue lo suficientemente rápida para fijarse de aquella figura oscura que apareció delante de ella.
Monik maniobró el auto tratando de esquivar la figura de aquel hombre, pero a pesar que forzó el volante al máximo, por la lluvia perdió el control del vehículo. Ady De pronto sintió un tirón en todo el cuerpo, sus músculos parecieron apretarse a sus huesos fue impulsada hacia el frente golpeando su cabeza en la radio del auto. Escuchó el sonido de los neumáticos resbalar por la lluvia y un golpe seco contra el parabrisas, las tres gritaron mientras el auto amenazaba con darse vuelta, pero solo giró dos veces sobre sus ruedas y se detuvo a unos metros del impacto. Todo quedó en silencio.