Casi vivo, casi muerto

3893 Words
El impacto contra el húmedo parabrisas hizo castañear sus dientes y terminó perdiendo el aire cuando fue a parar al suelo con la misma fuerza, aquel día ya había sido malo pero no creía que pudiera empeorar. Claro, ahora desde el suelo pensaba diferente. Todo ese día debía haber sido perfecto, incluso el clima seguía el tono de su humor. Desayunó temprano, se arregló ocultando metódicamente sus orejas con ayuda de sus pasadores, solo esta vez valía la pena el dolor. Miro una vez más su reflejo asegurándose que todo lucía bien y con bicicleta en mano se lanzó hacia el pueblo. Hoy tenía una cita, llevaba ya varias semanas frecuentando a la chica en cuestión, era guapa; de rostro en forma de diamante, con los labios rojos y unos ojos azules tan brillantes que no parecían posibles de existir, y en serio que le agradaba, la había conocido una tarde muerta dónde la lluvia no deja avanzar y cualquier lugar con un techo sirve de refugio. Su última relación había dado un mal fin, pero ahora el panorama se veía distinto. Aceleró con tal de llegar pronto con ella. Calles antes de llegar a su destino se detuvo frente a un ventanal donde se dedicó a dar los últimos arreglos a su apariencia, calmado y lleno de confianza llegó hasta la puerta dónde la chica ya lo esperaba con un bonito vestido rosado levemente arriba de las rodillas. La veía feliz, la joven bajó y estampó un beso en su mejilla justo segundos antes de abrazarlo, las cosquillas se hicieron sentir en su estómago, ya se veía paseando con ella por los bosques o probando el dulce néctar de sus labios. Pasaron el día juntos, caminaron por el pueblo recorriendo parques, que solían estar poco frecuentados, y salas de juego donde demoraron un par de horas entretenidos en los juegos del lugar. Por breves momentos ella tomaba su mano o entrelazaba sus dedos, parecía una niña tímida animándose a dar el primer paso. Raff nunca se negó, en esos momentos la acercaba más a él, o aprovechaba algunos momentos para rodear su cintura. Cada que hacía eso la podía ver sonrojada algo que había aprendido a querer pues en ella se veía muy tierno. Mientras volvían a casa ella estaba más pegada a él, se recargaba en su hombro, incluso sus pasos estaban coordinados como uno solo. Lo único que faltaba era confirmar lo que tanto ansiaba Raff. Al llegar a la puerta de la casa de ella, miró sus labios un segundo, finalmente podría besarla y comprobar que esos labios color caramelo eran realmente dulces. —¿Hola? —Si, ella habla… ¿qué? —No lo creo, rayos… ¡no puedo creerlo! —Si, si esperare, desde luego que si tonto…siempre será así. El momento se había roto cuando el celular de la joven lanzó el primer tono, pronto la felicidad de la que debía ser su chica, aumentó, casi estaba saltando y con los ojos brillantes. Al colgar la llamada ya no había ni rastro en su rostro de aquella ternura y ganas de besarlo que había tenido todo el día. —Mi novio está de regreso, llegará hoy en la noche — Anunció la joven con voz cantarina Sintió que la gravedad tiraba de él con más fuerza hacia el centro de la tierra, esas palabras produjeron un nudo en su garganta que parecía ahogarlo. Ella seguía feliz, hablaba y hablaba pero él ya no podía oírla. Todo este tiempo ella había tenido novio y aún así aceptó sus citas, sus regalos. Incluso en más de una ocasión se le había insinuado, casi la había besado hace solo segundos. Estaba herido, se sentía usado. Un simple niño iluso que fue presa de una sonrisa blanca y unos ojos vivaces. —No sabía que tenías novio, creí que estabas soltera — No pudo evitar que su voz sonará más ruda de la que deseaba —¿Disculpa? — Aquella mueca en su rostro lo hería más— A pues sí, mmm no suelo mencionar eso porque dudo sea de interés público. —Estuviste todo el día coqueteándome, ¡es más todas estas semanas lo hiciste! —Lo mal interpretaste todo, ¿acaso te di alguna señal de que podíamos ser algo más? tomar tu mano todo eso, incluso los amigos lo hacen. — Aquel dulce rostro ya no existía, solo se veía un ser cruel que uno a uno tiraba abajo los pilares que Raff había construido en semanas. —Ningún amigo entrelaza sus dedos o se mantiene a centímetros del rostro del otro, incluso ibas a besarme hace