a noche avanzaba lentamente sobre la ciudad. Octavio seguía sentado en el pequeño restaurante donde había entrado para despistar al auto que lo seguía. El café frente a él ya estaba frío, pero su mente seguía trabajando con rapidez. Sacó nuevamente su teléfono y revisó los documentos que había descargado antes de salir de la oficina. Las transferencias bancarias. Las empresas fantasma. Los nombres. Todo apuntaba en la misma dirección. Ernesto Valdivia. Y detrás de él… Rafael Mendoza. Octavio se recostó en la silla. —Esto es mucho más grande de lo que pensaba —murmuró. Sabía que debía tener cuidado. Si ya estaban siguiéndolo, significaba que alguien estaba observando cada paso que daba. Terminó el café, dejó unas monedas sobre la mesa y salió del restaurante. La calle estaba