poco —¿Y qué? es solo un beso Raff somos jóvenes. Tratar de razonar con ella era un caso perdido. Humillado y con las ilusiones rotas, montó su bicicleta queriendo dejar todo eso, quería olvidar. No hizo caso cuando ella lo llamó a gritos. No era un chico que se lamentaba, pero tampoco era alguien que se encariñara rápido. La olvidaría, lo sabía, pero en ese instante la ira hacia que la cabeza le doliese a punto de cegarlo. La lluvia lo atrapó mientras salía del pueblo, aquello no lo hizo reducir su velocidad, en más de una ocasión estuvo a punto de perder el control cuando el neumático resbalaba en el lodo, pero lo recuperaba justo antes de estamparse con un árbol. * * * * Ady se había quedado algo mareada a causa del golpe, por un instante vio todo oscuro y borroso, cuando sus ojos volvieron a percibir las cosas vio a su madre sentada totalmente recta en el asiento del piloto con sus manos apretadas al volante, ellas estaban ilesas. Monik temblaba con la vista fija en la abolladura del capó, la prueba de que un cuerpo había sido golpeado. Ady se acomodó a su lado, sentándose como pudo, ignorando el dolor de su cuerpo y sacudió a su madre despacio intentando obtener alguna reacción. —¡¿Qué fue eso mamá?! ¡Mamá! ¡¿Atropellamos a alguien?! —Ady, hay… alguien tirado a unos metros…demonios Ady creo que está muerto —Cher nunca perdía la calma, pero esta vez su voz tembló mientras afirmaba lo que menos quería oír. Ady centró su atención en su amiga y siguió la dirección de su mirada hacia la luna trasera del auto. La lluvia dejaba ver lo suficiente la figura tirada en el lodo como muñeco roto, debían bajar, debían ver si aún vivía y llevarlo a un hospital. La idea de matar a alguien le revolvía el estómago. —Debo ir a ver — ¡NO! — Su madre parecía haber despertado de su sueño, sujetaba con fuerza la muñeca de su hija. — No irás, yo… Yo iré a ver, ustedes quédense aquí ¿Entienden? —Pero mam… —la mirada firme de su madre la silenció y a regañadientes volvió a sentarse. La idea de tener que comprobar si esa persona estaba viva o no debilitaba sus piernas, aun así Monik se acercó a paso lento percatándose que se trataba de un muchacho, no había señal de algún casco así que las posibilidades de que esté muerto eran muchas. A solo pasos del cuerpo, se fijó que aún respiraba, sus hombros se movían acompasados y sus ojos estaban cerrados como si durmiera. La mujer se inclinó para tomar su pulso, colocó sus dedos sobre el cuello del muchacho y al instante este abrió los ojos sujetando su mano con fuerza. Monik gritó retirando su mano al instante, el susto le hizo perder el equilibrio y cayó arrastrándose fuera de su alcance. Ady, quien se había mantenido atenta ante cualquier peligro, saltó fuera del auto al instante que oyó el grito y corrió hasta dónde su madre se encontraba temblando. El escalofrío que le recorrió la espalda la hizo temblar notoriamente, como no reconocer ese perfil, sus ojos seguían abiertos como un pez. Ady lo observó tratando de que su mirada se enfocara en ella. Sin miedo a que el volviera a reaccionar, se había acercado hasta el cuerpo del muchacho a pesar de los reclamos de su madre. —¿Hola? ¿Me oyes? — Chasqueó los dedos frente a él. Tenía su rostro húmedo por el lodo y más que nunca sentía el olor de la tierra, no quería moverse, quería quedarse ahí esperando que el mundo lo absorba. Era consciente de la mujer que había asustado, y no le tomó mucho tiempo sentir el aroma de Ady en las manos de aquella mujer mayor. Se preguntó si así se sentía un pez fuera del agua o si debía fingir estar muerto. Los chasquidos hicieron que sus ojos se centraran en el rostro de Ady, era de esperarse, solo ella podía ser tan molestosa, maldiciendo para su interior se obligó a responder. —Si te escucho, solo que me gusta la sensación de estar aquí. Sólo había dos explicaciones, el chico estaba loco o el golpe lo dañó demasiado. Lentamente el Raff se puso de pie, cogía su cuello moviendo su cabeza de un lado a otro, era un alivio que no se hiciera daño. Monik se había levantado limpiando el lodo de sus pantalones, al levantar la cabeza hacia su hija, abrió mucho los ojos al percatarse de la altura del joven. Raff superaba casi en una cabeza a su hija, olvidó las manchas lodosas en sus jeans y se recordó que aquel joven, de altura descomunal que estaba de pie como si nada hubiese pasado, había sido atropellado por ella. —Oye…puedo llevarte a un hospital — Interrumpió la mujer. —No, no descuide señora, estoy bien — Al girar en busca de su bicicleta su mirada se cruzó con la de Ady que lo miraba como si fuese un fenómeno. No le gustaba. — Eso me costará arreglarlo. Comentó y como si nada hubiese pasado, el chico se dirigió a su dañada bicicleta que yacía a un lado del camino, tenía una de las ruedas salidas y el manubrio roto. Madre e hija, miraban sorprendidas que incluso se moviera con normalidad. —Mira no te dejaré aquí, si no deseas un hospital al menos puedo llevarte a tu casa no podrás ir en esa bicicleta —Monik seguía al chico insistiendo, pero este no se dignaba ni en mirarla. —No, eso no es necesario, en serio gracias por la ayuda señora y… Internamente Ady reía mientras veía al joven dar las mil y un razones que se le ocurría para no aceptar la ayuda. Casi cinco minutos después, estaban de regreso en el auto totalmente empapados. Ady y Cher se habían arreglado para darle espacio a Raff en el asiento trasero del auto. En ese contexto, él se veía más enorme de lo que era. La bicicleta viajaba en el techo del auto mientras Raff indicaba qué camino tomar, su mirada nunca se movió del parabrisas, parecía avergonzado. * * * * Vyvian cambiaba constantemente de emisora esperando obtener una mejor recepción, pero la lluvia echaba abajo todos sus planes. Maldiciendo la mala calidad de las antenas y el mal clima, dejó la vieja radio de la cocina y fue al pequeño salón familiar donde su esposo dormitaba con el periódico del día sobre su rostro. Sin cuidado, se dejó caer con fuerza a su lado despertándolo de su ensoñación. El hombre gruñó en respuesta mientras quitaba el papel de su rostro, estaba a punto de replicar la falta de delicadeza de su esposa, cuando ambos oyeron el sonido de un auto afuera de su casa. Aquello era de extrañarse, pues el único auto que se detenía en su propiedad era el de ellos, además de que los pocos vecinos que tenían, se encontraban a varios metros de su casa, no había razón para que un auto se detuviera. Cuando Vyvian se acercó a la ventana motivada por la curiosidad, esperaba ver algún molesto vendedor, pero, a través de la cortina de agua reconoció la destrozada bicicleta de su hijo. Sus latidos resonaron en su oído mientras retrocedía con lágrimas en los ojos sin siquiera poder hablar. Su esposo se acercó asustado a sujetarla intentando comprender el origen su pánico. * * * * —Gracias por traerme y perdón por el susto señora… —Monik, dime Monik y no, no, olvida eso… me sentiría muy culpable si estuviéramos ahora en el hospital. Asintiendo, Raff miró un momento a las dos jóvenes que lo habían acompañado y se despidió de ellas con la mano. Bajó del auto, sin esperar una respuesta, para sacar su bicicleta, Ady percatándose ya de las intenciones de su mamá, le puso la mano al hombro y bajó para ayudarlo. —No necesito más ayuda — Afirmó el muchacho algo brusco cuando la vio bajar del auto. —No pedí tu opinión — Respondió ella con el mismo tono. Sus manos se movieron hábiles sobre las ataduras que mantenían la bicicleta sujeta al techo, su gran boina ya estaba empapada y agregaba más peso a su cuello que comenzaba a dolerle. Una vez libre de ataduras miró al chico que bajaba con cierto cariño aquella bicicleta maltrecha, recién ahí se percató de los raspones de su brazo y el moretón que comenzaba a teñir su mejilla. Él no era invencible. Raff estaba cansado como para discutir, después de haber sido lastimado emocional y físicamente, solo quería descansar hasta que las cosas mejoren o al menos hasta que sus huesos no le dolieran. Supo que no tendría nada de eso cuando escucho el llanto de su madre aproximarse, las manos pequeñas y rechonchas de la mujer lo apretaron con fuerza como si se asegurara que no era un fantasma. El joven miraba paralizado a su padre quien igual de pálido miraba la escena unos pasos más atrás. Raff se las arregló para devolverle el abrazo y tranquilizarla dejando en claro que aún estaba vivo y completo, al menos físicamente. Todo ese llanto había logrado bajar a Monik del auto quien miraba la escena con los ojos húmedos. Algo debían tener las madres, pensó Ady, para poder conmover de tal manera. —Mi Raff…hijo, ¿Qué pasó? ¿Estás bien cariño? ¿Te lastimaste mucho? Con el rostro surcado en lágrimas, la mujer revisaba a su hijo, sus manos temblorosas rozaban su rostro aún manchado de lodo como si se tratara de porcelana a punto de hacerse polvo. El padre, mucho más controlado, se había acercado mirando el estado de la bicicleta y siendo el soporte emocional de su esposa. —Vyvian ya calma, él está bien — La voz profunda y suave a la vez del hombre parecía funcionar como una anestesia en la pobre mujer que de a poco se relajaba. Ady se sentía intrusa en esa escena, pero tampoco sabía cómo marcharse sin lucir grosera. Esperó, mirando alrededor, a que las emociones se calmaran y comenzaran las preguntas incómodas. —Gracias, muchas muchas gracias en serio por traer a mi Raff — Monik asentía ante los agradecimientos de la mujer que sujetaba su mano con tal fuerza que ya no sentía los dedos — Este muchacho algún día me matará del susto, no sé qué haría si algún día le pasara algo. Monik estaba nerviosa por lo que seguía, sabía que debía dar una explicación y temía que sus agradecimientos se transformaran en dedos acusadores. Aun así, se armó de valor y relató lo sucedido ante los sorprendidos padres, no hubo muecas de disgusto aún así la voz de Raff interrumpió. —Yo me crucé — Afirmó sin titubear y mirando su bicicleta — Venía muy rápido y no me fijé antes de avanzar, el agua en el camino hizo que frenar me fuera imposible. En esta ocasión la mirada de disgusto fue de sus padres a su hijo, Ady se había metido al auto junto a su amiga, el frío calaba sus huesos haciéndola tiritar y todo ese problema parecía que tomaría más de una hora. No estuvo tan equivocada, puesto que minutos después su madre las obligaba a salir y entrar a la casa del joven. La casa era bastante acogedora, en el salón se aspiraba un aroma a pinos y frutas, Ady supuso que era por los árboles que rodeaban la propiedad. La gran chimenea, que ocupaba la parte central de una de las paredes de la casa, estaba siendo encendida por el padre de Raff, desde que habían entrado al lugar no había rastro de él ni de su bicicleta. Las tres mujeres se apretujaron en el mueble marrón, previamente indicado, frente a los padres de Raff, un poco de té y galletas lograron calmar los nervios y calentar los helados cuerpos de todos. Ady y Cher, intercambiaban miradas en silencio, no sabían que decir o hacer sin sentirse incómodas. Los padres, quienes de alguna manera parecían siempre saber que decir, habían pasado a comentar sobre la vida por aquel lugar y relatar un poco de sus hijos. —Estoy segura que son una sociedad secreta — Afirmo Cher hablando mientras se ocultaba detrás de su humeante cuarta taza de té —O quizá simplemente un manual de padres te indica cómo ser con otros padres — Ady, imitando a su amiga respondió en susurros. Pasado casi una hora, se oyeron unos pasos por las escaleras, eran irregulares y pesado. Raff volvió a aparecer ya bañado y con las heridas curadas, sin mediar palabra alguna, se dirigió a la puerta trasera de la casa cojeando un poco. Ady lo había seguido con la mirada, esperando quizá alguna señal de agradecimiento, la cual nunca llegó. —Si gustan pueden ir a verlo y no se aburren con nosotros —La voz profunda del padre del joven fue coreada por suaves risas provenientes de su esposa. Ambas jóvenes sonrieron y agradecieron el té, más de lo necesario, mientras se levantaban y apretada una al lado de la otra se escabullían por la puerta que el chico había salido. *** Raff revisaba su bicicleta arrodillado en el jardín trasero, un gran grupo de herramientas y tuercas estaban tiradas a su lado. Cher y Ady intercambiaron una mirada desde la puerta antes de decidir acercarse. El muchacho las escuchaba pero no tenía humor para hablar así que fingía que no estaban ahí. Ver dañada a su bicicleta que la tenía ya desde hace doce años lo afectaba bastante, a pesar de ser solo un objeto, él había creado un fuerte vínculo con lo que ahora era un montón de fierros. Si su padre lo viera seguro le diría que solo es un juego y que le compraría otra pronto, pero para él, aquella bicicleta significaba la llave de su libertad, la cual le había llevado por el mundo y le había mostrado cosas maravillosas. Enojado al no poder arreglarla, tiró la llave de tuercas a un lado y pasó las manos por su cabello. Estaba frustrado. Ady se acercó a recoger la llave tirada y se la dio de regreso, los ojos del muchacho miraron la herramienta por un rato y luego subieron a la joven, recibió a regañadientes el objeto guardándola en su estuche. —¿Ya lo pensaste? Volvió a trabajar en su bicicleta mientras esperaba alguna respuesta de la chica, al principio Ady no entendía, de a poco fue captando la dirección de su pregunta. Si era sincera, casi no había pensado en ello, su objetivo era olvidarlo, pero no era algo fácil. —No Cher, quien había estado escuchando cada palabra con atención a pesar de fingir ver las flores, se acercó a los dos con la curiosidad desbordando. Quería saber de qué hablaban tan misteriosos, por la mirada furiosa de Ady, Raff comprendió que la pelirroja no estaba al tanto de los últimos hechos y aunque la idea de contarle todo era tentadora, decidió respetar su decisión. —Invité a salir a tu amiga un día que la encontré — dijo poniéndose de pie — Pero hasta ahora no me dio la respuesta. Su sonrisa relajada y la forma en la que hacia girar la llave entre sus dedos no terminó por convencer a Cher, Ady se contuvo las ganas de golpearlo recordando las heridas en sus brazos. Monik fue la que salvo al chico de un sermón de la joven, sin volver a mediar palabra, las tres mujeres se retiraron de la casa despidiéndose previamente de los padres del chico. Su madre era la única que fue hablando todo el camino a casa, le había encantado la pareja, Ady observaba los árboles pasar sintiendo la mirada de su amiga en la nuca. En casa le esperaba un gran interrogatorio que no tenía ganas de responder. Al llegar, fue voluntaria casi a gritos para preparar la cena, así planeaba mantenerse ocupada el resto de la tarde sin dar la oportunidad a su amiga de tener un tiempo a solas. Siempre que sentía a Cher acercándose, ella se alejaba diciendo que debía buscar algún ingrediente. Ya para la hora de la cena, Cher parecía a punto de explotar de curiosidad, comía con la mirada en su amiga y bajo la mesa empujaba su pie como un claro mensaje que significaba solo una cosa “Tienes mucho por explicar” Ady mantuvo su rostro neutro a pesar de estar temblando con solo pensar en todo lo que diría, acabada la cena ya no había marcha atrás, las luces se apagaron y cada una fue a su habitación. La pelirroja miraba a su amiga como si fuera la policía a punto de interrogar al criminal más buscado de los últimos años. Cher no aceptó excusas, Ady, resignada solo pudo contar lo sucedido aquel día que habló con Baldwyn por primera vez. No perdió ningún detalle de la historia, le hablo de Raff y de cómo habían hablado con el guardián del portal, le contó la historia que Baldwyn les había relatado y por último mencionó a las dichosas gemas. —Quiero verla — La sola mención de gemas había hecho saltar a la pelirroja cuyo cabello parecía el de un león — Vamos muéstramela te prometo que seré cuidadosa, Ady —No la tengo —¿Cómo que no la tienes? —Lo que oyes —suspiró— no la tomé, porque eso significaba aceptar la misión, y eso significaría dejar a mi madre…a ti y no puedo hacerlo, soy lo único que tiene mi madre, no podría dejarla solo por ir a, no lo sé, buscar algún tesoro de una rara civilización. Cher volvió a sentarse en su cama, no se había detenido a pensar en ello. Monik adoraba a Ady, dejarla seria para que pierda todo. Podía entender el dilema de su amiga pero no sabía que consejo darle. —Deberías hablarlo con ella. —No podría Cher, primero mi padre y luego yo, no soportaría lastimarla de ese modo. —Pero tampoco puedes dejar esa misión de lado porque aunque no conozcas nada de ello, todo indica a tu nombre. Odiaba que su amiga tuviera tanta razón, era cierto que nada sentimental la ataba a esa misión, pero si algo moral, el cumplimiento de un deber encomendado. No hablaron más, Cher quedó pronto dormida, cansada de todo el ajetreo de la mañana, Ady por su lado no pudo conciliar el sueño y se quedó acompañando a las estrellas.
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